Solo España frena la deslumbrante Copa del Mundo de Estados Unidos de la estrella argentina, autor de ocho goles
Lorenzo Calonge
El todavía seleccionador argentino, Lionel Scaloni, confesó durante el Mundial de este verano en Estados Unidos que a veces, en conversaciones con el resto del cuerpo técnico, hablaban entre ellos del Leo Messi joven que jugó en el Barcelona, de lo que debía ser aquello. “No me quiero ni imaginar cuando tenía 23 o 24 años, con Pep Guardiola”, exclamó el entrenador en medio de un torneo que disparó el asombro de todo el planeta por la vigencia del crac albiceleste, que acababa de cumplir los 39 años y goleaba como un chaval.
A Scaloni le costaba hablar de su estrella cada vez que le pedían que explicara la exhibición diaria de La Pulga. Llegó a decir que se sentía hasta “incómodo” porque no sabía qué más decir de él. El curioso batallón de periodistas patrios que seguía a la selección le reclamaba algún secreto escondido y el hombre se encogía de hombros. “Ni se me ocurre ir a decirle a Messi lo que tiene que hacer. Que haga lo que quiera. Nosotros nos movemos en función de él”, admitió avanzado el campeonato, después de su actuación decisiva contra Egipto en los octavos de final.
Después de muchos meses de incertidumbre por no saber si Leo se alistaría a su sexta Copa del Mundo —nunca se pronunció de manera definitiva hasta que aceptó la convocatoria—, nadie imaginó un despliegue como el suyo en los campos americanos. Triplete a Argelia para empezar, doblete a Austria, diana a Jordania saliendo desde el banquillo, a Cabo Verde y otra a Egipto (enlazó desde Qatar 2022 nueve partidos seguidos anotando). Y, cuando dejó de hacerlo, se volcó a una banda y empezó a asistir a sus compañeros en las remontadas a lágrima viva ante Los Faraones, Suiza (cuartos) e Inglaterra (semifinales), bajo el manto de una masa enloquecida de hinchas que este lunes recibió la noticia del adiós a la selección de Messi.

Una secuencia casi perfecta sobre el campo, solo alterada en el inicio por los rumores sobre la salud de su padre (fallecido hace tres semanas), que obligaron a la familia a salir al paso para “expresar el profundo malestar por la falta de sensibilidad, respeto y escrúpulos con los que algunas personas” estaban tratando “una situación estrictamente familiar privada y familiar”. Aquello, sin embargo, tampoco alteró su dominio en el terreno de juego. Con el balón, solo lo doblegó la sinfonía de pases de España, un chasco final que lo llevó a tropezar en el mismo punto que Diego Armando Maradona en Italia 90. Ninguno de los dos pudo enlazar dos Mundiales seguidos.
En todo caso, sus números en Estados Unidos, esta vez sí, dieron fe de una actuación deslumbrante, pese al bajonazo albiceleste en la última estación de New Jersey: ocho tantos y cuatro asistencias, y con dos penaltis fallados. Participó en 12 de las 19 dianas de su equipo. Con las cinco primeras (a Argelia y Austria) se convirtió por unas semanas en el máximo anotador de los Mundiales (21), por delante del alemán Miroslav Klose (16). Hasta que se vio superado por el canibalismo de Kylian Mbappé (22), autor de un doblete a Inglaterra en la función prescindible del duelo por el tercer puesto. Su arranque demoledor tuvo también el valor de poner en fila india a todas las estrellas. Messi goleaba a los 39 y el resto de jóvenes tuvo que apretar para seguir el paso del viejo Leo. El Mundial había empezado enfrascado en otros asuntos menos agradables a cuenta de la agenda política de Donald Trump y Gianni Infantino, pero él logró devolver la mirada del mundo al césped.
Nadie goleaba como él, nadie impactaba en su equipo como él y nadie paseaba en el campo como él. Su imagen caminando en muchos tramos de los partidos y, de repente, acelerando para decidir se convirtió en una de las secuencias más fascinantes del verano americano, y una de las grandes evidencias de su inteligencia técnica y táctica para dosificar el motor sin perder (ni mucho menos) influencia en el juego. Investido en líder de una hermandad de jugadores que lo idolatraban, todos corrían para él en Argentina mientras él impulsaba a su selección. La lógica indicaba que los Julián Alvarez, Enzo Fernández, Alexis MacAllister, Dibu Martínez y Cuti Romero lo deberían llevar en volandas y bajo palio de ronda en ronda, pero hasta que varios de ellos no despertaron a partir de los cuartos, ocurrió justo al revés. Era Messi quien mantenía en pie a un equipo cuyo juego apenas despegó, sostenido por su capacidad de resistencia y agarrado a una emoción en carne viva.
“Sus compañeros lo ven como un Dios y un pibe de barrio. Cuando tienen que hablar con él, hablan. Me puedo tirar una hora intentando explicarlo, pero hay que estar dentro para entender la locura que genera estar a su lado”, trató de explicar Scaloni tras su primera exhibición, contra Argelia. El primer capítulo de una última función única con Argentina.









