Durante mi breve estancia en la sección deportiva del ya desaparecido periódico Sonorense, al lado de Jesús Arturo Llánes Camacho, tuve la fortuna de vivir muchas anécdotas con personajes ya idos y, que marcaron historia.
Hoy, el viento de la nostalgia, del ayer tocó mi puerta para plasmarla con mi pluma en esta página; hace días traje a colación la de mi inolvidable amigo, Francisco “Chico” Félix—“! .. a ese negrito verguero!”—y, hoy salta al cuadrilátero la siguiente.
Crónica la anterior, que tuvieron a bien publicarme mis amigos Victor Fausto Durán –Agenda Pública—y, el siempre caballero Oscar Castro Valdez –Dossier Político—permitiendo alejarme del “alacranero” político de estos días.
Era una tarde con el sol cayendo a plomo en forma brutal –para variar—y, mientras la feroz canícula mordía sin piedad; en la prolongación de la calle Garmendia, al pie del cerro La Campana, una tertulia café de por medio y –¡obvio! – cerveza, desgranaba recuerdos sobre un tema amado por todos: boxeo.
Era la casa—entonces—del entrenador Héctor “El Ratón” Díaz, Héctor “El Güero” León, Arturo Llánes Camacho, un servidor y, nada menos que “El zorro del norte” como bautizó la prensa deportiva “chilanga” a Oscar Romo Kraft.
Al fondo, el golpeteo contra el costal, de las “peras” –“loca” y “fija”—y, el suave roce de la cuerda sobre el piso por parte de Jorge “Cocas” Ramírez, preparándose para la pelea contra Norberto Cabrera, pupilo de don “Goyo” González.
Combate a celebrarse en el Cine Esmeralda –¿existe?—allá por el barrio El Choyal; la plática sin desperdicio –por qué no la grabé?– y, más con una biblia del boxeo como El “chapo” Romo Kraft.

Amén de otros boxeadores que pasaron por sus manos y genio como promotor, dos joyas fueron su orgullo: Paulino “el menudero” Montes y el artista de la estética, Tony “El Chino” Mar.
Jesús Porfirio López García, nombre real del primero, orgullo y gloria del barrio El Mariachi, mientras “El Chino” del barrio Las Pilas sigue resonando su nombre; el mismo que venciera dos veces nada menos que al “monstruo” Rodolfo “Chango” Casanova.
Increible: Paulino, con escasos veinte o 21 años de edad, ya peleaba en el mítico Madison Square Garden de New York y, era clasificado cuarto peso ligero del mundo en la antesala del título mundial.
Luego, vino la tragedia en su vida; nadie mejor que el ya ido Arturo Llánes quien la describe en uno de sus libros; aquí no viene al caso.
La pregunta de este novel reportero—conste en el oficio—levantó las cejas de todos: ¿”Chapo…” de haberse enfrentado –nadie salvo un tonto, mata dos gallinasy sus huevos de oro—tus dos boxeadores, quién hubiera ganado…?
No titubeó Oscar Romo: “!Paulino…”!
Ni para que contarles la que se armón en aquella mesa dicha tarde ya lejana y tan cerca de mis afectos.
Tan lejana como de verdaderos boxeadores y, no los payasos –con muy escasas y honrosas excepciones—de ahora.
Gracias por los recuerdos.





