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Ceci Flores, la madre que escarba ahí donde el Estado no llega

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10 mayo, 2026
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Ceci Flores, la madre que escarba ahí donde el Estado no llega
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“Si las autoridades hicieran su trabajo, nosotras no tendríamos que hacerlo”, dice la fundadora de Madres Buscadoras de Sonora, que desde mayo de 2019 recorre el desierto tras la desaparición de sus hijos. Sin protocolos ni acompañamiento institucional, inició la búsqueda en Bahía de Kino guiándose por indicios mínimos y por la información que encontraba en el camino. Con el tiempo, esa decisión derivó en la creación del colectivo que hoy agrupa a miles de familias y ha participado en la localización de personas en distintas regiones del país.

Adel Navarro / El Sol de México

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Hermosillo.-Minutos antes de la medianoche del 10 de mayo de 2019, Ceci Patricia Flores Armenta recibió una llamada: “Le vamos a dar su regalo del Día de las Madres”.

Horas después, en el desierto cercano a Bahía de Kino, Sonora —una localidad costera del municipio de Hermosillo, en el noroeste de México— encontró a su hijo Jesús Adrián “más muerto que vivo”. El otro no regresó.

Seis días antes, hombres armados se habían llevado a dos de sus hijos. 

indeleble Ceci Flores

Esa desaparición marcaría el inicio de la búsqueda que, con el tiempo, daría origen a Madres Buscadoras de Sonora, un colectivo de familiares de personas desaparecidas que realizan investigación en campo ante la falta de resultados de las autoridades.

Siete años más tarde, en un predio cercano a esa comunidad, una camisa le daría una certeza. Cuando la vio entre la tierra removida, supo que los restos eran de su hijo Marco Antonio.

La historia de esa desaparición comenzó el 4 de mayo.

Esa noche, en la casa de Ceci Flores, todo parecía transcurrir con normalidad. 

Su hijo Marco Antonio llegó a cenar. Llevaba un pastel y vestía una camisa que su madre le había comprado días antes.

Mientras entraba, un audio se reproducía en su teléfono. “Ahorita te voy a matar”, alcanzó a escuchar Ceci. La frase la detuvo. Le preguntó quién lo amenazaba. Él intentó restarle importancia: le dijo que era un problema que resolvería en poco tiempo.

La cena fue breve. Hubo un abrazo largo antes de que Marco Antonio saliera de la casa. Jesús Adrián, su hermano, decidió acompañarlo.

Minutos después, el sonido de las ráfagas rompió la noche en Bahía de Kino.

Las llamadas no entraban. Nadie respondía. Cuando Ceci llegó al lugar, la zona ya estaba acordonada: patrullas, luces, gente alrededor. La escena le resultó conocida. Si había acordonamiento, pensó, había muertos.

En medio de la confusión, supo que se habían llevado a sus hijos. La esposa y la hija de Jesús Adrián habían resultado heridas. El departamento estaba destrozado por los disparos.

Sin esperar a las autoridades, decidió salir a buscarlos.

Al amanecer, con una pala en la mano, llegó a la carretera rumbo a Bahía de Kino. En un punto conocido como San Judas encontró una cubeta. Dentro estaban pertenencias de sus hijos.

No había camino marcado: se internó en el monte. Ahí empezó la búsqueda. 

A diferencia de lo que había hecho antes, esta vez no regresó a esperar. No volvió a quedarse en casa ni a confiar en que alguien más encontraría respuestas.

La escena de esa noche —los disparos, el departamento destrozado, las pertenencias abandonadas— no le dejaba espacio para otra opción.

Salió. Primero sin rumbo claro. Luego siguiendo señales mínimas: objetos, rastros, versiones que escuchaba en el camino. 

Una amiga la acompañó en esa y en posteriores exploraciones. Fue ella quien le aconsejó compartir su actividad en redes sociales. 

“La gente empezó a ver lo que estaba pasando, que yo tenía a mis hijos desaparecidos y que quería que me ayudaran a buscar para después yo ayudarles. En ese momento era yo nomás, Ceci Flores buscando a sus hijos”. 

En los primeros días, el trabajo fue rudimentario. Sin herramientas, sin acompañamiento institucional y sin protocolos, recorría el monte guiándose por indicios mínimos.

Caminaba largas distancias bajo el sol, se abría paso entre la vegetación y se detenía en puntos donde alguien le había dicho que “podía haber algo”.

No siempre encontraba respuestas.

Pronto, esa búsqueda dejó de ser una reacción inmediata y empezó a adquirir forma. Comenzó a identificar patrones: lugares de difícil acceso, caminos de terracería, zonas donde era más probable encontrar indicios.

Aprendió a observar el terreno, a reconocer señales, a no detenerse.

Para Ceci Flores, buscar implica dejar el miedo y salir del entorno cotidiano para recorrer el monte, aun sin garantías de encontrar algo.Si tienes un desaparecido, lo más seguro que tienes que hacer es salir a buscarlo túCeci Flores, madre buscadora

En su caso, esa decisión se volvió rutina. Aunque dice que le gusta estar en familia y convivir con sus nietos, señala que la mayor parte del tiempo la pasa en campo.

No se trata solo de buscar a los suyos.Las madres confían plenamente en mí y no las puedo defraudarCeci Flores

*****

Poco después, el trabajo dejó de ser un esfuerzo individual.

Otras personas comenzaron a acercarse. Familias que también tenían a alguien desaparecido y que, al conocer su caso, le pidieron ayuda para buscar en distintos puntos de Hermosillo y sus alrededores.

Al principio eran pocos. Se organizaban sin estructura formal, con la información disponible y los recursos que cada quien podía aportar.

Las salidas al monte empezaron a repetirse. Lo que había comenzado como un recorrido personal se convirtió, de manera gradual, en un trabajo colectivo.

El nombre surgió por sugerencia de una periodista a la que conocía en Sinaloa: Madres Buscadoras de Sonora.

En sus primeros años, el grupo operó sin registros sistemáticos ni acompañamiento institucional. Aun así, las jornadas continuaron y el número de personas que se sumaban fue en aumento.

De acuerdo con su fundadora, el colectivo —integrado hoy por más de tres mil personas— ha participado en la localización de más de cinco mil personas, tanto con vida como fallecidas. 

Para entonces, la búsqueda ya no era solo por sus hijos.

*****

Marco Antonio comenzó a relacionarse con habitantes de Punta Chueca mientras realizaba trabajos de mecánica. Con el tiempo, algunos pobladores acudían a Bahía de Kino para solicitar sus servicios.

“Ahí fue donde conoció a su pareja. Iba a Punta Chueca a trabajar y ahí la conoció”, dice Ceci Flores.

En un inicio no hubo conflictos entre su hijo y la comunidad. Sin embargo, señala que con el tiempo surgieron tensiones vinculadas a actividades ilícitas.

“Empezó a tener dinero, carros… y vinieron los celos, las envidias”. Sostiene que personas cercanas a su entorno pudieron estar involucradas en su desaparición, aunque esa versión no ha sido confirmada por autoridades.

Aun así, afirma que parte de la comunidad —en particular personas mayores— mantenía una relación cercana con su hijo y lo apreciaba.

Fue en ese mismo entorno donde, días después de la desaparición, en mayo de 2019, decidió ir a buscarlo.

Entonces, su nuera le dijo que sabía quiénes se los habían llevado. Con esa información, se trasladó a Punta Chueca, una comunidad de la etnia seri, también conocida como comcáac, ubicada a unos 30 kilómetros de Bahía de Kino, en una franja costera aislada donde las condiciones de acceso y la limitada presencia institucional configuran dinámicas propias. Ahí se encontraban algunas de las personas señaladas.

Ingresar a ese territorio implicaba exponerse en un entorno donde las reglas no eran las mismas que fuera de la comunidad.

Obligó a su nuera a acompañarla para ubicar los domicilios de quienes habrían participado en la desaparición. Llevaba consigo un machete, el mismo que utilizaba para abrirse paso entre la vegetación durante las pesquisas en el monte.Ya no sabía qué era lo que quería, no sabía si la quería asustar, si la quería sensibilizarCeci Flores

Durante ese recorrido, visitó varias casas y encaró a personas a las que identificaba como responsables.

En uno de esos encuentros, señaló a un hombre al que conocían como El Comander.  

El hombre negó haber participado en la desaparición y le mostró su teléfono celular para sostener su versión.

Al revisar los mensajes, escuchó audios con amenazas de muerte dirigidas a su hijo, similares a los que había oído la noche del 4 de mayo de 2019, cuando Marco Antonio entró a su casa.

“Era el que estaba amenazando a mi hijo”, recuerda. “Le dije muchas groserías”.

A partir de ese reconocimiento, le exigió que le dijera dónde estaban.Fui y me metí a la casa de la mafia, una mafia que desaparece, mata y entierra con tanta impunidad porque no tienen gobiernoCeci Flores

“Ellos son los que gobiernan, ellos son los que mandan”, afirmó.

El hombre pudo haberla agredido, pero no lo hizo. Al estar con él, algunos habitantes de Punta Chueca —en particular hombres mayores a quienes su hijo ayudaba— se acercaron para respaldarla.

Bajo esa presión obtuvo información que derivó en la liberación de Jesús Adrián durante las primeras horas del 10 de mayo de ese año.

Marco Antonio no regresó.

No era la primera vez que Ceci Flores enfrentaba la desaparición de un hijo.

Años antes, ya había atravesado un proceso similar.

Esa experiencia marcaría la forma en que, en 2019, decidió no esperar.

*****

En 2015, Alejandro, uno de sus hijos, migró a Estados Unidos en busca de trabajo. Tras ser deportado por Sonoyta, una ciudad fronteriza en el norte de Sonora, Ceci Flores viajó para localizarlo y ambos permanecieron ahí durante un tiempo, sin recursos suficientes para regresar de inmediato a Bahía de Kino.

En ese periodo, mientras trabajaba en una taquería, conoció a Jorge Duttie, un ciudadano estadounidense con quien inició una relación. Durante los años siguientes vivieron en distintas ciudades del norte del país, como Mexicali y Rosarito, siguiendo las condiciones laborales de él.

Fue una etapa que estuvo marcada por cierta estabilidad: trabajo, pareja y una vida en movimiento.

Esa vida se interrumpiría meses después.

En mayo de 2015, Alejandro, con 22 años, inició una relación con una joven menor de edad en Bahía de Kino. La situación generó conflictos con la familia de ella y con autoridades locales, lo que llevó a la pareja a trasladarse a Los Mochis, Sinaloa, en busca de mayor estabilidad.

Alejandro comenzó a trabajar en una planta de fertilizantes, empleo que le había conseguido su hermano Juan Manuel. Fue él quien insistió en que se quedara ahí, “para que se hiciera hombre”, una decisión que, según Ceci Flores, marcaría lo que ocurrió después.

Meses más tarde, en octubre, Ceci viajó a Los Mochis para visitarlo y se hospedó en la casa de su madre.

Una tarde, mientras estaban ahí, la radio transmitía una noticia: un colectivo de madres buscadoras había localizado restos humanos en la región.

“Mi mamá estaba escuchando eso y yo le dije que por qué oía cosas tan feas”.

En ese momento, Ceci Flores no lo asumió como algo cercano.

Con el tiempo, esa escena adquiriría otro significado para ella. Si yo me hubiera puesto a pensar un minuto… hubiera sido de apoyo para esas madresCeci Flores

Días después, se despidió de Alejandro en la central de autobuses. Cuando ella estaba por abordar, él regresó corriendo para abrazarla.

“Sentí algo raro”.

Fue la última vez que lo vio.

Al día siguiente, ya de regreso en Sonora, pasó varias horas sin señal telefónica mientras se encontraba en Punta Chueca, la comunidad de la etnia seri.

Cuando recuperó la comunicación, recibió la noticia: un grupo armado se había llevado a su hijo junto con otras personas en las inmediaciones de su lugar de trabajo.

Volvió a Los Mochis y se instaló en casa de su madre. Durante semanas permaneció ahí, sin poder asimilar lo ocurrido.

Juan Manuel comenzó a buscar a su hermano. Fue él quien encontró la camioneta de la empresa abandonada en el lugar donde ocurrió el “levantón”, con las puertas abiertas y pertenencias aún en el interior.

Esa investigación también tuvo consecuencias. En una ocasión, hombres armados acudieron al lugar de trabajo de su esposa para advertirle que lo desaparecerían si no dejaba de buscar.

Durante ese periodo permaneció distanciada de él durante varios años.

“Le dije que prefería dejar de verlo que perderlo”.

En medio de ese proceso, buscó a Mirna Nereida Medina, quien encabezaba un colectivo de madres buscadoras en Sinaloa.

Fue la primera persona a la que acudió para pedir ayuda.

A partir de ahí comenzó a salir a buscar por su cuenta. Sin experiencia ni acompañamiento institucional, recorrió zonas cercanas, preguntó y siguió pistas.

En ese proceso, afirma, localizó restos humanos en distintos puntos y dio aviso a las autoridades o a colectivos para que se realizaran los procedimientos correspondientes.

Aun así, nunca encontró a Alejandro.

Durante casi cuatro años, la pesquisa continuó sin resultados.

En 2019, volvería a repetirse.

*****

Antes de convertirse en buscadora, Ceci Flores ya había asumido responsabilidades desde muy joven.

Nació en Los Mochis, Sinaloa, en 1973. Fue la mayor de cinco hermanos en una familia dedicada al trabajo del campo. Mientras sus padres salían desde la madrugada a las jornadas agrícolas, ella se encargaba de las tareas domésticas y del cuidado de sus hermanos.

“Me convertí en mamá y papá de mis hermanos. Mis papás trabajaban, se dedicaban a trabajar para sacarnos adelante; venimos de una familia de muy escasos recursos, muy pobres”.

Rosario, su padre, y Manuela, su madre, trabajaban en la cosecha; cortaban tomate, papa, chile o cualquier producto de temporada. La rutina comenzaba antes del amanecer y terminaba al caer la tarde.  

Años después, su padre compró una camioneta en la que recorría la localidad vendiendo verdura. Ceci lo acompañaba. 

Durante años, esa dinámica definió su vida: permanecer en casa, cuidar a los suyos y adaptarse a condiciones económicas limitadas.

Esa experiencia, según explica, marcó su carácter. La paciencia —dice— fue una constante desde entonces.

Años más tarde, tras separarse del padre de sus hijos, se trasladó a Bahía de Kino, una comunidad costera del municipio de Hermosillo. Tenía 22 años.

Se instaló en una vivienda cercana al mar, en condiciones precarias, en un terreno donde la marea llegaba a inundar el interior.

“Nadie duraba en este terreno porque estábamos sobre el agua, subía un poco la marea y no te quedaba nada bueno adentro; pero yo fui perseverando, siempre he sido una mujer muy paciente, tengo muchísima paciencia, creo que me excedo, soy demasiado paciente”. 

Permaneció.

Con el tiempo, convirtió ese espacio en su hogar.

Antes de las desapariciones, su vida transcurría entre el trabajo y el cuidado de sus hijos. Bahía de Kino le parecía un lugar tranquilo.

El mar fue lo que la hizo quedarse en Kino. Durante años, dice, nadie le había hablado de él; cuando lo conoció, se enamoró. 

“Yo decía que era lo más tranquilo que podía haber”.

Esa percepción cambiaría con la desaparición de sus hijos.

A partir de ese momento retomó también sus estudios. Había dejado la escuela en la primaria y, ya como adulta, cursó la secundaria y la preparatoria.

Posteriormente inició su formación en el área de criminalística, con la intención de adquirir herramientas que le permitieran entender y enfrentar mejor los procesos de búsqueda.

“Necesitaba tener más conocimiento porque las autoridades nos criminalizan, cuando llegamos a encontrar restos casi nos meten a la cárcel por manipularlos”.

Ceci Flores ha tomado clases incluso durante las jornadas en campo, combinando su formación académica con las labores del colectivo.

Hoy, esa preparación forma parte de su trabajo cotidiano en el rastreo de personas desaparecidas.

*****

Con el tiempo, esa investigación no solo se desarrolló en el monte. También la llevó a tocar puertas y exigir respuestas a las autoridades. 

Durante la administración de Claudia Pavlovich Arellano (2015-2021), Ceci Flores intentó acercarse en distintas ocasiones a las autoridades estatales sin obtener respuesta.

Acudió a Palacio de Gobierno en Hermosillo junto con otras madres buscadoras, donde realizaron plantones y permanecieron durante horas en espera de ser atendidas.

“Nunca nos abrieron”.

En ese mismo periodo, la titular de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora en esos años le advirtió sobre posibles consecuencias legales por realizar exhumaciones sin autorización.

Esa advertencia se dio en el contexto de los primeros recorridos que realizaban por su cuenta, ante la falta de intervención institucional.Si las autoridades hicieran su trabajo, nosotras no tendríamos que hacerloCeci Flores

La relación, sin embargo, no derivó en una investigación formal en su contra, y con el tiempo se mantuvo sin confrontaciones directas, aunque sin resultados en la localización de su hijo.

Con el cambio de administración estatal en 2021, bajo el gobierno de Alfonso Durazo Montaño, la relación institucional se modificó.

Integrantes del equipo del entonces candidato se acercaron al colectivo durante el proceso electoral, lo que derivó posteriormente en un canal de comunicación con las autoridades estatales.

Tras insistir durante meses, el colectivo obtuvo mayor acompañamiento en las jornadas de rastreo, así como apoyo logístico y visibilidad por parte del gobierno estatal.

Pero ha expresado críticas hacia el gobierno del expresidente Andrés Manuel López Obrador.

En algún momento se le indicó que los asuntos relacionados con desapariciones debían ser atendidos por las autoridades estatales.

Sobre la actual administración federal encabezada por Claudia Sheinbaum Pardo, dice que no ha tenido confrontaciones directas y que, tras el hallazgo de los restos de su hijo, ha habido comunicación con autoridades federales.

“No tengo por qué pelearme con nadie del gobierno”.

Más allá del acompañamiento institucional, la búsqueda también implica sostener una actividad cotidiana.

Ceci Flores combina las labores del colectivo con actividades comerciales que le permiten generar ingresos. Ese trabajo es necesario para cubrir gastos personales y continuar con su vida diaria.

Aunque el Gobierno del Estado de Sonora brinda apoyo al colectivo para sus trabajos —como traslados o acompañamiento—, ese respaldo no cubre todas las necesidades.

Mantenerse en campo, recorrer distintos puntos del estado y atender a otras familias implica costos que, en muchos casos, deben asumir ellas mismas.

El trabajo de campo, dice, no se detiene por falta de recursos.

*****

Siete años después de la noche del 4 de mayo de 2019, la búsqueda tuvo una respuesta. El 24 de marzo de 2026, durante una jornada en un predio cercano a Bahía de Kino, en la zona rural del municipio de Hermosillo, el colectivo recorría el terreno como en tantas otras ocasiones —revisando puntos y siguiendo indicios mínimos— cuando fueron localizados restos humanos.

Desde el primer momento, Ceci Flores pensó que podían ser de su hijo Marco Antonio, no por un rasgo físico —los restos estaban deteriorados—, sino por la ropa: entre la tierra removida reconoció una camisa, la misma que le había comprado a inicios de mayo de 2019 y que, desde entonces, había quedado asociada a la última vez que lo vio salir de su casa. “Cuando la vi supe que era él”.

Tras el hallazgo, los restos fueron asegurados y trasladados para su análisis por la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora, que días después —el 31 de marzo de 2026— confirmó mediante pruebas periciales que correspondían a Marco Antonio. Sin embargo, Ceci ya había construido una certeza desde el terreno. “Era lo único que me podía decir que era mi hijo”.

Ese mismo día, los restos fueron entregados a su familia y trasladados a Bahía de Kino, donde se realizó el funeral bajo resguardo de elementos de seguridad. En un inicio, su intención era sepultarlo ahí, en la comunidad donde vivía, pero una llamada la hizo reconsiderarlo: le recordaron que ella misma había prometido que, si le regresaban a su hijo, se lo llevaría del lugar.

Decidió trasladarlo a Hermosillo. Ha explicado que la presencia permanente de patrullas —derivada de las medidas de protección con las que cuenta— podía generar tensiones en la comunidad y afectar la vida cotidiana del lugar.

La seguridad, dice, forma parte de su vida: cuenta con acompañamiento de corporaciones estatales y federales tanto en actividades públicas como en algunas jornadas de rastreo, aunque las amenazas no han cesado.

Semanas después del hallazgo, regresó al mismo punto donde fueron localizados los restos. La aparición de nuevos indicios la llevó a retomar los trabajos en ese sitio, aun después de haber identificado a su hijo.

El descubrimiento cerró una parte de la búsqueda, pero no el proceso. Durante años, las jornadas en el monte estuvieron marcadas por la incertidumbre: hallazgos que correspondían a otras familias, pistas que no llevaban a ningún resultado, regresos sin respuestas. Esta vez, el resultado fue distinto, pero la lógica de la búsqueda permanece.

“Ya tenemos la paz en casa, pero seguimos la lucha”, dice. 

Enlace: https://oem.com.mx/elsoldemexico/mexico/ceci-flores-la-madre-que-escarba-ahi-donde-el-estado-no-llega-29825920

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