
Durante décadas, la política se entendió como un campo de batalla de ideas: la izquierda defendía la igualdad y la justicia social, la derecha la libertad económica y el orden, y el centro buscaba puntos de equilibrio entre ambos. Los ciudadanos votaban no solo por personas, sino por proyectos de país, por formas distintas de entender la sociedad y el papel del Estado. Pero hoy ese panorama ha cambiado radicalmente: las ideologías han pasado a segundo plano, y el único fin que parece mover a los partidos y sus líderes es ganar las elecciones, a cualquier precio.
El pragmatismo al que me refiero, no busca soluciones prácticas a los problemas ciudadanos que son muchos sino más bien hago alusión a la visión de las cupulas partidistas donde los programas y principios del partido alianzas, discursos y hasta posturas históricas se convierte solo en un discurso para alcanzar el poder. Lamentablemente ya no importa si una propuesta es de izquierda o derecha, si coincide o no con lo que se defendió hace años o si es coherente; lo único que cuenta es si sirve para sumar votos.
Este fenómeno social no es exclusivo de Mexico, sino que ha alcanzado un impacto global en la búsqueda del poder en el mundo. Recuerdo muy bien y no hace muchos años como los partidos políticos se acusaban mutuamente en un tono cada vez más agresivo, diferenciándose ante la ciudadanía lo cual aclaraba en mucho la diferencia ideológica y sus motivaciones partidista por lo que el votante tenía mayor claridad para ejercer su voto. Esa etapa y ese cuidado de la imagen partidista desapareció cuando empezaron con las alianzas y coaliciones electorales, donde actualmente el votante no alcanza a distinguir quien es quien en la arena electoral desconociendo e incluso generando confusión dichas uniones con el respectivo desanimo de la población, ya que a la ciudadanía le es difícil aceptar que el verdadero motivo de las alianzas y coaliciones no es otra cosa más que la búsqueda del poder al margen del interés ciudadano.
Lo mas preocupante de todo esto es que dichas uniones se acuerdan solo para tener más fuerza frente a su rival, o cómo figuras de corrientes totalmente opuestas se suman a una misma campaña sin que nadie explique cómo coincidirán al gobernar. También vemos que temas como la seguridad, la inversión o los programas sociales cambian de postura según lo que dicen las encuestas: lo que un partido criticó hace tres años, hoy lo adopta como propio si ve que eso le gusta a la gente. En Sonora y en todo el país ocurre igual: se habla de unidad y trabajo, pero casi nunca se profundiza en qué modelo de estado se quiere, porque lo que importa es conectar con lo que la gente pide al momento.
Viene a mi memoria cuando se alió el partido acción nacional con el partido de la revolución democrática en Sonora, Manlio Fabio Beltrones señalo dicha unión como CONTRANATURA. Mucho me gustaría saber que piensa actualmente de alianzas como MCPRIANRD
Entre los diversos factores que sostiene esta modalidad de competencia electoral ocurre a mi ver por varias razones: primero, porque hay mucha desconfianza, y muchas personas sienten que las grandes ideologías del pasado no dieron respuesta a problemas como la inseguridad, la falta de agua o la crisis económica. Segundo, porque las prioridades cambiaron: hoy la gente no se define tanto por su posición social, sino por temas concretos, y lo que busca es saber qué se va a hacer para resolverlos, sin importar de qué corriente venga la solución. Además, ahora se conoce al instante qué piensa la gente gracias a las encuestas y redes sociales, así que los mensajes se diseñan a medida para cada grupo, sin preocuparse por mantener una línea fija de pensamiento que a mi ver vuelve más rígida la toma de decisiones. El problema en todo caso sería el encuadre filosófico del quehacer político, dicho en otras palabras, le quitas la esencia a la actividad política partidista, y podría suponer que sus candidatos actúan más por reacción que por convicción, lo cual también tiene riesgos grandes, ya que se pierde la confianza, pues nadie sabe qué hará un partido cuando gane si cambia de todo según le convenga. Y se corre el riesgo de tener gobiernos que solo administren el día a día, pero que no tengan un rumbo claro para transformar el futuro.
Finalmente el pragmatismo no es malo en sí mismo: es necesario buscar soluciones prácticas. Pero se vuelve peligroso cuando ganar se convierte en el fin, y no en el medio. Sin valores ni principios como brújula, la política se reduce a un juego de estrategias, donde lo que menos importa es el verdadero bienestar de todos.




