En algún momento había que responderle a Donald Trump, es cierto. Se trataba de una cuestión de dignidad. Sus amenazas implícitas y explícitas y sus constantes pullas e infundios sobre México y su gobierno no podían ser ignorados. La presidenta Claudia Sheinbaum corría el riesgo de que las ganas de llevar la fiesta en paz fueran tomadas como una aceptación pasiva a cualquier tipo de abuso. Particularmente cuando Trump busca una justificación para intervenir en suelo mexicano, frente a la supuesta inacción o complicidad del gobierno respecto a los cárteles de la droga.
Se hacía necesaria, pues, una respuesta. Pero no da lo mismo cualquier tipo de respuesta. Lo más fácil y natural es envolverse en la indignación, invocar el orgullo patrio y enzarzarse en un intercambio de reclamos. Me parece que sería la estrategia equivocada, porque ello podría desencadenar una dañina escalada de agresiones a los intereses de muchos mexicanos. No voy a insistir en la larga lista de opciones que tiene Washington para lesionar de manera puntual la economía de regiones y sectores sociales por vía legal, comercial, turística, fronteriza o financiera. Desde luego, esto no significa que tengamos que aceptar de manera pasiva humillaciones y ataques. El tema es cómo responder para minimizar ese desenlace.
Sabemos que toda interacción que pueda tener Sheinbaum con Trump no está sujeta a una lógica racional, o al menos no a una racionalidad convencional. Él podría seguir expresando elogios sobre la Presidenta y simultáneamente agredir a nuestro país alegando que en el fondo es una forma de ayudarla a hacer lo “que ella no puede”. La única racionalidad que entiende Trump, particularmente en este momento en que sus niveles de aprobación están cayendo y podrían afectar las elecciones de noviembre, reside en aquello que puede mejorar su imagen.
El neoyorquino está convencido de que un manotazo sobre los narcos mexicanos que envenenan a la juventud estadunidense le redituará beneficios políticos importantes. Al presidente le tiene sin cuidado que el gobierno mexicano argumente una mejoría sustancial en el combate al narco. Eso lo sabe Trump; la decisión que vaya a tomar no depende de los datos, sino de lo que él crea que le conviene. Lo que tendríamos que hacer es que no le convenga. Esa debería ser la parte medular de cualquier estrategia del gobierno mexicano.
Y aquí caben dos líneas de trabajo. La primera, residiría en una ambiciosa operación de cabildeo mediático y político para mostrar al público estadunidense y a sus élites que la estrategia de seguridad pública mexicana está funcionando después de varias décadas de no hacerlo. Y a ese respecto las estadísticas son contundentes, tanto en lo que respecta a incautaciones, a aprehensiones y, sobre todo, a disminución de víctimas de sobredosis en Estados Unidos (alrededor de un 30% desde que Sheinbaum llegó al poder). No sólo está funcionando, en parte se está consiguiendo gracias a la colaboración entre los dos países.
La segunda tarea es más delicada. Sensibilizar al entorno de la Casa Blanca de que una intervención directa afectaría el funcionamiento de la colaboración que, justamente, se había reanudado con el gobierno de Sheinbaum. El Pentágono, las agencias de seguridad, la DEA, el Departamento de Estado, deben tener claro que la Presidenta estaría obligada a responder drásticamente frente a una agresión directa. Y eso pasaría por la suspensión de la colaboración en materia de seguridad.
La clave es que la respuesta mexicana frente a una violación del territorio esté a la altura de la indignación y que al mismo tiempo se restrinja a temas de seguridad. Una protesta firme y decidida, pero que sea capaz de aislarse del resto de la agenda entre los dos países, particularmente en materia comercial, turística, financiera y fronteriza. Cualquier disputa en esos terrenos perjudica sensiblemente a México.
Tendríamos que estar conscientes de que Trump no es Estados Unidos, por más que ahora sea el comandante supremo de sus fuerzas armadas. Una intervención de la Casa Blanca en México forma parte de la agenda doméstica, de los juegos electorales y de poder de la política estadunidense. Se entiende que, en caso de una intervención, la narrativa a la que México tendría que recurrir es a la de la soberanía y la denuncia en las cortes internacionales. Eso, habría que hacerlo, pero por desgracia a Trump lo tiene sin cuidado como bien lo demuestran los casos de Gaza, Irán o Venezuela. Lo único que restringe a Trump es la molestia del público estadunidense; es allí donde tendría México que buscar los asideros para elevarle la factura política a la Casa Blanca.
Ese es un frente para la Presidenta. El otro es interno: la respuesta que muchos esperan de su líder frente a una agresión flagrante de la soberanía. En ese sentido, ella se estaría jugando su propio liderazgo. Sheinbaum tendrá que encontrar un delicado equilibrio para expresar cabalmente el enojo provocado por una intervención abusiva y, al mismo tiempo, asegurarse de que esa respuesta no se salga de cauce y termine lesionando a los propios mexicanos. Un excesivo nacionalismo en la respuesta podría incrementar la popularidad de la mandataria, pero muchos mexicanos podrían pasarla mal como resultado de la reacción de Washington.
Habría que encontrar el tono adecuado. Hasta ahora la Presidenta había optado por no engancharse en las provocaciones de Trump respecto a México, los cárteles y su gobierno. Pero la semana pasada participó en un breve intercambio, de los que tanto gustan a Trump. Puede entenderse la necesidad de plantar cara. Habrá que hacerlo sin necesidad de rebajarse y ponerse a su nivel. La mejor manera de entenderse con un buleador irresponsable y de tanto poder, es asumiendo una actitud firme pero madura. Mostrar que al menos de parte de México hay un adulto en la mesa de negociación.






