Un estudio apunta a que el calor de los incendios atrapado en la atmósfera acabó en unos momentos con la mayoría de la vida terrestre hace 66 millones de años
Miguel Angel Criado
Los dinosaurios, que dominaron el planeta durante decenas de millones de años, pudieron desaparecer en horas. El impacto del asteroide hace unos 66 millones de años convirtió la Tierra en un infierno ya en su primer día. Pero los especialistas en el cataclismo no se ponen de acuerdo en lo que pasó después. Para algunos, la energía liberada por el choque provocó una serie de cataclismos por todo el planeta (incendios globales, megatsunamis…) que se llevaron la mayor parte de la vida terrestre por delante. Para otros, la atmósfera se llenó de polvo que impidió el paso de los rayos solares, como sucede con las grandes erupciones volcánicas, provocando un invierno de décadas. Pero un nuevo estudio adjudica a este polvo un papel mortífero inmediato: convirtió la superficie del planeta en una parrilla en la que se quemaron los dinosaurios.
El impacto cerca de lo que hoy es la península de Yucatán (México) desintegró el asteroide, un cuerpo de unos 12 kilómetros de diámetro, pero también una enorme porción de la zona de impacto. Los autores de este nuevo trabajo, publicado en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, estiman que vaporizó más de 1.000 kilómetros cúbicos de material, compuesto principalmente por roca hecha vapor y partículas de suelo, aunque también por todos los animales y plantas que se encontraban en su trayectoria y el propio meteorito.
“Parte del vapor de roca y las esférulas escaparon al espacio y nunca volvieron a caer a la Tierra”, cuenta Brandon Johnson, experto en cráteres e impactos planetarios en la Universidad de Purdue (Estados Unidos) y principal autor del estudio, en un correo. Pero la mayor parte de ambos elementos, que alcanzaron de miles a decenas de miles de kilómetros sobre la superficie terrestre, acabaron volviendo a la superficie. “Las esférulas pueden atravesar la atmósfera y separarse del vapor de roca al ser desaceleradas por las fuerzas de arrastre”; ese distinto comportamiento es clave en lo que seguiría después.

Las esférulas, no más grandes que un grano de azúcar, en su rozamiento con la atmósfera en su descenso generaron calor como el que se produce con la reentrada de cohetes y cápsulas humanas. Su presencia en sustratos de todo el planeta ha servido a los científicos para determinar el momento exacto del impacto, así como para explicar los incendios globales que se produjeron tras él. Pero buena parte del material, en especial lo que quedaba del asteroide, no se habría comportado igual: según revela ahora este trabajo, no se condensó formando esférulas, sino que permaneció como una nube de polvo muy fino que terminó envolviendo todo el planeta.
“Toda esa enorme energía cinética tiene que ir a alguna parte y, al final, se transforma en calor”, recuerda Johnson. Pero la nube de polvo, de varios milímetros de grosor, habría impedido que se disipara atmósfera arriba, rebotando el calor de nuevo hacia el suelo. Los investigadores han estimado que la cantidad de radiación fue 17 veces superior a la necesaria para matar a un ser humano. “Eso fue lo que mató a los dinosaurios y a los demás animales. No fue la onda expansiva del impacto ni la bola de fuego, porque esos efectos no llegan muy lejos”, completa el investigador estadounidense.
Alexandria Johnson, profesora en el departamento de Ciencias de la Tierra, Atmosféricas y Planetarias de Purdue y coautora del estudio, analizó las propiedades físicas de las partículas individuales de polvo y de la nube en su conjunto para determinar sus propiedades radiativas. Su conclusión es dramática: “Descubrimos que la capa de polvo era tan impermeable a la radiación que atrapó prácticamente todo el calor generado por la caída de las esférulas cerca de la superficie del planeta. Es como si el polvo actuara como la tapa de una olla”. Solo los animales que pudieran refugiarse bajo tierra, como los primeros mamíferos, los peces de aguas no superficiales o algunos dinosaurios aviarios, habrían sobrevivido al infierno.
Pero el polvo no solo intensificó el calor letal. Sus efectos continuaron mucho después, pero en sentido inverso. Con el tiempo, el calor se fue perdiendo, pero la luz del Sol seguiría durante años o décadas sin alcanzar plenamente la superficie, provocando un larguísimo invierno. Simulaciones en anteriores estudios indican que la temperatura media global descendió 20 grados y se mantuvo así unos 30 años. Debió ser la puntilla que marcó el fin de un tiempo, el del Cretácico, el de los dinosaurios.
Los Johnson (Brandon y Alexandria) y demás coautores creen que los incendios globales fueron la principal causa de mortalidad, pero reconocen que solo se apoyan en un yacimiento de gran importancia, pero solo uno, el de Tanis, en Dakota del Norte. Allí, a 3.000 kilómetros de la zona del impacto, descubrieron las evidencias más consistentes del mismo, con infinidad de animales que murieron casi al instante, incluidos muchos peces con esférulas en sus branquias. La capa de mortandad acaba bajo una fina de polvo extraterrestre, el que han analizado ahora.
“Es posible que, con el tiempo, acabemos encontrando pruebas de incendios forestales verdaderamente globales”, afirma Alfio Alessandro Chiarenza, paleontólogo del University College de Londres, que no ha participado en el estudio. “Simplemente, por ahora aún no las tenemos”, añade en una nota. De encontrarlas, de generalizar el papel mortífero casi instantáneo de la capa de polvo, se podría determinar si la gran extinción del final del Cretácico y que inició el Paleógeno, fue cuestión de horas (por el calor abrasador), de años o décadas (por el enfriamiento posterior) o una combinación de ambos procesos. “Sería fantástico averiguar qué animales lograron sobrevivir inmediatamente después del impacto y cuáles eran sus características biológicas. Eso podría explicar por fin por qué algunos animales consiguieron sobrevivir mientras que otros, como los dinosaurios, no”, termina Chiarenza.









