
Desde temprano, tuve los elementos formativos que me permitieron no dejarme llevar por la “primera nueva”; tampoco por consignas aderezadas con efectos simbólicos. En eso fundamento la postura: en términos históricos y de principios, pertenezco a la “tercera transformación”.
Las transformaciones de México, que pasaron por la independencia y la reforma, contenían una tensión dirigida a la conformación de un Estado Nacional moderno, motivado en el propósito del bien común o bienestar general. Esa tensión se resolvió con el triunfo de la Revolución Mexicana.
Se instituye un Estado reconocido como entidad responsable de salvaguardar los recursos estratégicos de la nación y asegurar que la democracia, no se limite a la simple condición de un “régimen jurídico” y electoral. El concepto de democracia, se vincula al necesario y “constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.
Con la Revolución y la Constitución de 1917, México conceptualizó un Estado que, reconociendo derechos sociales, no suprimió garantías individuales. Quedó planteada la tarea de lograr la justicia sin sacrificar libertades.
Así, el rostro fundante del Estado Mexicano, confirma un perfil que no deja a la suerte del mercado la vida social, económica y productiva del país. Estos principios subyacen en la Constitución y se troquelan principalmente en los artículos 3, 27, 39 y 123.
El Estado, resultado de la “tercera transformación” (Revolución Mexicana), no es compatible con el liberalismo económico; tampoco con el neoliberalismo. Los éxitos de México en materia de crecimiento, construcción de infraestructura económica básica, sistema nacional de crédito, banca de desarrollo, impulso hacia la creación de una industria de bienes de capital y políticas de fomento para la autosuficiencia alimentaria, así como el desarrollo del sector energético, ocurrieron a la sombra de ese Estado que sostuvo políticas dirigistas y una relación comercial internacional con un sentido discrecional: esquemas arancelarios orientados al propósito de proteger y fortalecer la economía nacional.
Acogidos a ese conjunto de instrumentos y políticas económicas, que algunos economistas tipifican como “el modelo económico de la Revolución Mexicana”, en el período de 1934 a 1982, se lograron tasas de crecimiento que promediaron más del 6 por ciento anual, durante esas cuatro décadas del siglo pasado.
A principios de la década de los ochenta, consecuencia de las políticas de libre convertibilidad monetaria que impuso el sistema internacional del dólar y de la especulación financiera asociada a tales prácticas, decenas de naciones del Sur Global, cayeron en crisis de pago, por efecto del desplome en el precio de sus materias primas y los incrementos en las tasas de interés.
México recibió ese impacto, y las medidas tomadas por el gobierno de José López Portillo, para proteger al país, no se sostuvieron por los gobiernos que le sucedieron de 1982 a la fecha. Al contrario, a mediados de la década de los noventa, se impuso el TLCAN y quedamos atados a la condición de enclave económico del sistema maquilador, diseñado para desindustrializarnos y reducirnos a la condición de proveedores de mano de obra barata, en un esquema de reducción de costos, exigido por la desmesurada demanda de renta del sistema financiero del dólar.
Se rompe formalmente con las políticas económicas derivadas de la “tercera transformación”, a mediados de los años noventa, con la firma del TLCAN. Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se desmontaron buena parte de los instrumentos que protegían la economía nacional y se consolidó la pérdida del control soberano sobre la política monetaria y de crédito con las reformas que le dieron “autonomía” al Banco de México, poniéndolo como garante de las actividades especulativas de los fondos de inversión y de la banca privada internacional.
Desde entonces la economía nacional se ha mantenido en el estancamiento económico, con mediocres índices de crecimiento; muy por debajo de los requerimientos asociados a su crecimiento poblacional y a la demanda anual de empleos.
Esto reconformó la vida económica de la nación y terminó por alinear a los partidos políticos. El PAN proclive a tales políticas económicas, no tuvo problemas de adaptación; en el PRI se dió una discusión interna para que se modificaran sus principios, programa y estatutos y abdicara de reconocerse como partido apegado al modelo económicos derivado de la “tercera transformación”. Antes ya se había registrado la fuerte disidencia de 1988, encabezada por Cuauhtémoc Càrdenas. El PRD, terminó moldeando su rostro a tales políticas neoliberales, bajo la consigna esgrimida entonces por López Obrador (2000) de “no quiero radicalismos en cuestiones económicas”.
Así como se adhirieron los partidos políticos a esta directrices de políticas macroeconómicas neoliberales, lo hicieron, no solo la presidencia de Salinas, también la Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto.
No han sido pocas las ocasiones en que López Obrador ha hecho suya (y más durante su presidencia) la denostación del historiador Daniel Cossío Villegas, en contra de la Revolución Mexicana. Cossío Villegas sostenía, que con la Revolución Mexicana, se había ido Don Porfirio pero había llegado Doña Porfiria. Una consigna que encubre, en el alegato “democrático”, el desprecio por un Estado involucrado en la tarea de hacer posible el bienestar general y conducir la fuerza del mercado hacia la industrialización del país.
Esa denostación de López Obrador, por el Estado derivado de la “tercera transformación”, es lo que motivó, además del simbolismo protagónico, la entelequia de la “Cuarta Transformación”. No para romper con las políticas económicas neoliberales; más bien para continuarlas, con una retórica simplista que redujo el cuestionamiento al neoliberalismo criticando la corrupción, al grado de sostener que “sin corrupción hasta el neoliberalismo es bueno”.
La falta de comprensión de López Obrador, del Estado surgido de la Revolución Mexicana, lo hizo proclive a las sugerencias lanzadas en los años setentas por los organismos financieros multilaterales (Banco Mundial, FMI) que le vendían a las naciones dependientes la falacia de que no deberían imitar el modelo industrializador del sector desarrollado. Fomentando visiones de renuncia al uso y creación de tecnología avanzada, oponiendo la reivindicación de las “tecnologías apropiadas” y fincando la grandeza de México en “la riqueza de la pobreza”.
Las proyecciones ideológicas del “humanismo mexicano”, caminan en la misma dirección. Un alejamiento al reconocimiento de que el Estado Mexicano es “la resultante del vector indígena y el vector europeo”.
A final de cuentas, la renuncia al reconocimiento del estado surgido de “la tercera transformación”, es consecuentemente la renuncia a la instrumentación de las políticas proteccionistas y dirigistas que el país requiere para encarar la guerra económica en curso, sostenida por el gobierno norteamericano.
Las herramientas históricas y técnicas para hacerle frente a la guerra económica, están en la “tercera transformación”, que no ha muerto, tan solo ha sido interrumpida por el neoliberalismo y por la entelequia de una “cuarta transformación”.
Desde el Valle del Yaqui, Ciudad Obregón, Sonora 7 de julio del 2026




