Arreglar el agua y las calles nos pone en la línea de salida. Lo que decide la carrera viene después.

La semana pasada Hermosillo rompió su récord histórico de temperatura: cuarenta y siete grados y medio, la marca más alta del país en esos días, y en algunas zonas de asfalto los termómetros subieron todavía más. Tres días después, la Comisión Nacional del Agua reportó que los tres acuíferos que abastecen a la ciudad, Costa de Hermosillo, Mesa del Seri La Victoria y Río Zanjón, ya no tienen agua disponible para otorgar nuevas concesiones. Los tres presentan balance negativo, es decir, se extrae más de lo que la naturaleza recarga cada año.
Una ciudad que en la misma semana toca su techo de agua y su récord de calor no va a atraer a nadie por accidente.
He escrito antes sobre la crisis hídrica del estado, que condiciona todo lo demás, y sobre para qué se endeudan nuestros gobiernos cuando la infraestructura ya no alcanza. Hoy quiero plantear algo distinto, y quiero plantearlo con incomodidad: resolver el agua, el drenaje, la energía y las calles no nos vuelve competitivos. Nos pone apenas en la línea de salida. Todos los estados del país prometen lo mismo, y ninguno gana ahí. La carrera se decide en un terreno del que casi no hablamos.
Nací en Átil, una pequeña comunidad rural del noroeste de Sonora, a la orilla del río Altar. Años después mis padres arriesgaron su patrimonio y la tranquilidad del campo para trasladarse a Hermosillo, buscando lo mismo que buscan millones de familias: educación, trabajo y una vida con más posibilidades para sus hijos. Desde entonces Hermosillo ha sido mi casa, y por eso conozco sus fortalezas, sus rezagos y su potencial para convertirse en una de las grandes ciudades del norte de México.
Esa decisión de mi padre explica mejor que cualquier estadística lo que está en juego hoy. La gente se mueve hacia donde hay oportunidades, es la ley más antigua del desarrollo económico y sigue operando igual. Lo que cambió es la dirección: en los años sesenta una familia sonorense se movía del campo a Hermosillo; hoy un ingeniero recién egresado de nuestras universidades se mueve de Hermosillo a Monterrey, a Guadalajara o a Phoenix.
Me tocó participar en las mesas donde México abrió su economía, desde el Consejo Asesor para Negociaciones Comerciales Internacionales de la entonces Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, y después presidí la Comisión de Asuntos Fronterizos en la Cámara de Diputados. En esas conversaciones aprendí algo que rara vez aparece en los discursos sobre atracción de inversión: cuando una empresa evalúa dónde instalarse, la plática no termina en el precio del terreno, la energía disponible y el costo de la mano de obra.
Sigue con preguntas que suenan menores y no lo son. Dónde van a estudiar los hijos del personal que trasladen. Qué hospital hay y si confían en él. Cuántos vuelos directos salen de esa ciudad. Si las familias salen a la calle de noche.
Una planta industrial se instala donde su gente acepta vivir. La inversión sigue al talento, y el talento se mueve por razones que ningún folleto de promoción económica menciona. Cuando una empresa compara Nogales con Tucson, o Hermosillo con Querétaro, está comparando ciudades y no solamente salarios.
La primera es la que la hace funcionar: agua, drenaje, energía, vialidades, recolección de basura. Es indispensable y hoy la llevamos incompleta.
La segunda es la que hace que alguien se quiera quedar, y esa nunca la hemos planeado a propósito. Se integra con renglones que solemos tratar como lujo: seguridad que se siente en la calle y no solo en las cifras; conectividad aérea, porque cada escala es un impuesto sobre cada visita, cada auditoría y cada cliente; vivienda del rango intermedio, porque hoy tenemos vivienda popular y fraccionamiento cerrado, y falta justamente el segmento donde vive el técnico especializado y el ingeniero que empieza; escuelas que una familia acepte para sus hijos, incluyendo oferta bilingüe; hospitales confiables; universidades enganchadas a la actividad productiva, tema sobre el que ya escribí a propósito de la universidad que Sonora necesita rescatar; espacio público utilizable; y vida cultural, comercial y deportiva tratada como infraestructura económica.
Sonora tiene capital cultural real en su beisbol, en su gastronomía, en sus playas y en su música, y lo trae desaprovechado como activo de ciudad.
Aquí quiero ser muy claro en el orden de las cosas, porque se puede malinterpretar. La calidad de vida no se construye para el inversionista extranjero. Se construye para el sonorense. El parque con sombra que hace que un ingeniero acepte la transferencia es el mismo parque donde juega el niño de la colonia popular. La plaza segura a la que sale a caminar una familia de Villa de Seris es la misma que aparece en la evaluación de un corporativo. Cuando la ciudad funciona para quien vive aquí, la inversión llega por añadidura. Al revés nunca ha funcionado.
Propongo una medida sencilla, que cualquiera puede aplicar sin consultar un índice: salga a una plaza de su ciudad a las nueve de la noche y vea si hay familias. Si las hay, esa ciudad va a retener a su gente. Si no, ninguna campaña de promoción económica va a compensarlo.
Es una medida incómoda porque no se puede simular con presupuesto publicitario, y es honesta porque mide lo que la gente vive y no lo que los gobiernos reportan.
Con cuarenta y siete grados y medio en julio, una banqueta sin árbol es una banqueta por la que nadie camina ocho meses al año, y un parque sin sombra ni agua queda inutilizado justo en los meses en que más se necesita. Una ciudad que se diseña como si estuviera en un clima templado desperdicia su espacio público completo.
El arbolado urbano, los materiales de pavimentación, la orientación de las calles, el agua en las plazas y una vida nocturna organizada dejan de ser adorno y se vuelven condiciones de habitabilidad. En el desierto, la sombra es infraestructura. Nadie en Sonora está planeando sus ciudades con ese criterio, y ninguna ciudad del norte que quiera competir en la próxima década va a poder evitarlo.
Formamos ingenieros, médicos, técnicos y profesionistas con recursos públicos, y luego los entregamos a las ciudades que sí resolvieron su segunda contabilidad. Dicho en términos de economista, Sonora está subsidiando la competitividad de sus competidores. Pagamos la inversión y otro cobra el rendimiento.
Esa fuga se detiene cuando un joven de veinticinco años encuentra aquí el trabajo, la vivienda, la vida y la ciudad que hoy va a buscar a otra parte. Algo de eso apunté al escribir sobre la frontera que pierde empleo a pesar de exportar más que nunca.
Estas son las realidades y los retos de Hermosillo, y conviene decirlo con precisión: hay esfuerzos hechos en los últimos años y obras que sirvieron. La ciudad aparece bien evaluada en varios índices de competitividad urbana, y eso también es real. El problema está en otra parte. Los índices miden lo que funciona; no miden lo que retiene. Y una obra aislada no falla por falta de empeño de quien la construyó, falla por falta de horizonte de quien la planeó.
Nuestras ciudades siguen creciendo con proyectos pensados para tres o seis años, cuando los retos del desarrollo urbano exigen planes de veinticinco. De ahí viene el gasto doble que todos hemos visto: la calle recién pavimentada que se rompe semanas después para reparar una tubería vieja o para meter un cable nuevo. Yo lo resumo en una regla: una sola excavación. Si se abre la calle por el agua, entran también la energía y las telecomunicaciones, y se cierra una sola vez.
Hermosillo, Cajeme, Guaymas, Nogales, San Luis Río Colorado, Puerto Peñasco, Caborca, Navojoa, Agua Prieta, Cananea y Santa Ana no van a resolver esto por separado, y ninguna de ellas puede ofrecer sola todos los renglones de la segunda contabilidad. Un sistema de once ciudades complementadas sí puede: el puerto en Guaymas, la agroindustria en el valle, la manufactura y los servicios binacionales en la frontera, la energía y los datos en el desierto, la formación y la investigación en la capital. Dejar de competir entre nosotros y empezar a repartirnos vocaciones es la decisión de desarrollo económico más rentable que tiene Sonora a la mano, y no cuesta un solo peso tomarla.
Sonora ya cambió al mundo una vez. Tiene más frontera con Estados Unidos que cualquier otro estado, salida al Pacífico, recursos naturales, capacidad industrial y gente preparada. Ese potencial se aprovecha si nuestras ciudades están listas para competir, y hoy no lo están.
Nuestros jóvenes no quieren heredar las ciudades que tenemos. Quieren ciudades donde puedan estudiar, trabajar, emprender, formar una familia y construir un proyecto de vida sin tener que irse. Construirlas nos toca a todos: gobiernos, empresarios, universidades, organizaciones sociales y ciudadanos. Y el momento de empezar a planearlas con horizonte de veinticinco años es este.
Salga usted a una plaza a las nueve de la noche. Ahí está la respuesta sobre el futuro de su ciudad.








