En la política mexicana, la nostalgia suele ser un cheque en blanco que las dirigencias partidistas intentan cobrar cuando se quedan sin ideas. La más reciente ocurrencia en el tablero electoral —atribuida al estratega de Movimiento Ciudadano, Dante Delgado— plantea enviar a Luis Donaldo Colosio Riojas a competir por la gubernatura de Sonora. La premisa es tan simple como seductora: apelar al peso histórico y al cariño que la entidad guarda por la memoria de su padre, Luis Donaldo Colosio Murrieta. Sin embargo, como atinadamente ha señalado el periodista Federico Arreola, una cosa es la legalidad del papel y otra muy distinta la ética y la realidad política sobre el terreno.
Es verdad que la ley le da el pase a Colosio Riojas por haber nacido en suelo sonorense. Pero la política viva no se hace con actas de nacimiento; se hace con presencia, trabajo y arraigo. Luis Donaldo ha construido toda su vida pública, profesional y electoral en Nuevo León. Dejar a medias la senaduría que los regiomontanos le confiaron para dar un “brinco” relámpago a Sonora no solo raya en el oportunismo, sino que representa un profundo desprecio hacia ambos electorados. ¿Con qué cara se le pide el voto a un ciudadano sonorense cuando ni siquiera se ha caminado el estado ni se padecen sus problemas diarios?
El problema no es solo ético; es de pura matemática política. Un movimiento de esta naturaleza en Sonora no haría más que fragmentar a la oposición, pavimentándole el camino al grupo en el poder. Si Dante Delgado pretende tejer alianzas bajo la mesa —como esa supuesta permuta a futuro con Antonio “El Toño” Astiazarán para repartirse las candidaturas entre 2027 y 2030—, se equivoca de época. Los electores ya no responden dócilmente a los pactos de cúpula. El PAN tiene en Hermosillo un perfil posicionado, y Morena mantiene una estructura sólida en el estado; meter un “tercero en discordia” cuya única credencial local es el apellido paterno suena más a una maniobra desesperada por mantener el registro y las prerrogativas de MC que a un proyecto serio de gobierno.
Sonora enfrenta retos complejos que requieren un liderazgo profundamente conectado con sus dinámicas sociales, no una figura cupular importada desde Monterrey por conveniencia partidista. Colosio Riojas es un político joven con futuro, pero arriesga su propio capital político al dejarse utilizar como fichón de ajedrez por parte de dirigentes acostumbrados al cálculo frío.
Arreola lo sintetiza con lucidez: ganar Sonora es una aduana muy difícil frente a la fuerza del oficialismo y la presencia de liderazgos locales consolidados. Ojalá el joven senador entienda a tiempo que en política la ambición desmedida y el desarraigo suelen pagarse caro. Usar la nostalgia como plataforma electoral tiene un límite, y Sonora merece algo más que un experimento de turismo político.






