Cananea enfrentó sequías, la pandemia de COVID-19 y hasta la caída de los precios internacionales de los minerales, pero la peor tragedia no llegó por obra de la naturaleza
Cananea enfrentó sequías, la pandemia de COVID-19 y hasta la caída de los precios internacionales de los minerales, pero la peor tragedia no llegó por obra de la naturaleza. Llegó con dos dirigentes sindicales: Napoleón Gómez Urrutia y Javier Villarreal, quienes empobrecieron a los mineros y acabaron con conquistas laborales de generaciones.
En julio de 2007, Napillo comenzó la debacle. Utilizó a los mineros como “carne de cañón” e inició una huelga que duró 31 meses. Los usó para presionar al gobierno y evitar pisar la cárcel por el robo de 55 millones de dólares, propiedad de los mineros de Cananea.
La empresa hizo todo para terminar la huelga: ofreció pagar salarios caídos y prestaciones. Aun así, Napillo exigió 100 millones de dólares y el retiro de las órdenes de aprehensión para levantar el movimiento.
Ante la negativa del sindicato, los tribunales laborales dieron por concluidas las relaciones entre sindicato y empresa. Así, Napillo sepultó el mejor Contrato Colectivo de Trabajo (CCT) de México.
La pérdida fue enorme. El contrato incluía atención médica en Estados Unidos, pago de agua y luz, facilidades para adquirir terrenos y materiales de construcción, además de un amplio esquema de jubilación, entre otras prestaciones.
La segunda tragedia llegó con Javier Villarreal, hoy conocido en Cananea como “el señor de los camiones”. Nunca luchó por recuperar lo perdido del CCT, simplemente firmó un “borrón y cuenta nueva”. Hoy se llena de pretextos, al punto de presentarse como víctima.
Con Villarreal, los mineros perdieron entre el 50 y el 60 por ciento del contrato colectivo. Tenía la oportunidad de exigir la recuperación de las prestaciones, pues la empresa necesitaba reanudar operaciones, pero avaló que un contrato de casi 200 cláusulas quedará reducido a 90.
También respaldó la reducción de salarios y, después de más de una década, los trabajadores siguen lejos de recuperar el nivel que tuvieron. Hoy, el trabajador que menos gana en la mina La Herradura, en Caborca, percibe prácticamente el mismo salario que el mejor pagado de Cananea.
Y sobre las utilidades, a pesar de que la producción se incrementó de 400 mil toneladas a mil 300, los trabajadores siguen recibiendo la misma cantidad, sólo que ahora con bono condicionado a la productividad.
Alrededor de Villarreal también surgieron señalamientos por un importante crecimiento patrimonial y una flotilla de camiones prestando servicios a la propia mina.
¿Quién ganó realmente con la caída de Cananea? La historia puede resumirse en una frase que repiten los mineros: Napillo destruyó el patrimonio laboral de varias generaciones. Villarreal administró la ruina.








