La salida del hijo de López Obrador estrecha la purga interna del partido oficialista, ante el desgaste de Luisa María Alcalde y de una dirigencia golpeada por derrotas electorales, escándalos y disputas de poder
EL PAIS
La salida de Andrés Manuel López Beltrán de la dirigencia nacional de Morena no ha sido una renuncia aislada ni una decisión tomada súbitamente. Es el desenlace calculado de una operación política que comenzó semanas atrás, cuando desde Palacio Nacional se decidió intervenir de emergencia en las entrañas del partido gobernante para contener el desgaste acumulado en la dirigencia encabezada por Luisa María Alcalde y del hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador como secretario de Organización. Es un intento de recomponer la estructura de la agrupación con miras a las elecciones intermedias de 2027, aseguran a EL PAÍS pesos pesados de Morena.
La dimisión de López Beltrán llega menos de un mes después de que se ejecutara una profunda purga interna en Morena, una maniobra diseñada desde la presidencia para liberar las tensiones crecientes dentro del movimiento y abrir paso a un nuevo control político más cercano a Claudia Sheinbaum. Desde la salida de Alcalde ya se anticipaba la caída de Andy —como se le conoce dentro del partido—, aunque los tiempos fueron administrados cuidadosamente para evitar una ruptura estruendosa que confirmara públicamente la crisis interna y el fracaso político de la dupla que condujo al partido durante los últimos meses.
El movimiento ocurre además días antes de que se confirme posiblemente la segunda derrota electoral de López Beltrán en su corta carrera como integrante de la dirigencia: los comicios locales en Coahuila. La operación política de esa elección le fue encomendada directamente, pero el Partido Revolucionario Institucional (PRI) mantiene ventaja. En Morena, se veía venir que el hijo del expresidente López Obrador se acercaba a una derrota casi segura en esa última misión, previa a su salida inminente del partido. López Beltrán, dicen, decidió ahorrarse el escarnio público con su renuncia anticipada a la dirigencia. En junio de 2025, en su primera operación como integrante de la dirigencia de Morena, tuvo su primer revés en Durango y en Veracruz, donde los resultados no fueron favorables para el oficialismo.
La renuncia también coincide con las versiones crecientes dentro del oficialismo sobre la intención de López Beltrán de buscar una diputación federal por Tabasco, —la tierra política de su padre— a modo de trampolín que lo catapulte a la gubernatura del Estado en 2030. La apuesta por una curul no solo representa un intento por rescatar una carrera política estancada, refieren fuentes consultadas, también le permitiría obtener fuero constitucional en medio de las presiones y rumores sobre posibles investigaciones relacionadas con presuntas redes de contratistas y operadores ligados a su entorno.
En privado, dirigentes morenistas reconocen que el desgaste de Andy se volvió insostenible después de la cadena de escándalos que erosionaron la narrativa de austeridad y disciplina que durante años defendió el obradorismo y que lo obligaron a bajar su perfil. Su viaje a Japón, en 2025, exhibido públicamente y convertido en símbolo de contradicción dentro del movimiento, abrió una grieta que nunca terminó de cerrarse. A ello se sumaron las versiones sobre presuntas relaciones con contratistas y operadores beneficiados con contratos en el Gobierno de López Obrador.
Más allá de las controversias, el obstáculo central de Andy fue político, refieren fuentes del oficialismo. López Beltrán nunca consiguió consolidar un liderazgo propio dentro de Morena. Su ascenso se sustentó principalmente por el peso de su apellido y por la influencia heredada del expresidente. “Nunca se le ha dejado de ver como el hijo de Andrés Manuel jugando a hacer política”, comentan dentro de Morena. El vástago de López Obrador, sostienen, careció de una estructura interna sólida y de colmillo político, lo que lo encapsuló dentro de una más del abanico de facciones que comenzaron a multiplicarse en el partido tras la llegada de Sheinbaum a la presidencia.
La relación con Alcalde se había deteriorado desde hacía meses. Inicialmente fue presentada como una dupla generacional destinada a modernizar Morena, terminó convertida en una relación política marcada por desconfianzas, disputas operativas y diferencias sobre el control territorial del partido. Diversas corrientes internas han sostenido que el dúo convirtió la dirigencia en un espacio cerrado, incapaz de procesar las tensiones dentro de la agrupación guinda.
El relevo terminó siendo inevitable. La presidenta Sheinbaum entendió rápidamente que Morena necesitaba una cirugía política para evitar que el desgaste del partido contaminara el arranque de su Gobierno. La reconfiguración comenzó con la salida de Alcalde y continuó con el ascenso de nuevos perfiles alineados con la lógica de control político de Palacio Nacional. Ariadna Montiel y Citlalli Hernández emergieron entonces como piezas centrales de una nueva operación partidista orientada a desmontar las estructuras heredadas de la vieja dirigencia.
El desplazamiento de Andy a Tabasco cierra así la pinza de la reorganización interna. Con este movimiento, la criatura política creada por López Obrador ha comenzado a mutar bajo el mando de Sheinbaum. Para López Beltrán, la apuesta inmediata será sobrevivir políticamente. Tabasco aparece como el territorio natural para intentar reconstruir su incipiente carrera política. Ahí conserva redes familiares, operadores leales y el capital simbólico del apellido. Una diputación federal le permitiría regresar a la arena pública bajo una posición menos expuesta que la dirigencia nacional y, al mismo tiempo, mantener presencia dentro del Congreso en una etapa en la que las posiciones en Morena se redefinen aceleradamente.
Con todo, dentro del oficialismo persisten dudas sobre su futuro político. Su paso por la dirigencia dejó menos resultados de lo esperado y muchos cuestionamientos, en donde no logró armar una narrativa propia ni convertirse en un heredero político natural del expresidente. Su posición terminó por convertirlo en un símbolo incómodo para una presidenta que busca imprimir su propia marca sobre el movimiento. La siguiente prueba de fuego del heredero del apellido López será el voto directo en las urnas, a menos que su mirada apunte a una diputación con la vía de la representación proporcional, una posibilidad que enviaría un mal mensaje. De hecho, la propia Sheinbaum ha empujado -en su reforma electoral fallida- por el cambio de este modelo, de forma que los legisladores plurinominales salgan a las calles a ganarse el sufragio en lugar de ser elegidos mediante listas de los partidos.
La salida de López Beltrán ha confirmado el avance de Sheinbaum en una silenciosa pero profunda depuración del partido. Morena ha logrado sacar de su estructura organizacional el apellido López, quien hace menos de dos años se perfilaba como símbolo de continuidad. Dos años después del cambio en el bastón de mando, el poder comienza a desplazarse hacia nuevos grupos, alianzas y operadores. Y en esa transición, incluso el hijo del fundador ha sido una pieza sacrificable.






