En el norte de Tamaulipas, donde hace dos años se contaban cientos de personas cruzando cada día, hoy los albergues están casi vacíos. Este es el primer capítulo de la serie “Río, Muro y Desierto”, una serie de reportajes sobre lo que cambió en la frontera entre México y Estados Unidos tras enero de 2025.
MIGRANDO
Es un domingo de mayo de 2026. A veces ulula, y entonces las ramas crujen. A veces resuena el sonido de un motor, ya sea de un vehículo o de un bote. A veces se ve a alguien en las orillas. Y se dice a veces, porque después de enero de 2025, cuando Donald Trump asumió la Presidencia de los Estados Unidos, el silencio se impone en donde empieza tanto Hidalgo como Reynosa, dos ciudades que están separadas por el río Grande o río Bravo —el nombre depende de donde uno esté. No era así, si se pregunta a los estadounidenses o mexicanos sobre el pasado de esos espacios.
La frontera sureste del país norteamericano, o frontera noreste de México, que divide a los estados de Texas y Tamaulipas, era distinta hasta hace dos años.
En Reynosa: campamentos de hombres y mujeres de diferentes lenguas. Voces, sonidos, bulla. Filas de personas solas y familias enteras con niños chiquititos en las inmediaciones del Puente Internacional McAllen-Hidalgo con la esperanza de acercarse, al menos, a la solicitud de asilo y percibir de ladito lo que está al otro lado. Una amalgama de culturas, que sin embargo, compartían un objetivo en común: ingresar a Estados Unidos y comenzar algo.
Al frente, en Hidalgo, iniciando por el río: lanchas y boyas con púas. En la tierra, agentes altos, blancos, morenos o mestizos, corpulentos, con fusiles largos y armados hasta los dientes. Más allá, camionetas, y sobre el aire, de vez en cuando, un helicóptero. En resumen, un conjunto de cosas y personas tratando de cumplir con su trabajo: que los migrantes no crucen el agua y entren al territorio estadounidense.
Aquel panorama, entre 2019 y el 2024, no solo se veía en Hidalgo y Reynosa a través de la presencia de un sinnúmero de hombres, mujeres y niños de nacionalidades distintas en sus fronteras. Matamoros-Brownsville, Ciudad Miguel Alemán-Roma, y Laredo-Nuevo Laredo, por mencionar las ciudades más grandes del estado de Tamaulipas, registraron movimientos poblacionales cuya finalidad era entrar a un país al que aparentemente el acceso era menos complejo como en otros gobiernos.
Por supuesto que no era así, pero los rumores, las noticias falsas y la viveza de aquellos (entre esos integrantes del crimen organizado) que podían sacar réditos desde el lado mexicano se sobrepuso entre los migrantes que cargaban esperanzas.
Para entender lo que sucedió en la frontera entre Tamaulipas y Texas hay que tener los contextos, dice Óscar Hernández Hernández, profesor e investigador del Colegio de la Frontera Norte, Unidad Matamoros, quien lleva más de una década investigando las migraciones en el norte de México.
Los hechos sociales de Centroamérica que motivaron las caravanas migratorias, las políticas de Estados Unidos, la pandemia y sus consecuencias, la crisis agravada en Venezuela. Los eventos nunca llegan solos y no tienen un solo motivo, sino que son convergencia de sucesos. Y la frontera noreste mexicana fue el espacio en donde convergieron una cadena de hechos que dejaron huellas.

De las caravanas migratorias a Quédate en México
A finales de 2018, expulsados por la violencia y la pobreza, cientos de personas de Centroamérica empezaron a moverse en caravanas para llegar hasta el norte de México y luego tratar de entrar a Estados Unidos. En un principio, los migrantes se instalaron en el estado de Coahuila, sobre todo en las ciudades de Acuña y Piedras Negras.
Ante los movimientos poblacionales a gran escala, el gobierno estadounidense anunció la creación de los Protocolos de Protección al Migrante (MPP, por sus siglas en inglés), que luego serían mejor conocidos como el programa Quédate en México.
El MPP consistía en que, aquel que solicitara asilo a Estados Unidos en la frontera sur debía quedarse en México a la espera de una hora y una fecha para una audiencia en la que se analizaría su caso. Este método, que entró en vigor en enero de 2019, provocó que miles de migrantes hicieran de las ciudades fronterizas sus hogares hasta obtener una respuesta.
Sin embargo, en muchos casos, la respuesta era nula, lo que ocasionó que subgrupos de las caravanas que habían llegado a Coahuila se movieran hasta el estado de Tamaulipas.
“Qué pasó especialmente en la frontera noreste de México con Estados Unidos. Pues aquí las caravanas llegaron originalmente a Coahuila, pero (los migrantes) empezaron a desesperarse porque el cruce no era rápido, las solicitudes de asilo no funcionaban. Y las autoridades mexicanas y las autoridades federales empezaron a darles apoyo, pero en realidad no las querían allí tampoco. Entonces amablemente les empezaron a facilitar transporte, y lo digo entre comillas, porque ellos querían que se fueran a otras ciudades”, explica Hernández.
Y funcionó, porque meses antes de que la pandemia paralizara el mundo y provocara el cierre de la frontera entre Estados Unidos y México, los migrantes ocuparon Matamoros con el anhelo de que algo salga. Los albergues empezaron a saturarse y los campamentos precarios se levantaron.
Solo en el 2019, según un informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) de México, en Matamoros había 17.121 personas extranjeras que hicieron su ingreso formal por ese lugar y que tenían una solicitud de asilo en Estados Unidos, lo que la convirtió en la segunda ciudad, detrás de Ciudad Juárez, que más inmigrantes recibió en aquel año.

El MPP, después de entrar en rigor, sería criticado por varios organismos internacionales por el número de personas que fueron obligadas a permanecer en México mientras aguardaban con cierto optimismo una oportunidad de recibir asilo y dirigirse hacia Estados Unidos.
Entre enero de 2019 y marzo de 2021, al menos unos 71.000 solicitantes fueron enviados a México mientras Estados Unidos procesaba sus solicitudes de asilo, según un comunicado de prensa emitido por Human Rights Watch.
En medio de esta espera sucedieron una serie de hechos que la propia organización, en enero de 2021, compartió en un informe que solicitaba y motivaba a que se eliminaran los Protocolos de Protección al Migrante.
Por ejemplo, entre noviembre de 2019 y enero de 2020, en Matamoros y Nuevo Laredo se identificaron 32 casos distintos de secuestro o intento de secuestro a inmigrantes que formaban parte del MPP, en los que se incluyeron al menos a 38 menores de edad.
O que, hasta marzo de 2020, en Matamoros, a orillas del río Bravo, se alojaron, al mismo tiempo, hasta 2.600 personas en tiendas de campaña.
O la muerte de Óscar Martínez y su hija de 23 meses tras ahogarse en el río Bravo el 23 de junio de 2019, cuya imagen sacudió el mundo.
Hacinamiento, violaciones a los derechos humanos y violencia dejó un programa que sería eliminado en agosto de 2022.

Biden y CBP ONE
Después de litigios y crisis humanitarias en la frontera sur de Estados Unidos, en agosto de 2022, cuando Joe Biden había reemplazado a Donald Trump, finalizó el programa de Protocolos de Protección a Migrantes, lo que dio paso a que cientos de personas con casos pendientes por solicitudes de asilo puedan continuar con sus procesos en el territorio estadounidense.
Casi un año después, en mayo de 2023, también se terminó la aplicación del Título 42, una normativa sanitaria que se activó por la pandemia de la COVID 19. Con ella, el Gobierno norteamericano podía expulsar a los migrantes sin posibilidad de que pidan asilo.
Bajo esos dos contextos, sin el MPP y el Título 42, el CBP One tomó fuerza.
En un principio, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos había presentado en 2020 la aplicación CBP One para un grupo reducido de viajeros y transportistas de carga, se recuerda en un documento que reposa en la biblioteca del Congreso de EE.UU.
Sin embargo, en 2023, la administración de Biden, ante el número alto de encuentros con migrantes en la frontera sur, decidió habilitar una nueva función en la plataforma del CBP One para que los migrantes, que se encontraban en el norte o centro de México, solicitaran una cita en uno de los ocho puntos de entrada. Quienes recibían una, en gran medida, eran procesados para su deportación, se les emitía una notificación para comparecer en un tribunal de inmigración y eran liberados bajo condición migratoria por dos años.
“Muchos de los que fueron puestos en libertad condicional en el país solicitaron asilo y autorización de trabajo”, recuerda el Congreso de los Estados Unidos.
Tras la implementación de ese sistema, según los datos de la Oficina de Estadísticas de Seguridad Nacional de Estados Unidos, entre enero de 2023 y noviembre de 2024, 904.530 personas programaron citas a través del CBP One.

El proceso de receptar las solicitudes por medio de una plataforma digital volvió a provocar, una vez más, una serie de problemas en la frontera sur, sobre todo porque los migrantes esperaron en México con la esperanza de recibir una cita, presentarse en los puntos de entrada e ingresar a Estados Unidos.
“Algunos lo que querían era estar lo más cerca de la frontera, entonces iban a subiendo a su propio riesgo, porque había riesgo de que los agarren y los secuestren, pero querían estar más cerca de la frontera para conseguir una cita y cuando la tenían, pues tener esta sensación de estar cerca y de que ya voy a cruzar”, dice Antoine Lissorgues, quien entre 2022 y septiembre de 2025 se desempeñó como coordinador general de Médicos del Mundo Suiza en México.
Cuando estuvo al frente, el equipo de Antoine visitó Tamaulipas y supo, por medio de los propios migrantes, lo que estaba dejando la espera de una cita en el norte del país mexicano: extorsiones, secuestros y amenazas. El crimen organizado se estaba aprovechando de las personas que buscaban una nueva vida en Estados Unidos.
La violencia a migrantes se intensificó, sobre todo en 2023 y 2024. En un comunicado de Médicos Sin Fronteras (MSF), se expuso que solo en Reynosa y Matamoros, en el último trimestre de 2023, se registró un aumento del 70 % de las consultas por violencia sexual con respecto al tercer trimestre del mismo año.
Asimismo, en los últimos meses del 2023, y enero de 2024, el equipo de MSF atendió 395 casos de pacientes que fueron víctimas de violencia y 129 casos de consultas de personas que fueron secuestradas en la zona.
A lo largo del 2024 los migrantes continuarían llegando, principalmente hacia finales de año, ya que el regreso de Donald Trump era inminente. Los últimos tres meses de ese año, la cifra de encuentros entre los puntos de entrada en el sur de Estados Unidos llegaron a números récords: en octubre fueron 188.749, en noviembre 191.106 y en diciembre 249.740.
Pero entonces, en el 2025, todo cambió cuando se eliminó el CBP One y entró en vigencia una serie de políticas contra la migración irregular.
Las fronteras comparten silencio
Cuando Donald Trump asumió la presidencia en enero de 2025, sin duda hubo un cambio en el sur de Estados Unidos. El mensaje sobre que la frontera estaba cerrada para los inmigrantes se cumplió, y uno de los indicadores fue la reducción del número de encuentros entre los puertos de entrada con personas de distintas nacionalidades en territorio estadounidense.
Entre enero y diciembre de 2025, 237.538 migrantes fueron detenidos en la frontera sur, el número de aprehensiones más bajo desde 1970, según los datos de Customs and Border Protection.
Y la tendencia se mantiene.
Desde enero hasta junio de 2026, CBP registró 71,580 encuentros, un 74 % menos si se compara el mismo periodo pero del año fiscal anterior.

No solo los números muestran que la frontera entre Estados Unidos y México cambió en el último año y medio. Tanto las personas y organizaciones que ayudaron a los migrantes que esperaban una oportunidad para cruzar desde Tamaulipas a Texas para luego dirigirse a su destino, como los propios agentes de la Patrulla Fronteriza vieron una transformación drástica.
Por ejemplo, en Matamoros se empezó a observar una “nueva normalidad”. De tener a cientos de migrantes en las calles a encontrarse con muy pocos. De recibir solicitudes en los albergues a ayudar a un número reducido de personas. La decisión de cerrar la frontera surtió efectos inmediatos después de enero de 2025.
“Ha pasado una serie de acontecimientos que, para las personas en movilidad, ha sido una odisea a raíz de que Trump tomó posesión. Pues terminó el CBP One, y con eso se terminó una oportunidad para que los migrantes pudieran acceder a Estados Unidos… Conforme fueron pasando las semanas y los meses, la población migrante se fue dando cuenta que efectivamente no iba a haber ninguna política migratoria, entonces empezaron a migrar nuevamente”, dice José Luis Rodríguez, director de Casa Migrante San Juan Diego y San Francisco de Asís, que funciona en Matamoros.
Los migrantes que habían llegado semanas antes de que Donald Trump asumiera su segundo mandato, y que no cruzaron hacia Estados Unidos ni recibieron una cita para revisar su solicitud a través de CBP One, tuvieron que cambiar de destino. Lo mismo sucedió en Reynosa y Laredo, asegura Rodríguez.
“Nosotros tenemos comunicación a nivel nacional, pero estamos fortalecidos como red de zona norte, desde Tijuana hasta Matamoros. Entonces puedo decir que lo mismo pasó en diferentes comunidades. Se fueron terminando los campamentos, los albergues se fueron vaciando. Pasamos a convertirnos en centro de ayuda humanitaria donde damos despensas”, cuenta José Luis.
Solo en Matamoros, bajo la organización que integra José, había tres albergues para migrantes: San Juan (para 400 personas), Casa Migrante (para 600 personas) y Pumarejo (para 100 personas). De esas tres solo está activa Casa Migrante, en donde, hasta julio de 2026, en promedio se atendían entre 25 y 30 personas.
Silencio en el lado estadounidense
“Yo vivo 11 años aquí, y yo lo vi hasta 3000 personas cada día y bajó a 30 personas cada día. Ahorita están muy bajos los números porque hay consecuencias. Todas las personas que vienen los van a deportar”, dice en español Roderick Kise, un agente de la Patrulla Fronteriza, en la ribera del río Grande, en Hidalgo.
Es un domingo de mayo de 2026, y en ese espacio solo se escuchan los silbidos de los pájaros, y la única presencia humana, además de Kise, quien está a cargo de las relaciones públicas de CBP, está en los puentes que conectan Hidalgo con Reynosa.
Una larga fila de niños y adultos, que hacen su vida entre México con Estados Unidos, aguardan su turno para ingresar al territorio estadounidense.
Más de eso, por ahora, no hay en la frontera.
Impera el silencio en un lugar en el que hubo mucha gente tratando de cruzar el río para después adentrarse entre la vegetación frondosa que se extiende por varios kilómetros, a lo ancho y largo.
El silencio también se impone en Roma, Texas, otro de los lugares que solían ser concurridos por los migrantes. Es lunes, y las zonas que colindan sobre el río Grande están casi vacías. De tanto en tanto pasa uno que otro vehículo y se ve a una pareja o personas solas andando, entre ellas agentes de la Patrulla Fronteriza.
Pero para ser un pueblo ordenado, de fachadas vistosas y coloridas, cuyas calles se conectan con las vías que llevan a las grandes ciudades, Roma, que hasta mediados del siglo XIX se la conocía como Buena Vista por ser un mirador natural, llama la atención.
Al caminar uno se encuentra solo con casas que parecen inhabitadas. La iglesia está cerrada, la plaza está vacía. A veces hay un eco débil que proviene del otro lado, de Ciudad Miguel de Alemán, en México. Pero tampoco hay más. Roma es parte de las ciudades fronterizas estadounidenses que cambió desde enero de 2025.
Un sueño que se suspendió en Matamoros
En agosto de 2024, Manuel —nombre protegido por temas de seguridad—, su esposa y su hija, que en aquel entonces tenía cuatro años, dejaron Ecuador tras ser extorsionados y amenazados por una organización criminal. La familia optó por hacer su destino Estados Unidos. Habían averiguado en internet sobre la solicitud que se podía hacer por medio de CBP One. Ellos tenían las pruebas de que su vida corría peligro y creyeron que, llegando a México y presentando la solicitud al país norteamericano, había grandes posibilidades de ser aceptados para comenzar algo nuevo. «Solo cargamos nuestras maletas y sueños», dice Manuel por teléfono. Al no tener dinero, la familia tuvo que hacer un viaje por tierra, cuyo trayecto incluyó el Tapón del Darién. Después de cinco meses, entre paradas, sufrimientos y peligros, llegaron a Matamoros.
«Por economía, lo más cerca era Matamoros, en el puente Brownsville-Estrada. Era más práctico que subir a Ciudad Juárez o Reynosa. También por la inseguridad, porque llegas a México y enseguida te secuestran. La misma gente del puente se encarga de venderte. A nosotros nos secuestraron en varias ocasiones», recuerda Manuel.
La familia ecuatoriana llegó a Matamoros el 3 de enero de 2025. Pero lo que no llegó fue una fecha y hora para revisar su caso. La desesperación se agudizó, a tal punto, que Manuel pensó en lanzarse al río Bravo y cruzar a Estados Unidos.
«Por la desesperación, la idea era aventarnos al río, correr el riesgo y cruzar ilegalmente. Llegamos con esa mentalidad, pero el río creció y no nos dio opción. Yo sí sé nadar, pero mi esposa no y mi nena tenía cinco años. Es lamentable ver cómo la gente muere en el río. No queríamos ser parte de ese número y decidimos quedarnos aquí», dice Manuel, cuyos planes que había ido trazando con su esposa se fueron reconfigurando.
Es julio de 2026, y ha pasado un año y medio desde que la familia arribó a Matamoros. Su vida, el ambiente en la ciudad que los acogió y las primeras ideas cambiaron. Ahora Manuel ha tratado de rehacer algo de lo que dejó en Ecuador. A veces ha pensado en volver a su país y forjar un nuevo destino. Pero todo se limita a la capacidad económica. Aun así, trata de mantenerse de pie y buscar oportunidades.
«A la gente que está en su país le diría que realmente no vale la pena cruzar siete países y pasar lo que nosotros pasamos. Vimos gente morir, incluso en el Tapón del Darién. Es muy difícil dejar la familia y las cosas atrás. Un albergue no es vida para uno ni para los niños. Hay familias rotas. En este momento no hay nada, todo está cerrado», aconseja Manuel.
José Luis Rodríguez, que no solo conoce la historia de la familia ecuatoriana, sino de cientos, también da consejos a aquellos que tratan de migrar para buscar un mejor presente y futuro.
«Sea cual sea la decisión, hay siempre que entender que, no porque yo tenga un familiar en Estados Unidos que pasó de una u otra manera, va a ser la misma realidad. Cada historia es diferente, cada persona es diferente. No porque a mí me sirvió significa que a mi hermano le va a servir. No porque yo no sufrí, no significa que mi hermana va a sufrir. Siempre, siempre, busquemos la forma legal, la forma en la cual podamos nosotros obtener algún beneficio con la frente en alto».
ENLACE: El silencio de las fronteras de Tamaulipas y Texas | Migrando










