
Todavía no amanecía completamente sobre la Sierra Madre Occidental cuando comenzaron los disparos.
Era el 23 de septiembre de 1965.
En Ciudad Madera, Chihuahua, una pequeña población enclavada entre bosques y montañas, trece hombres se habían colocado alrededor de un cuartel del Ejército Mexicano.
Eran campesinos, maestros, estudiantes y militantes políticos. Algunos habían recorrido durante años los caminos de la organización agraria, las solicitudes de tierras, las manifestaciones y la militancia partidista.
Ahora llevaban rifles.
Frente a ellos había una guarnición militar que el Archivo General de la Nación cifra en aproximadamente 125 soldados.
La desproporción era enorme.
Los atacantes pertenecían al Grupo Popular Guerrillero, encabezado por el maestro Arturo Gámiz García y el médico y profesor Pablo Gómez Ramírez. Junto a ellos estaba Salomón Gaytán Aguirre, dirigente campesino que había encabezado actividades de la Unión General de Obreros y Campesinos de México —la UGOCM— en la región de Madera.
Aquella mañana, ocho de los trece guerrilleros morirían.
Pero para comprender por qué estaban allí es necesario retroceder varios años.
Porque la historia de Madera no comenzó con un fusil.
Comenzó con la tierra.
ANTES DE LAS ARMAS
Durante los años cincuenta y principios de los sesenta, extensas regiones de Chihuahua fueron escenario de conflictos entre campesinos que reclamaban tierras y grandes propietarios, empresas forestales y grupos de poder regional.
México vivía entonces los años del llamado “milagro mexicano”: crecimiento económico, industrialización y una imagen internacional de estabilidad política.
Pero esa prosperidad no se distribuía de manera uniforme.
En las zonas rurales persistían viejos conflictos agrarios.
En Chihuahua, campesinos organizados denunciaban concentración de tierras, problemas en el reparto agrario y abusos de caciques regionales.
El propio Archivo General de la Nación señala que quienes posteriormente integrarían el Grupo Popular Guerrillero habían realizado previamente esfuerzos para que sus demandas fueran atendidas por las autoridades.
Dentro de aquella movilización tuvo importancia la UGOCM.
Y aquí conviene hacer una precisión histórica.
El grupo que atacó Madera no puede describirse simplemente como un comando armado de la UGOCM.
Su origen fue más complejo.
De aquel mundo de luchas campesinas, organizaciones políticas, maestros y estudiantes fue radicalizándose un sector que llegó progresivamente a la conclusión de que los procedimientos legales no producirían las transformaciones que buscaba.
Arturo Gámiz fue una figura fundamental en ese proceso.
Maestro, organizador y activista político, participó en las luchas campesinas y terminó convertido en uno de los principales ideólogos del movimiento armado.
Los servicios de inteligencia del Estado mexicano seguían desde años antes las actividades de Gámiz y de integrantes de la UGOCM. El Archivo General de la Nación conserva documentación de aquella vigilancia.
Pero había otro escenario que influía poderosamente sobre aquellos jóvenes.
Estaba a más de dos mil kilómetros de Chihuahua.
Era Cuba.
LA SOMBRA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA
El triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 produjo un impacto extraordinario sobre una generación de jóvenes latinoamericanos.
Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y los combatientes de la Sierra Maestra parecían haber demostrado que un grupo relativamente pequeño podía iniciar una lucha guerrillera, sobrevivir en las montañas, obtener respaldo popular y terminar derrotando a un gobierno.
Para algunos sectores de la izquierda latinoamericana, Cuba dejó de ser solamente un acontecimiento histórico.
Se convirtió en un modelo.
Los dirigentes radicalizados de Chihuahua conocían aquella experiencia.
Documentos de inteligencia citados por el Archivo General de la Nación registraron que, durante los encuentros realizados en la sierra en 1963, Arturo Gámiz expresó posiciones cada vez más radicales ante la falta de solución de los conflictos campesinos y recurrió explícitamente al ejemplo cubano.
La transformación ideológica continuó.
En febrero de 1965, durante el llamado Segundo Encuentro de la Sierra, el sector encabezado por Gámiz formuló una interpretación mucho más amplia de la realidad mexicana.
El problema ya no era solamente Chihuahua.
Ni solamente la tierra.
Para aquellos militantes, el capitalismo, el imperialismo y la estructura política mexicana formaban parte de un mismo problema.
La lucha agraria comenzaba a convertirse en revolución socialista.
TRECE HOMBRES
El Grupo Popular Guerrillero realizó distintas acciones antes de septiembre de 1965, entre ellas operaciones para obtener armas y sabotajes dirigidos contra intereses de caciques regionales.
Finalmente surgió una idea extraordinariamente ambiciosa:
tomar el cuartel militar de Ciudad Madera.
La referencia histórica era evidente.
Doce años antes, el 26 de julio de 1953, Fidel Castro había encabezado en Cuba el ataque al Cuartel Moncada.
Militarmente, Moncada también había sido una derrota.
Políticamente, terminó convirtiéndose en el acontecimiento fundacional del movimiento revolucionario encabezado por Castro.
Los guerrilleros de Chihuahua conocían aquella historia. Fuentes oficiales mexicanas reconocen tanto la influencia del Moncada como la de los planteamientos guerrilleros del Che Guevara sobre la concepción de la operación de Madera.
El plan original contemplaba una fuerza insurgente mayor.
Pero varios de los hombres que debían incorporarse no lograron llegar.
Las lluvias, las dificultades de comunicación y otros contratiempos impidieron reunir el contingente previsto.
Cuando llegó el momento decisivo quedaron trece.
Podían retirarse.
Decidieron atacar.
23 DE SEPTIEMBRE
En las primeras horas de aquella mañana, los guerrilleros ocuparon posiciones alrededor de las instalaciones militares.
Creían que la sorpresa podría compensar su inferioridad.
No ocurrió.
Las fuentes oficiales señalan que en el cuartel se encontraban aproximadamente 125 militares.
Los guerrilleros abrieron fuego.
Durante el enfrentamiento llegaron a gritar a los soldados que se rindieran, intentando producir la impresión de que el cuartel se encontraba completamente rodeado.
Pero la guarnición respondió.
La diferencia de hombres y armamento hizo imposible sostener el combate.
Cuando cesaron los disparos, ocho guerrilleros habían muerto:
Arturo Gámiz García.
Pablo Gómez Ramírez.
Salomón Gaytán Aguirre.
Miguel Quiñones Pedroza.
Rafael Martínez Valdivia.
Óscar Sandoval Salinas.
Emilio Gámiz García.
Antonio Scobell Gaytán.
Cinco consiguieron sobrevivir. La cifra de trece participantes y ocho insurgentes muertos aparece reiteradamente en fuentes institucionales e investigaciones históricas.
Respecto de las bajas militares existen diferencias entre las reconstrucciones.
El Archivo General de la Nación y publicaciones del INEHRM consignan seis soldados muertos. Otras investigaciones han presentado cifras distintas.
La discrepancia merece señalarse porque la historia rigurosa no debe borrar las incertidumbres documentales para construir una narración más sencilla.
UNA DERROTA QUE NO TERMINÓ EN MADERA
Desde el punto de vista estrictamente militar, el resultado fue inequívoco.
Los guerrilleros no tomaron el cuartel.
No consiguieron las armas.
No provocaron el levantamiento popular que esperaban.
Y la mayor parte del núcleo atacante murió.
Sin embargo, algo ocurrió después.
La fecha comenzó a transformarse en símbolo.
Para sectores de la izquierda radical mexicana, aquellos hombres representaron la decisión de abandonar definitivamente los procedimientos institucionales y recurrir a la insurrección armada.
Tres años después llegó 1968.
Después vendrían nuevas organizaciones clandestinas y guerrilleras, rurales y urbanas.
Y casi ocho años después de Madera, el 15 de marzo de 1973, distintas agrupaciones revolucionarias confluyeron en una organización cuyo nombre convertiría aquella madrugada chihuahuense en emblema nacional:
Liga Comunista 23 de Septiembre.
Su principal publicación clandestina llevaría otro nombre cargado de significado:
Madera.
La relación era deliberada. El Archivo General de la Nación documenta que tanto la fecha incorporada al nombre de la Liga como el título de su periódico remitían al ataque de 1965.
MÁS ALLÁ DEL MITO
Con el paso de las décadas, Madera quedó atrapado entre interpretaciones políticas contrapuestas.
Durante años, las versiones oficiales tendieron a presentar el episodio fundamentalmente como una acción criminal.
En el extremo contrario, algunas memorias militantes convirtieron a los participantes en figuras casi legendarias.
El trabajo del historiador exige atravesar ambas imágenes.
Los hombres que atacaron el cuartel eligieron conscientemente la violencia armada como instrumento político.
Pero esa decisión tampoco apareció de la nada.
Detrás había años de conflictos agrarios, organización campesina, militancia política, escuelas normales rurales, enfrentamientos con poderes regionales, vigilancia gubernamental, detenciones y una progresiva radicalización ideológica.
Las investigaciones sobre las normales rurales muestran, además, la relación existente entre estudiantes, maestros y movimientos campesinos en la formación de aquel universo político.
Por eso Madera no puede explicarse solamente comenzando el relato a las cinco o seis de la mañana del 23 de septiembre.
Para comprender los disparos hay que comprender primero los años sin disparos.
Las reuniones.
Las peticiones.
Las invasiones de tierras.
Los expedientes agrarios.
Los mítines.
Las discusiones ideológicas.
Las cárceles.
Las persecuciones.
Y finalmente la convicción, acertada o equivocada, que aquellos hombres llegaron a compartir:
que las vías legales se habían agotado.
EL ECO DE LOS DISPAROS
Han transcurrido más de sesenta años.
La población de Madera continúa allí, entre los bosques de Chihuahua.
El cuartel atacado aquella madrugada pertenece ya a otro tiempo.
También desapareció el México de Gustavo Díaz Ordaz, de la Guerra Fría y del enorme impacto continental producido por la Revolución cubana.
Pero la pregunta histórica permanece.
¿Cómo llegaron trece mexicanos a convencerse de que podían transformar su país atacando un cuartel militar?
Responderla obliga a abandonar explicaciones cómodas.
No basta llamarlos delincuentes.
Tampoco basta llamarlos héroes.
Hay que reconstruir el mundo que los produjo.
Un México que crecía económicamente mientras mantenía profundas desigualdades regionales.
Un sistema político que ofrecía estabilidad pero restringía severamente la competencia y la disidencia.
Una sierra donde la propiedad de la tierra podía determinar la vida de familias enteras.
Una generación latinoamericana fascinada por la posibilidad de la revolución.
Y un pequeño grupo que decidió llevar aquella idea hasta sus últimas consecuencias.
El 23 de septiembre de 1965, ocho de ellos quedaron muertos en Madera.
El combate había terminado.
Pero su fecha sobrevivió.
Ocho años después apareció en el nombre de una organización guerrillera.
Después entró en libros, archivos, investigaciones académicas, novelas, testimonios y debates sobre la llamada Guerra Sucia.
Y terminó ocupando un lugar permanente —discutido, doloroso y todavía sujeto a investigación— en la historia política del México contemporáneo.
Porque aquella madrugada no fue solamente la historia de trece hombres frente a un cuartel.
Fue el momento en que una lucha nacida, en buena medida, alrededor de la tierra, atravesó la frontera que separa la protesta política de la insurrección armada.
Y cuando amaneció sobre la Sierra de Chihuahua aquel 23 de septiembre de 1965, México acababa de entrar en uno de los capítulos más complejos y violentos de su historia contemporánea.



