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Perdido en el desierto con la muerte al lado: la travesía de un joyero, narco y migrante

Milenio by Milenio
23 marzo, 2026
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Perdido en el desierto con la muerte al lado: la travesía de un joyero, narco y migrante
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Un joyero chilango, que vendía crack en Las Vegas, intenta cruzar de nuevo a EU para reencontrarse con sus hijos. Perdido en el desierto en Arizona, recuerda su vida criminal.

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DOMINGA.– Primero la vio de lejos pero la muerte fue acercándose conforme pasaban las horas, que se convirtieron en días, sin poder llegar a alguna carretera o a algún rancho. El desierto estaba por tragarse a El Gato, un maestro joyero y exnarcotraficante forjado en la calle Madero del Centro Histórico. Había pasado seis años preso en Estados Unidos. La cárcel y su mujer le arrancaron de cuajo a sus dos hijos en 2008. No los volvió a ver y jamás dejó de pensar en ellos. Catorce años después, en uno de los lugares más ardientes de la reserva india Tohono O’odham, en Arizona, estaba determinado a sobrevivir para encontrarlos. Creía que lo haría.

Conocí al joyero a finales de los años ochenta, tirando patadas en un sucio estacionamiento de una compañía papelera en la Industrial Vallejo, donde cada fin de semana varios niños tomábamos clase de karate. Años después, sería él quien me acercaría al mundo de la delincuencia juvenil en el norte de la Ciudad de México.

En la cárcel Gato aprendió a tatuar y hasta el día de hoy combina ese oficio con la joyería. Varios de sus clientes, en especial aquellos que se querían rayar una Santa Muerte, traían una historia que él sabía escuchar. Si algo le había dado la cárcel era oídos y silencio. Por las noches, mientras atendía su puesto de tacos, me contaba sobre las historias de esos jóvenes clientes que en medio de las sesiones de tatuaje hablaban de su vida criminal. Las historias me interesaron de inmediato.

Así comenzó a trabajar como mi fixer y me presentó con los delincuentes que dieron su testimonio en Los que se van al sobres, un documental que ha servido para explicar desde adentro el incremento en la incidencia delictiva y el mundo en el que viven los ladrones chilangos. Meses después me llevaría a Tepito, al 21 de Jesús Carranza, donde conoció a otros jóvenes con historias similares. Uno de ellos era Mawicho, entonces un narcomenudista y ladrón común que tuvo una evolución criminal que le permitió tener adiestramiento paramilitar en un rancho, y convertirse después en uno de los pistoleros del Cártel Jalisco Nueva Generación que mató al mafioso israelí Ben Sutchi en Plaza Artz en julio de 2019.

Todo lo aprendió de sus padres. Principalmente de su madre con quien se internaba al corazón de Tepito. De niño, Gato la esperaba afuera de una vecindad mientras ella entraba sola a comprar onzas de cocaína en ese infierno que hasta hoy existe impune en la capital. Después, regresaban en taxi a su casa en el Estado de México donde distribuían a drogadictos locales.

Esa fue la escuela que diez años después lo llevó a convertirse en uno de los principales distribuidores de crack y crystal meth en la ciudad de Las Vegas.

Un grupo de migrantes cruza el desierto de Arizona

Terminaba el año 2021, el más mortífero en Estados Unidos por la pandemia. El Gato intentaba cruzar ilegalmente a Estados Unidos por el desierto de Sonora y la deshidratación le estrangulaba la garganta con ese bulto de carne inflamada que lo asfixiaba. Nunca había sentido a la muerte tan cerca, ni cuando en Las Vegas unos bajadores (ladrones de narcotraficantes) le clavaron una pistola en la sien para robarle tres libras de metanfetaminas. Ahí creyó que lo matarían.

La agonía de los migrantes en el desierto es un horror que puede extenderse por días y El Gato ya llevaba casi dos sin beber agua. Había cruzado por Sonoyta, Sonora, y ahora estaba solo. Su grupo se había dividido. Varios migrantes se habían perdido entre descomunales cactáceas y los rezagados por el cansancio, al llegar la noche parecían ser tragados por ese manto estelar púrpura. Era como si la noche los engullía. Su compañero de viaje, Momia, un afamado entrenador de caballos de Polo, oriundo de Chalcatzingo, Morelos, abandonó el intento de llegar a los States porque llevaba los pies descarnados por la caminata y la diabetes, y no pudo más.

Desde la primera noche había atrasado al grupo y se tropezaba constantemente. El Gato lo alentaba, lo jalaba, lo empujaba, pero principalmente lo esperaba. “La Momia le había echado chingo de huevos”, recuerda, pero dos ampollas del tamaño de toda la planta de sus pies le impedían dar un paso más. Los tenis nuevos con los que intentó cruzar la frontera se habían vuelto lijas de grano fino.

La intensa carrera que Momia tuvo que sostener durante 10 minutos junto al Gato y dos chicos chiapanecos, tras toparse de frente con varias personas armadas, le había terminado de descarnar los tobillos. Horas antes el grupo había sido abandonado por sus guías, que huyeron despavoridos cuando se alcanzó a divisar una camioneta de la patrulla migratoria que serpenteaba en dirección suya. Todos corrieron a esconderse detrás de arbustos y cactáceas mientras miraban a los traficantes huir por donde venían. El Gato recuerda que poco antes de salir de Sonoyta, cuando todo el grupo se ponía ropa camuflada y revisaban las provisiones que dieron los coyotes, los vio guardar dos bolsas ziplock con pastillas azules y eso preocupó a más de uno.

“No sé qué droga era. Creí que nos forzarían a llevar algo en nuestras mochilas. Pero no dijeron nada. Eso me agüitó un chingo porque significaba que en el cruce nos iba a acompañar la maldad. Si aquello que llevaban era fentanilo y la migra los agarraba, esos coyotes se iban a chingar por lo menos 40 años de cárcel. Yo creo que por eso salieron corriendo”, dice.

El grupo logró evadir el paso de la patrulla migratoria pero quedó errando en medio del desierto. Esperaron más de tres horas y sus guías jamás regresaron. Decidieron reiniciar su marcha en dos columnas separadas, sin saber exactamente hacia dónde caminar. Su única certeza era que ya habían pasado cinco días. La localidad de Ajo, el siguiente punto de encuentro, no debía estar lejos.

Un comando gringo con cuernos y AR-15 en medio del desierto

Fue en medio del optimismo cuando los vieron de frente, petrificados. Un comando de ocho hombres vestidos de negro y sin distintivo alguno estaba parado sin moverse, aferrados a sus rifles. Con la mirada clavada en los aterrorizados migrantes que intentaron esconderse con torpeza sin dejar de caminar.

Ambas columnas tenían que pasar al lado de aquellos hombres en una especie de cañón flanqueado por saguaros gigantescos. “Me urgía pasarlos. Nunca había sentido una energía así. Todos traían cuernos y AR-15”, recuerda. “Me dio muchísimo miedo porque ya estábamos en Estados Unidos y esos no eran ni policías ni de la maña, al menos no la maña de México. Esos no estaban para secuestrarnos y pedir rescate a nuestras familias. Iban por algo más. Se veían muy iguales: altos, mamados. No como los morros que se meten de sicarios.”

El joyero sintió terror. Imaginó tragedias a la velocidad de la luz. Él y sus compañeros llevaban días escuchando historias que pasan en el desierto: matanzas de migrantes, robos, secuestros. Pero aquel comando de gigantes parecía no inmutarse por su presencia. Sólo los veían sin mover un dedo. Varios no soportaron la tensión y rompieron muertos de miedo. Huyeron en desorden por rumbos distintos. Gato tomó un camino seguido de Momia y los dos chiapanecos. No paró ni volteó hacia atrás. 

Sentía que los iban siguiendo. Trotó por varios minutos con la cabeza agachada hasta llegar a un pequeño claro rodeado de árboles. Ahí se detuvo a esperar a quien fuera que lo hubiese seguido. Casi pegado venía Momia, con la esperanza extinta junto con la piel de sus pies.

“Ya mis pies vienen bien enfermos”, dijo uno de los chiapanecos, en medio de lágrimas, mientras se quitaba la calceta que parecía haberse adherido a la piel amarillenta de una ampolla que le cubría el pie. Gato sugirió reventarla y seguir caminando pero ya ninguno de ellos podía dar un paso más.

Momia sacó unas manzanas de su mochila y Gato carne seca que compartieron entre todos. El alimento les dio energía pero no la suficiente para retar al desierto con las plantas de los pies desolladas. Así que Momia y los chiapanecos decidieron entregarse a la Patrulla Fronteriza porque físicamente habían hecho hasta el último esfuerzo. El Gato continuaría, se sentía capaz de caminar solo. No tenía idea de cómo lo haría pero no pensaba entregarse.

Pidió el medio galón de agua que le quedaba a uno de los chiapanecos, quien se lo dio a regañadientes. “¡La vas a pegar, mi Gato!” le dijo Momia con ánimo. “¡Mandas para las chelas cuando llegues, cabrón!”

Aquel día fue el último que vio a La Momia. El afamado entrenador de caballos murió de diabetes meses después, en Chalcatzingo, México.

Más de 4 mil cuerpos se han rescatado del desierto en Arizona

Ajo es una población de 2 mil 826 habitantes perteneciente al condado de Pima, Arizona. Para llegar, Gato debía hacer un recorrido de 65 kilómetros en medio del desierto de Sonora, a través de la reserva de la biósfera Organ Pipe Cactus. Según los traficantes, la travesía debía durar máximo cinco días. En Ajo, otra parte de la red los ocultaría en una casa de seguridad para de ahí enviarlos en camionetas turísticas a sus diferentes destinos en Estados Unidos. Era la primera semana de noviembre de 2021 y El Gato caminaba oculto por una de las zonas más vigiladas y peligrosas del desierto de Sonora, bajo la jurisdicción del Sector Tucson de la Patrulla Fronteriza.

Se enfrentaba a todo un despliegue tecnológico implementado por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza y la U.S. Border Patrol. La tecnología de las agencias combinaba sistemas fijos, móviles y aéreos diseñados para detectar movimiento humano en el desierto. Según información pública del Departamento de Seguridad Nacional en la zona había torres de veinte metros de altura con radar y cámaras de largo alcance capaces de detectar y rastrear personas y vehículos. Torres equipadas con sistemas de video vigilancia y sensores infrarrojos.


En todo el desierto también había sensores camuflados a ras de tierra, capaces de detectar vibraciones, movimiento y se activan con pasos o vehículos. En el cielo, helicópteros Black Hawk y drones. Si lo descubrían, su pasado narcotraficante había dejado una huella imborrable en el sistema penal y migratorio estadounidense. Sería identificado de inmediato y enviado directamente a la cárcel. El infierno de nuevo. La segregación. La violencia. Los castigos.

Continuar internándose en el desierto era una decisión de vida, libertad y muerte. No cualquier muerte. La deshidratación extrema causa que el sistema sudoríparo trabaje al máximo tras quedarse sin agua para poder enfriar el cuerpo. La sangre se vuelve espesa y su volumen cae provocando un bajón en la presión arterial. El cansancio nubla todo. Una tibia somnolencia acaba por reventar al cuerpo ante la incapacidad de regular su temperatura. El paladar, la garganta, la tráquea, se secan causando profundos dolores al intentar tragar saliva inexistente. Las enzimas dejan de funcionar y las células comienzan a morir. Los órganos finalmente colapsan. La agonía por la hipertermia y la deshidratación puede durar hasta tres días.

Según la Oficina del Médico Forense del Condado de Pima en Tucson, Arizona, del año 2000 hasta 2024 se han localizado 4 mil restos humanos de migrantes fallecidos en el desierto de Sonora. Médicos forenses han identificado a 2 mil 350 cuerpos mientras que otros mil 653 permanecen en calidad de desconocidos. Los cadáveres se encuentran en diversos estados de descomposición debido al calor extremo y la exposición prolongada. Muchos aguardan momificados.


El Gato
 andaba sin rumbo al borde de ese destino. Por más que intentó administrar rigurosamente aquel medio galón de agua que le dieron los chiapanecos, el esfuerzo físico y el calor extinguieron hasta la última gota la mañana siguiente. Se había internado erróneamente en la reservación india Tohono O’odham, con una extensión territorial de 11 mil 300 kilómetros cuadrados. El mismo tamaño de países como Gambia (11 mil 295) o Líbano (11 mil 452).

El chilango había caminado en dirección noreste, totalmente opuesto a Ajo. Cerca de las dos de la tarde del sexto día, el desierto de Sonora se volvió despiadado y comenzó a matarlo lentamente.

El pasado en Las Vegas y la venta de cocaína y crack

Al sexto día se desnudó por completo y se tiró en posición fetal. Las lágrimas le salían de lo más profundo y la somnolencia le colgaba de los párpados. Su mente viajó en medio de la náusea al valle de Las Vegas, poco después de los ataques del 11 de septiembre y evocó imágenes de sus hijos que habían quedado intactas. Se aferraba a ellas. Pero su mente también lo llevó a ese pequeño departamento donde vendía crack junto a Santiago Contreras, su amigo de la infancia con quien soñaba desde niño con migrar a Estados Unidos, y con un jarocho cincuentón, El Aguacate.

Los tres mexicanos pertenecían a un grupo de traficantes que vendían cocaína traída desde Colombia por La Familia Michoacana, entonces liderada por Jesús El Chango Méndez, quien, junto a Carlos Rosales y Nazario Moreno, habían expulsado de Michoacán a punta de metralla a Los Cuinis, el grupo criminal de los hermanos Valencia y Nemesio Oseguera –El Mencho–, todos ellos fundadores del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Al menos otros cuatro puntos de venta en tres fraccionamientos del este de Las Vegas surtían de crack en la cercanía a la Maryland Parkway y la Avenida Sahara. Un michoacano de Apatzingán apodado El Primo era el distribuidor principal y el contacto directo con los líderes de la mafia en Tierra Caliente.


Los jarochos traficantes, todos provenientes del municipio de Platón Sánchez, habían impuesto reglas estrictas que desde entonces se reforzaban a punta de tablazos. Vender a niños o adolescentes de cualquier raza, así como a mexicanos de cualquier sexo, era motivo de tablizas que podían dejar al castigado con las nalgas reventadas.

Sus clientes frecuentes eran gringos blancos y negros instalados en una juerga eterna en el bajo Las Vegas, como Jerry Dan, quien por alguna razón se le metió al Gato entre los recuerdos sórdidos y delirantes a mitad del desierto de Sonora. Tan cristalina como el agua que juraba ver al fondo de las cañadas.

Gato recuerda que si Jerry Dan fumaba crack un miércoles por la noche, no paraba de llenar su pipa de vidrio. No dormía, no comía, sólo fumaba y volvía a fumar los pequeños cuadros blancuzcos de cocaína en piedra que compraba dentro de aquel departamento, a cuatro cuadras del casino Sahara en Las Vegas, Nevada.

Era rubia ceniza, de senos turgentes y profundos ojos azules. Con una delgadez propia de sus 25 años. Jerry Dan salía a prostituirse envuelta en una bruma de Christian Dior y tacones de aguja, después de recuperar la compostura que le robaban las caladas rápidas que le daba a la pipeta de vidrio astillada y tiznada. Siempre regresaba con Gato y con los otros dos mexicanos para comprar más.


A veces llegaba a su departamento con clientes que le doblaban la edad y le triplicaban el peso, como un exlíder de la Unión de Taxistas del condado de Clark. Después se perdía en algún motel barato cerca de la calle Freemont, ahí en el viejo Las Vegas donde abundan los casinos de los pobres, con sus máquinas de un centavo, sus alfombras percudidas apestosas a tabaco rancio y a mugre de los años ochenta.

Cuando el cuerpo ya no daba para más y las voces se instalaban en su cabeza, Jerry Dan salía como podía de los hoteles. Si las piernas se lo permitían, podía llegar hasta su casa rodante estacionada cerca de la Boulder Highway, una avenida de doble sentido en cuyas aceras deambulan hasta hoy drogadictos en busca de latas o botellas de plástico, pero la mayoría de las veces Jerry Dan terminaba con los traficantes mexicanos quienes le permitían darse un baño, comer algo y dormir por otros tres días, a pesar de las quejas del viejo Aguacate que decía que ahí no era hotel.

Llegaba como la más fea de las muñecas, la más desgastada. “No olía mal, simplemente no olía”. Ni rastros del Poison de Dior con el que se perfumaba. Su carne gris era un masa que se movía por inercia cuando entraba al departamento, tacones en mano, apunto de caer dormida en donde fuera, rogando por un sillón en el cual olvidarse de los hombres que la lastimaban.


Sólo despertaba para ingerir porciones mínimas de comida rápida traída del Panda Express. Dormía en calzones turquesa que contrastaban con las sábanas blancas de la única cama de aquel departamento. Cuando despertaba por completo se bebía un té caliente. Por fin salía de la pesadilla de hacía unos días, pero otra más cruel le atacaba en su sobriedad y sólo aumentaba las voces que le consumían su días. Gato podía ver a Santiago Contreras con un toque de mota en la boca y videograbando a Jerry Dan saliendo de sus tinieblas.

La aparición de un charco de agua sucia en medio del desierto

Gato se aferraba a sus memorias para no morir. Despreciaba la idea de terminar sus días en la tierra como un cuerpo seco y pestilente. Eso destrozaría a su madre, a sus hermanas, además de que no soportaba sentirse incapaz de volver a ver a sus hijos. Como pudo se levantó y volvió a vestirse. Caminaría hasta donde el cuerpo le diera.

“Decía ya no la voy a armar, ni siquiera para regresarme. Ya había caminado seis días y no había rastro de nadie. Comencé a sentir un chingo de ansiedad y a faltarme aire. Me dio miedo porque el sol ya estaba bien perro y ya no tenía nada de agua. Mi boca estaba completamente seca. Busqué piedritas y me las eché a la boca para chuparlas y hacer un poco de saliva, pero nada. Llegó un punto donde alcé la cabeza, no es mamada, y hablé así con Dios y le dije así: Dios mío, no me dejes morir aquí en el desierto. Hazme el paro. No me dejes morir aquí. Te lo suplico. Sácame de aquí. Ayúdame por favor. Te lo ruego.”

Comenzó a subir una colina, siguiendo uno de los miles de senderos que desde el cielo parecen las venas del desierto de Sonora. La cabeza le dolía mientras que su mente seguía jugando con él. “En ese momento sí pensé que me iba a morir porque no había nada más que puro desierto y al fondo, bien pinche lejos, unos cerros.”

Pero algo grande no lo dejó. No habían pasado más de cinco minutos de haber rogado clemencia, en medio de la desesperación y la sed, cuando al bajar del otro lado de la colina alcanzó a ver un enorme charco de agua anegada.


No se abalanzó sobre ella. Más bien se aseguró que no fuera una alucinación. Cuando bajó la colina confirmó con estupor que aquel charco estaba bordeado casi en su totalidad por gruesas costras de estiércol, pero lo ignoró por completo, hundió su galón de plástico y se lo vertió en la cabeza, y se lo tomó sin parar.

“El agua sabía mucho a pasto pero me valió madre. Era agua. Le di gracias a Dios con todo mi ser por escucharme. Se notaba que animales y personas habían tomado agua ahí, porque habían muchas pisadas, muchas huellas.” Gato rellenó su galón, dio las gracias y siguió caminando en medio de un llano gigantesco.

Rogaba que Ajo estuviera detrás de los cerros que tenía enfrente. Pasó horas caminando prendido de su galón que terminó vacío sin haber llegado a ningún lado. No haber parado en horas a descansar había acelerado su deshidratación y otra vez sentía que la lengua le estorbaba para jalar aire.

La noche le cayó estando a la mitad de un cerro salpicado de mezquites, muy cerca de la sierra de Quijotoa, la cadena de montañas que Gato veía desde lejos. Quería continuar lo más que pudiera sin estar bajo el sol pero no veía nada. No había luz de luna que le alumbrara. Tropezó en varias ocasiones y se espinó. Cuando llegó al punto más alto, una cascada de mensajes entraron a su teléfono en un tintineo.


Antes de siquiera leerlos, abrió de inmediato la aplicación Google Maps, pero seguía sin tener señal. Después leyó los mensajes y se enteró que Momia ya se había entregado a la Patrulla Fronteriza y que le había llamado a su madre para decirle que él continuaba solo, por lo que la mayoría de los mensajes eran de ella. Por mensaje de voz le contó que estaba bien, que había encontrado agua pero ya se había acabado de nuevo. Su madre estaba tranquila a pesar de saber que su hijo probablemente la estaba pasando muy mal en medio del desierto. Pero sabía a quién había criado.

El Gato era la versión masculina de ella: un animal de trabajo, valiente para enfrentar la vida. Duro y astuto para los negocios, sin importar cuáles fueran. De ella aprendió todo: desde la higiene de cirujano en los alimentos que preparaba y vendía, hasta cocinar cocaína en piedra y moverse seguro en los intestinos de Tepito a mediados de los años noventa, cuando su madre tuvo que hacerse cargo del negocio que su padre mantenía antes de sucumbir él mismo a la adicción al crack.

Con la muerte siguiéndole de cerca por la deshidratación extrema y a más de una década del narcotráfico que marcó a su familia, su madre le daba ánimos para continuar. Le dijo que saldría para Phoenix en cuanto encontrara quien podía pasar por él. Ella no podía arriesgarse a bajar hasta allá. Su situación migratoria aún no estaba regularizada. Debía ser un ciudadano estadounidense, un gringo, que no tuviera nada qué perder. Le pidió que no se rindiera.

Pero ¿para dónde seguir? La aplicación de Google Maps no mostraba su ubicación gracias a la tecnología de la Patrulla Fronteriza para dificultar la travesía a los traficantes y coyotes del grupo criminal Los Salazar, afines al Cártel de Sinaloa, quienes dominan el tráfico de drogas y de personas en Sonoyta.

El gringo cholo de North Vegas que lo rescató

En aquel torrente de mensajes también estaban varios de Melina, una joven universitaria y pareja actual del Gato. Melina tiene 27 años y ojos dulces. Su voz no oculta emoción al recordar la noche en que comenzó a guiarlo:

“Esa noche no pude ni dormir. Me dijo que estaba perdido, que ya no seguiría caminando porque ya no veía nada y que el frío estaba muy cañón. Yo estaba bien preocupada porque ya habían pasado seis días sin saber de él. Me dijo que su aplicación de mapas no servía y entonces me pidió revisar si me llegaba su ubicación por WhatsApp. Así pude ver dónde estaba. Sentí horrible. Se había alejado muchísimo del lugar donde quería llegar [Ajo]. Iba totalmente del lado contrario.”

Lo que originalmente sería un cruce ilegal a Estados Unidos, con una distancia de 65 kilómetros, se había convertido en una proeza de supervivencia. La habilidad de Melina en Google Maps le permitió ver con certeza que la carretera 86 era la más cercana y que estaba a 20 kilómetros de su ubicación. Si continuaba caminando sin desviarse, llegaría en un día a la carretera donde alguien podría sacarlo del desierto.

Acordó con Melina comunicarse a la mañana siguiente y apagó el celular con un cuarto de batería. Cuando despertó, poco después de las nueve de la mañana, ella ya estaba lista para comenzar a guiarlo. Todo ese día no paró de caminar. Poco antes de las seis de la tarde llegó a los cerros que había visto desde lejos y comenzó a subir aprovechando la luz que aún le restaba al día, sin saber que ya caminaba en el distrito minero de la sierra de Quijotoa.

La noche le cayó husmeando en los alrededores de una mina. Su corazón se aceleró cuando desde lo alto del cerro vio unos pequeños faros redondos y brillantes de lo que parecía ser una camioneta que se movía por una carretera. Poco después pasó otro auto más pequeño. Por fin había llegado a la 86. El Gato calculó que el punto más cercano a donde podría ser rescatado estaba a no más de seis kilómetros.

Su madre ya había llegado a Phoenix con el gringo que lo sacaría del desierto. Ella quería hacerlo esa misma noche pero su hijo no veía absolutamente nada. Descender sin luz era peligroso. Ya se había caído varias veces y tenía las piernas espinadas. Le llamaría en unas horas. Tenía que apagar el celular rápido nuevamente. “¡Se me quitó hasta la sed cuando escuché a mi jefa!”, recuerda con alivio.

“Me despedí del desierto con un amanecer bien chingón. Le di las gracias por dejarme salir de él. Ahí dejé mi mochila con la cobija, una batería, un pants, 350 dólares y bendije a quien viniera detrás de mí. Luego le hablé a mi jefa para decirle que me mandara el contacto del vato que me recogería porque iba a empezar a bajar.”

El gringo estaba a dos horas de su ubicación. Con ayuda de Melina, Gato calculó que llegaría al pie de la carretera en 30 minutos, así que con calma tomó un par de fotos de la mina abandonada y volvió a apagar su teléfono. Sin duda estaba en una zona vigilada. En hora y media, observando desde lo alto, vio al menos dos camionetas de la Patrulla Fronteriza.

El gringo le dijo que llegaría en media hora. Poco antes se encontró con unos enormes y puntiagudos cuernos de antílope americano que levantó para llevárselos como trofeo. Se imaginó colgándolos de la pared en la sala como recuerdo de su odisea, pero unos ruidos cercanos lo hicieron irse arrodillando con calma hasta dejarlos donde los había encontrado, sin hacer ruido. Se tiró al suelo y fue retrocediendo pecho tierra hasta esconderse entre unos arbustos. Desde ahí vio a dos agentes de la Patrulla Fronteriza. Calculó que estaban a menos de 30 metros de él.

“Me metí en una brechita de pura tierra muy fina y me arrastré hasta dar con la carretera. La tenía ya a unos metros. Nada más era brincar un alambre de púas y vámonos. Pensé en quedarme ahí y esperar al carnal que llegaría, pero estaba muy expuesto y mejor regresé a la brecha y me volví a cubrir entre los arbustos.

 Desde ahí podía escuchar los coches que pasaban, pero no alcé la cabeza. Me quedé pecho tierra, sin moverme. No pasó ni un minuto cuando comencé a escuchar pisadas y ahí dije ya valió madre. Sentí que me agarraban. Si habían detectado mi celular, esperaban ver un manchón de gente pero sólo era yo”.

“Los migras iban al acecho, medio agachados y caminando rápido. Me moví hasta que ya no escuché pisadas ni nada de voces. Encendí de nuevo el celular y el bato ya iba a llegar. Ya lo veía cerquita y yo metido en la zanja, escondido. Entonces escuché un carro llegar, el sonido de sus llantas sobre la grava del acotamiento y me salí de la brecha en chinga. Me fui en cuclillas hasta donde vi al bato con el coche andando. Corrí hasta el alambre de púas, me lo brinqué en chinga y me metí al carro.”

Aquel rescate lo realizaba un cholo de North Las Vegas que no pasaba los 30 años. Estaba cubierto de tatuajes y mezclaba inglés con español.

“Le pedí disculpas por mi olor a ese carnal y le di las gracias. Llevaba ocho días sin bañarme y no quería hablarle de frente. Mi aliento sabía a miados, a atún, a tierra. El vato me dijo que no me fijara y me pasó agua, manzanas, nueces, una bolsita de frutos secos que me había mandado mi mamá. Primero tomé de un madrazo una Coca-Cola helada, luego medio galón de agua y dos Jarritos de piña. Lo había logrado.”

El control migratorio lo detiene en el desierto

En ocho días Gato caminó entre 80 y 100 kilómetros en condiciones extremas, con algo poderoso que no lo dejó morir. Dentro de un Toyota Corolla, comenzó a reconocer detalles: un carro limpísimo con un rosario colgado del espejo, la alfombrilla que cubría el tablero, algo común en los coches en Las Vegas para protegerlos del sol del desierto.

“Este es el coche de tu mamá”, le dijo el cholo. “Ella ya te está esperando en Phoenix, nada más que hay un pedo: Ahorita que venía, pasé por un retén de la migra. De los dos lados hay retenes. Lo más seguro es que te bajes y antes de llegar le des la vuelta de nuevo por el desierto.”

Aquellas palabras le cayeron como plomo. Quería lavarse los dientes, cerrar los ojos y despertar en Phoenix. La pesadilla había terminado y sólo quería pasar al In-N-Out por una hamburguesa y prepararse para ver a sus hijos. Sólo siete horas lo separaban de la familia que el narcotráfico rompió súbitamente una mañana de marzo de 2008, cuando agentes federales reventaron la puerta de una casa donde El Gato y sus socios vendían libras de crystal meth a informantes de los U.S. Marshalls.

Ahora estaba muy cerca de ser escuchado y de responder a sus hijos todas las preguntas acumuladas en más de una década. Bordear el retén migratorio de la carretera 85 al norte de Ajo era el último estirón.

“Vimos el mapa. Eran como 15 kilómetros. La neta me agüité un chingo, ya iba bien fundido, pero no había de otra. El problema era que al vato ya lo habían visto pasar de ida. La neta, a toda madre ese carnal, pero bien pinche placoso, con tatuajes en la cara y bien tumbado [ropa holgada, propio de la cultura chicana]. Verlo de regreso, ahora conmigo al lado, iba a ser muy sospechoso. Le dije que me aventaba el jale.”

Tomaron rumbo al norte flanqueados por la sierra de Quijotoa, en el centro de la Nación Tohono O’odham, en una carretera constantemente vigilada por la Patrulla Fronteriza. La única opción que le quedaba al Gato para evitar los 15 kilómetros de caminata era que alguien más lo pasara por el retén. El cholo había escuchado que indígenas tohono cobraban por cruzar migrantes por los retenes porque, dijo, a ellos “no los revisan ni les hacen preguntas.” Pero nadie quiso tomar los 500 dólares que les ofrecían. El joyero ya se preparaba mentalmente para otra larga caminata y comenzó a sentir la adrenalina en el cuerpo. El cholo se orillaría rapido antes de llegar al retén y Gato tendría que salir de un brinco y rodear el puesto migratorio a pie.

Llevaba los frutos secos y dos manzanas que mandó su mamá. Se sentía lo suficientemente recuperado como para enfrentar la última parte de su cruce. Volteó al asiento trasero para ponerse de nuevo su sudadera camuflada, cuando el cholo le dijo que atrás venía una camioneta con torreta. El corazón del Gato se hizo diminuto y lo sintió subir por su garganta cuando la camioneta encendió sus luces: les indicó con el dedo el retén cuya inmensa carpa blanca ya se alcanzaba a ver más adelante.

Gato le pidió al cholo que se orillara para que pudiera correr al desierto. “¡Bájame aquí, carnal! ¡Deja me bajo!”.

Quería meterse de nuevo al desierto y esconderse. Caminaría hasta Phoenix si fuera necesario, pero el cholo lo paró. Le dijo que si intentaba darse a la fuga a él lo metería en un serio problema por tráfico de personas. Además, el coche estaba a nombre de su madre. Sería una reacción en cadena. Entonces se desmoronó.

Afrontó su realidad con una profunda tristeza que le desencajó la mirada hasta que llegaron al retén. El policía que les había indicado parar revisó el Corolla con detalle. No tardó mucho en ver la sudadera en el asiento trasero, mientras otro guardia fronterizo revisaba la licencia del cholo. Luego puso su mirada en El Gato, sentado en el asiento del copiloto, y vio su pantalón camuflado, sus botas Timberland cubiertas de polvo; su semblante agotado, sus ojos resignados.

Al no traer identificación, el guardia fronterizo le abrió la puerta del coche y les pidió que lo acompañaran. Los dos quedaron en custodia de las autoridades migratorias, quienes los trasladaron a la estación de la Patrulla Fronteriza de Ajo. Ahí los pusieron en celdas separadas mientras revisaban sus datos biométricos. Una hora después el cholo fue puesto en libertad, pero el coche se quedaría en resguardo para buscar droga oculta. El agente migratorio se acercó al Gato y le dijo en español que él se quedaría. “Está usted metido en un serio problema”, enfatizó.

Dos horas más tarde, fue transferido a la cárcel migratoria de Florence, Arizona, donde una enfermera le sacó más de 30 espinas de sus muslos y pantorrillas. Ahí pasaría los siguientes 14 meses para luego ser deportado. Y volvería a intentarlo de nuevo. Es el destino del migrante.

ENLACE: El joyero, narco y migrante que habló con Dios en el desierto- Grupo Milenio

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