HERNAN GARZA
Mientras tres crías de bisonte americano daban sus primeros pasos sobre la tierra de Coahuila ―territorio que sus antepasados abandonaron hace 160 años―, en Montana los abogados de la administración de Donald Trump redactaban una orden para desalojar a otros bisontes de la reserva de la American Prairie Foundation y sustituirlos así por ganado vacuno. Las dos noticias llegaron casi al mismo tiempo, aportando nuevos argumentos para resignificar nuestra defensa del territorio y la lucha por la soberanía: en México se restaura lo que en Estados Unidos se destruye.
El bisonte es un ingeniero del ecosistema: airea el suelo, dispersa semillas, favorece la diversidad vegetal, retiene agua en una de las regiones más áridas del país. Su regreso a las praderas del norte de México es una corrección histórica.[1] La Fundación Pro Cuatrociénegas anunció el nacimiento de las críasen la Reserva El Santuario, de la Sierra de Menchaca en Coahuila. Seis meses antes, 44 animales habían sido reintroducidos en el desierto coahuilense del que fueron exterminados a finales del siglo XIX. El día anterior a aquella noticia, el gobierno estadounidense informó que la Oficina de Administración de Tierras cancelaba los permisos de pastoreo para 900 bisontes en el condado de Phillips, Montana. El pretexto fue la Ley Taylor de Pastoreo de 1934, aunque detrás actúa la industria ganadera que busca convertir la pradera pública en un subsidio privado. Se trata del poder económico imponiéndose por encima de la naturaleza. La lógica que se impone tiene un nombre conocido: el capital que necesita tierra fértil y barata que encuentra en el bisonte un obstáculo al que es necesario desplazar.[2]
El modelo norteamericano viene de la convergencia de la wilderness de John Muir —la naturaleza “prístina” que exige ausencia humana— y la ingeniería estatal de Theodore Roosevelt. Desde la creación del Parque Nacional de Yellowstone, proteger a la naturaleza significó vaciarlo de personas para declararlo “virgen”. México partió de otra premisa, cristalizada en el cardenismo en lo que Emily Wakild denomina los “Parques Revolucionarios”: territorios donde la conservación no separa a la gente de la tierra, sino que se reorganiza con ella.[3] Bajo el mandato de Lázaro Cárdenas, el parque no fue un santuario aislado, sino instrumento del proyecto agrario: ejidos, comunidades y Estado compartiendo la responsabilidad del territorio. Es una diferencia material del ejercicio del poder. En Estados Unidos, la conservación separa a las personas de la tierra; mientras que en México, quien la sostiene es la comunidad.
Desde John Muir hasta la institucionalización en Yellowstone, la conservación estadounidense se estructuró sobre un principio de exclusión y se materializó mediante el desalojo y exterminio sistemático de la población nativa. La tierra “virgen” era, en realidad, tierra vacía —por ello se despojó a las naciones Shoshone y Bannock de Yellowstone—. El resultado fue una maquinaria gubernamental de vigilancia muy eficaz, con enorme presupuesto público y bajo un estricto manejo científico, pero también un modelo de conservación de fortaleza: cercar, patrullar y separar a los pueblos del territorio que habían gestionado durante siglos criminalizando las prácticas ancestrales.
En México, la herencia cardenista se mantiene a la vanguardia: la CONANP opera hoy en alianza con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, en áreas naturales protegidas, como la de Tehuacán-Cuicatlán, con proyectos que van desde el manejo de biodiversidad hasta turismo comunitario[4] y también con sus recientes acuerdos con FONATUR: uno en Oaxaca para incorporar comunidades indígenas al Tianguis Turístico y fortalecer el Centro Mexicano de la Tortuga en Mazunte,[5] así como el anuncio de la presidenta Sheinbaum en territorio seri para el diseño de un plan de turismo sustentable donde los recursos lleguen sin intermediarios al pueblo comca’ac y que su manejo quede bajo responsabilidad de los comuneros.[6]
Es la misma lógica del bisonte de Coahuila aplicada al desarrollo comunal, en donde el territorio ni se expropia ni concesiona, ahora se devuelve a los pueblos originarios. Cuando otros países separan conservación y desarrollo, México protege su biodiversidad impulsando soluciones productivas —riego eficiente, turismo responsable, participación de mujeres— diseñadas desde la comunidad. Lo demás es un mercado extractivo de experiencias con etiqueta verde.
En Montana, el gobierno libra una batalla para sacar a Crazy Alice, la bisonte que insiste en volver a la pradera donde aprendió a pastar. Cada choque contra el alambre es la desobediencia de un animal que no reconoce como legítima ninguna orden de desalojo. Hoy, en Coahuila, tres crías están vivas y en libertad, y eso en sí mismo ya es un argumento.





