Yo veo las elecciones y hay algo que me llama mucho la atención. Todos hablamos del que ganó… y del que perdió. Los partidos se cuelgan medallas, los candidatos sonríen para las fotografías y los políticos salen a decir que «el pueblo decidió».
¡Ah, qué bonito suena eso! Pero hay un pequeño detalle que casi nadie menciona: en 2024, casi el 39 % de los ciudadanos inscritos en la Lista Nominal no votó. Es decir, casi cuatro de cada diez tuvieron la posibilidad de decir algo en las urnas y decidieron decir: «Yo paso».
Y aquí empieza lo curioso, porque algunos no votaron porque estaban decepcionados; otros, porque decían: «Todos los políticos son iguales» o «Mi voto no sirve para nada»; y, seguramente, algunos simplemente prefirieron quedarse en casa viendo televisión.
Pero después de la elección… ¡sorpresa! Aparecieron los inconformes: «¡No estoy de acuerdo con el gobierno!», «¡Ese político no me representa!», «¡Todo está mal!». Y yo me pregunto: ¿dónde estaban el día de la elección?
La democracia es bastante curiosa: me da la oportunidad de votar, pero si decido no hacerlo, alguien más va a decidir por mí. Después no puedo sorprenderme de que haya ganado alguien a quien yo no quería. Es como no ir a la reunión para elegir al administrador de mi edificio y al día siguiente reclamar: «¡¿Quién fue el idiota que eligió a este?!». Pues… los que sí fueron.
Aquí no se trata de decir que quien no vota está equivocado; cada ciudadano tiene sus razones. El problema aparece cuando convierto mi abstención en indiferencia y, después, convierto mi inconformidad en reclamo. Si casi cuatro de cada diez ciudadanos no participaron, hay preguntas que deberíamos hacernos: ¿qué está pasando con ellos?, ¿ya no creen en los partidos?, ¿ya no creen en los políticos?, ¿ya no creen que votar sirva?, ¿o simplemente descubrieron que es mucho más cómodo criticar al gobierno desde el sillón que levantarse temprano para cambiarlo?
Y aquí viene la parte que quizá incomode un poco. Los políticos hablan de «la voluntad del pueblo», pero sería interesante que también hablaran de la voluntad de los que no fueron, porque ese casi 39 % no desapareció: siguen pagando impuestos, padeciendo la inseguridad, esquivando baches, esperando servicios públicos y viviendo las consecuencias de las decisiones de quienes sí votaron.
Quizá el próximo candidato debería dejar de preguntarnos: «¿Por quién vas a votar?» y empezar por preguntarnos: «¿Por qué ya no quieres votar por nadie?». Porque detrás de ese 39 % puede haber algo mucho más profundo que simple apatía: puede haber hartazgo, desconfianza, decepción o, simplemente, la sensación de que la política dejó de ser un instrumento del ciudadano para convertirse en un instrumento del político.
Mientras nosotros discutimos quién ganó, hay millones que decidieron no jugar. Pero cuidado, porque en política no jugar también hace que alguien gane. Y luego no vale decir: «¡Yo no fui!», porque aunque no hayas votado, el resultado también lleva un poco de tu silencio.




