Millones de personas usan medicamentos como Ozempic y Wegovy para tratar la diabetes y la obesidad, pero pocos saben que esta revolución farmacológica comenzó con el estudio del veneno del monstruo de Gila, un lagarto nativo de las zonas áridas del noroeste de México y el suroeste de Estados Unidos.
“Todo mundo está haciendo negocio y todos se inyectan eso o se lo toman, pero nadie piensa en el monstruo de Gila”, afirma en entrevista con La Jornada Víctor Hugo Reynoso Rosales, investigador del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México.
El monstruo de Gila es un reptil venenoso que puede llegar a medir entre 60 y 120 centímetros. En la parte dorsal, su cuerpo está cubierto por pequeñas protuberancias fusionadas al hueso del cráneo y su piel es negra con patrones rosados.
Se trata de un animal tímido que pasa la mayor parte de su tiempo bajo tierra, en madrigueras que lo protegen del calor extremo del desierto, y sólo sale a la superficie para alimentarse o buscar pareja en la temporada de reproducción.
Millones de años atrás, los ancestros de este lagarto venenoso estuvieron distribuidos incluso en Eurasia, pero en la actualidad sólo sobreviven cinco especies del género Heloderma en el mundo, de las cuales cuatro habitan en México.
En el país, el monstruo de Gila está clasificado como especie amenazada por la destrucción de su hábitat, debido a actividades agrícolas y ataques directos por parte de personas que lo matan por temor. “Como son venenosos, la gente los machetea”, explica Reynoso Rosales.
“A muchas personas les parece feo, le temen, pero a mí me parece bonito”, añade el experto.
Más allá de su aspecto intimidante, este reptil se convirtió en pieza clave para el desarrollo de tratamientos contra la diabetes y la obesidad. En 1990 en Estados Unidos, el médico e investigador John Eng decidió ampliar los estudios anteriores sobre el efecto del veneno de algunos animales en el páncreas humano y centró su atención en el monstruo de Gila.
Dos años después descubrió un compuesto al que denominó Exendina-4, capaz de estimular las células productoras de insulina en el páncreas cuando los niveles de glucosa en sangre son elevados. Este hallazgo abrió el camino para el desarrollo de nuevos medicamentos para la diabetes y la obesidad, como Ozempic y Wegovy.
En medio del creciente interés por estos medicamentos, Reynoso Rosales estima que se pierde la perspectiva de su origen y no se emprenden acciones para conservar a la especie.
“Sin el veneno del monstruo de Gila y décadas de investigación científica para aislar y desarrollar sus compuestos, estos medicamentos no existirían”, subraya.
Retribuir a la naturaleza
El herpetólogo, reconocido por su trabajo en ecología y conservación de anfibios y reptiles, afirma que el monstruo de Gila no es el único caso en que la biodiversidad contribuye al desarrollo médico. Existen otros ejemplos, como el de rana incubadora gástrica, un anfibio australiano cuyo estudio ayudó a comprender mecanismos relacionados con la inhibición de ácido estomacal, lo que inspiró tratamientos para la gastritis y el reflujo.
A pesar de que aportó conocimiento relevante, este anfibio se extinguió por la propagación de un hongo y la pérdida de su hábitat natural.
“Deberían generarse protocolos para que haya una especie de regreso de recursos para los animales que sirvieron de base para desarrollar innovaciones farmacéuticas”, sostiene Reynoso Rosales. Estima que el protocolo de Nagoya, el cual busca asegurar que los recursos naturales se compartan de manera responsable y ética, no es suficiente.
“Establece que si un medicamento se desarrolla a partir de compuestos obtenidos de una comunidad rural, planta o animal, la farmacéutica tiene la obligación de regresar determinada cantidad de recursos a esa comunidad, pero no están pensando en el animal o la planta.”
Mientras el mercado global de medicamentos contra la diabetes y la obesidad mueve millones de dólares a partir de fármacos con origen biológico, especies como el lagarto, que ayudó a abrir el camino, siguen en riesgo.
“Hay montones de especies que jamás han sido estudiadas y que se están acabando. La pregunta es cuánta diversidad podría extinguirse antes de que entendamos su valor para la medicina”, señala.
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