Un millar de hombres vestidos de jinete se citan en ciudades del norte mexicano para beber, bailar pegados y ligar. El fotógrafo Pablo Sáez y el escritor Guillermo Osorno recogen en un libro los entresijos de estas coloridas y sonadas fiestas de ‘cowboys’. “Son como oasis en medio del país, lejos de Ciudad de México, donde sí hay visibilidad LGTBIQ+”, dice el autor
Javier A. Fernández
Cada primavera, centenares de vaqueros peregrinan a varias ciudades del centro y el norte de México para participar en una convención de cowboys muy particular. Una en la que no se habla sobre técnicas para el criado del sardo negro —una raza de vaca mexicana— ni se cazan terneros a lazo, sino que se baila, se come, se liga, se juega.Unas citas cuya finalidad es conocer a otros hombres con los mismos intereses y aficiones, hacer amigos y, quién sabe, vivir una aventura de fin de semana o conocer al amor de sus vidas.
Las fiestas de vaqueros gais han proliferado en México y también enEstados Unidos como un símbolo de identidad, resistencia y activismo. Para el periodista y escritor mexicano Guillermo Osorno, “son como oasis en medio del país, lejos de la capital, Ciudad de México, donde sí hay visibilidad LGTBIQ+”. Osorno acudió en abril de 2025 a una de las mayores reuniones de cowboys gais, la que se celebra en Zacatecas. Lo hizo acompañado por el fotógrafo español Pablo Sáez, después de que una amiga común, la estilista Alba Melendo, viera el potencial de las fiestas. El resultado de esa incursión es un retrato de la vida social e íntima de estos hombres en forma de un libro de fotografías titulado Vaquero (Casa Siete, 2026).
En el corazón de la liturgia vaquera
Botas de piel de vaca, cocodrilo o avestruz; pantalones pitillo ajustados que resaltan la silueta, cinturones de piel de pitón, camisas con bordados propios de una vedete, sombreros de ala ancha de fieltro o palma… El look se repite, solo varía el color, la tela o el cuero, pero en esencia representa el prototipo del vaquero. Se brinda con cerveza Tecate y caballitos —como dicen a los chupitos— de tequila, y se sale a bailar al ritmo de la banda, juntando caras, pechos y entrelazando piernas.

Cuenta Osorno que las fiestas nacieron hace unas dos décadas por la necesidad de los hombres homosexuales del norte de México, una zona industrial y ganadera, de generar espacios seguros donde conocerse sin el temor a ser juzgados y, sobre todo, vestirse como a ellos les gusta. “No se sentían representados en una sociedad homófoba que los asfixiaba”, explica el autor. En esas áreas del país no era tan fácil para los homosexuales hacer comunidad como en Ciudad de México, donde por entonces el colectivo estaba inmerso en una enérgica lucha por los derechos LGTBIQ+, que se materializó en 2009 en la Ley del Matrimonio Igualitario en la capital, un derecho que no llegó al resto del país hasta 2022.
En estas fiestas los hombres pueden ser ellos mismos porque se sienten a salvo. Algunos, describe el autor, son activistas que han luchado por sus derechos en zonas como Chihuahua, Zacatecas, Baja California o Juárez. “Otros proceden de ciudades muy pequeñas y comunidades en las que no han salido del armario. Recorren hasta 200 kilómetros para acudir a una de estas reuniones. Mientras en su pueblo tienen un puesto de frutas y verduras en el mercado, en la fiesta vaquera son hombres distintos, más auténticos”, agrega el autor.

La celebración que han retratado Osorno y Sáez tuvo lugar en Zacatecas durante la Semana Santa. Un evento que dura tres o cuatro jornadas en las que hay música en vivo, se baila y se come. “También se elige al Rostro Vaquero, que es un concurso de popularidad, no de belleza”, subraya. Un certamen que conecta con aquellos en los que las jóvenes son coronadas como reinas y princesas. “Y el sábado de Gloria sale una cabalgata por las calles de Jerez de García de Salinas, un pueblo cercano, donde los vecinos se unen a los vaqueros que desfilan”.
La música es una parte fundamental de estas fiestas. En ellas se escucha lo mismo que suena por toda la región, describe Osorno: cumbia sonidera, propia de México, vinculada a la cultura de los sonideros, unos animadores ambulantes que cargaban con voluminosos sistemas de audio y organizaban bailes al aire libre. También se escuchan corridos norteños. “Sus letras narran historias de amor, dramas y narcotráfico”, señala el periodista.

Tradición y fetichismo
Los participantes han adoptado la estética vaquera de sus padres y sus abuelos. En esa parte del país es habitual que la gente vista los pantalones tejanos, las botas y el sombrero. “Muchos pertenecen a familias del campo”, agrega Osorno. Y continúa: “Los verdaderos vaqueros provienen de Nueva España, es decir, fue la conquista de España en ese territorio la que dio lugar a los primeros ranchos ganaderos y a los jinetes que cuidaban las vacas. Con la división entre Estados Unidos y México en el siglo XIX, se quedaron a ambos lados de la frontera”. Y luego la literatura y el cine estadounidenses terminaron por apropiarse del concepto y de romantizarlo.
Muchos de los participantes no son específicamente vaqueros, se dedican a otras profesiones. Hay profesores, policías, enfermeros, veterinarios… “Otros tienen orígenes más humildes, regentan puestos en mercados, pero todos están muy familiarizados con el uniformevaquero”, explica. La adopción de la estética no solo tiene que ver con recuperar su identidad. También encierra un punto fetichista, concede Osorno. Es un símbolo de fuerza, pasión y erotismo que desafía la idea del estereotipo exclusivamente heterosexual. “Se trata de una representación hipermasculina del hombre que vive y trabaja en un rancho y se enfrenta en solitario a las fuerzas de la naturaleza”, explica el autor.

Mirar más allá de esa imagen exacerbada de masculinidad ha sido el objetivo de Osorno y Sáez al hacer las fotos. Descubrir a las personas que se esconden tras los tejanos y las botas de piel. “Había quien no quería aparecer en las fotos, pero muchos estaban encantados de participar”, precisa el periodista. En esta fiesta hay gente de todas las edades y con todo tipo de cuerpos, pero el escritor destaca que es un mundo principalmente de hombres maduros. “A diferencia de otras tribus, la edad está bien vista”. Algo que se refleja en su selección fotográfica.
Todo comenzó en Ciudad de México…
Osorno escuchó hablar de estas fiestas a uno de los organizadores de la que se celebra en León, en el Estado de Guanajuato, a tres horas de la capital. “Me dejó boquiabierto ver por primera vez a más de 600 hombres con esos atuendos tan característicos. A partir de ese momento empecé a investigar”. En 2025, durante una cena, conoció a Alba Melendo y esa noche acabaron en un pequeño bar gay de vaqueros que hay en Ciudad de México. La estilista madrileña le propuso producir un editorial de moda, para lo que reclutó al fotógrafo, pero el proyecto creció hasta convertirse en un libro, para lo que contactó con la editorial Casa Siete. En menos de un mes armó un equipo y se marcharon a la fiesta de Zacatecas y consiguieron sumar al proyecto a la marca de moda Levi’s: “¿Qué marca hay mejor para representar al vaquero?”, exalta Osorno.







