La cultura no se mide por el número de edificios que se construyen, los listones que se cortan, ni las fotografías que se publican durante una inauguración, mucho menos por los festivales que se realizan. Se mide por el impacto para transformar vidas, despertar la sensibilidad, fortalecer la identidad y acercar a las personas al conocimiento, al arte y a sus propias raíces.
Esta es una de las grandes contradicciones de las políticas culturales: podemos tener edificios modernos, auditorios, museos y espacios destinados a las expresiones artísticas, pero si carecen de programas permanentes, formación de públicos y una conexión con los diversos niveles educativos y las comunidades, se corre el riesgo de construir infraestructura sin formar públicos para la cultura.
Durante años, las políticas públicas han privilegiado la obra material como símbolo de progreso. La cultura no ha escapado a esta lógica. Sin embargo, una inversión en infraestructura cultural no garantiza, por sí misma, el desarrollo artístico ni la formación de ciudadanos sensibles y participativos.
El problema comienza cuando se inauguran espacios sin asegurar su funcionamiento, cuando los programas no responden a las necesidades de la población y cuando las instituciones trabajan de manera aislada, sin coordinación efectiva entre las autoridades educativas y culturales.
Un recinto cultural vacío no cumple plenamente su propósito, una biblioteca sin lectores, un teatro sin espectadores o una casa de cultura sin talleres permanentes representan oportunidades desaprovechadas.
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto se invierte en cultura, sino qué resultados produce esa inversión en la vida cotidiana de las personas. Uno de los desafíos más importantes consiste en vincular de manera efectiva el sistema educativo con las instituciones culturales.
La música, la danza, el teatro, las artes visuales y las expresiones tradicionales contribuyen al desarrollo de la creatividad, la sensibilidad, la disciplina, la imaginación y la convivencia. También permiten que niñas, niños y jóvenes reconozcan su historia, valoren su patrimonio y encuentren nuevas formas de comprender el mundo.
Por ello, resulta indispensable establecer acuerdos permanentes entre escuelas, municipios, instituciones culturales y organizaciones comunitarias. Esta coordinación permitiría aprovechar mejor los espacios existentes, ampliar el acceso a los talleres artísticos y acercar las manifestaciones culturales a quienes históricamente han tenido menos oportunidades de participar.
Mientras la educación artística no ocupe un lugar sustantivo en la formación escolar, seguiremos reproduciendo un modelo que concede mayor importancia a los resultados materiales y técnicos que al desarrollo humano. Otro riesgo aparece cuando la actividad cultural se reduce al ceremonialismo político. Las inauguraciones, los festivales y las presentaciones públicas pueden ser importantes, pero pierden sentido cuando se convierten en el objetivo principal de la gestión.
En el ámbito municipal existe una responsabilidad fundamental: reconocer que la gestión cultural exige preparación, conocimiento del territorio y capacidad para trabajar con distintos sectores sociales. Dirigir una institución cultural no debería ser un nombramiento basado exclusivamente en afinidades políticas. Se necesitan personas con competencias académicas y profesionales para diseñar proyectos, administrar recursos, evaluar resultados, establecer alianzas y promover la participación comunitaria.
Los municipios necesitan programas que vayan más allá de los festivales de temporada; que impulsen talleres permanentes, formación artística, investigación del patrimonio, actividades para las infancias y juventudes, y mecanismos para que los creadores locales encuentren espacios de expresión.
La cultura debe formar parte de la planeación pública, no permanecer como un asunto secundario sujeto a la voluntad del funcionario en turno. México y Sonora cuentan con una riqueza cultural que exige mucho más que celebraciones ocasionales. Sus comunidades, pueblos originarios, artistas, artesanos, músicos, danzantes y promotores culturales constituyen una fuerza social capaz de contribuir al desarrollo de sus territorios.
El desafío para los próximos gobiernos municipales es pasar de la cultura de escaparate a una política cultural con resultados sociales. Esto exige profesionales capaces, presupuestos bien orientados, coordinación institucional y programas que respondan a las realidades de cada comunidad. Porque, al final, el verdadero éxito de una política cultural no se encuentra en la monumentalidad de sus edificios ni en la espectacularidad de sus ceremonias, sino en las personas que logra formar, en las comunidades que fortalece y en el patrimonio que ayuda a mantener vivo.




