El hombre de 42 años abrió la puerta y saltó mientras acompañaba a una joven en un vuelo de instrucción, en la provincia argentina de Córdoba
Delfina Torres
“Vos sabés lo que tenés que hacer, seguí para adelante”. Esas fueron las últimas palabras que el instructor de vuelo Leandro Bertazzo le dirigió a su alumna Rosario, de 22 años. Luego se quitó los auriculares, el cinturón de seguridad, dejó a un lado el celular, abrió la puerta de la aeronave y se arrojó desde una altura de 250 metros al vacío. La practicante logró dar aviso de lo sucedido y aterrizar. Veinte minutos más tarde hallaron el cuerpo de Bertazzo sin vida en una zona rural al sur de la localidad argentina de Toledo, en la provincia de Córdoba.
El episodio ocurrió el sábado pasado en el aeródromo de Coronel Olmedo, aproximadamente a 700 kilómetros de Buenos Aires. De acuerdo con las personas que trabajaban con Bertazzo, nada hacía sospechar el desenlace de la jornada, que se inició como cualquier otro día. La investigación quedó a cargo de la justicia federal de Córdoba, que buscará determinar las circunstancias del hecho y avanzar con los peritajes.
La alumna ya poseía licencia de piloto privado, pero aún le faltaban horas de vuelo para completar su adiestramiento. Desde el aire, reportó a Eduardo Álvarez, dueño de la escuela de vuelo Flying Parrot, lo que había sucedido a bordo del Cessna 150 biplaza.
“Ese día, habíamos visto a Leandro como cualquier otro. Llegó con alegría, a los besos como siempre. Solo llamó la atención que, en lugar de venir con su auto como siempre, le había pedido a un alumno que lo fuera a buscar a la casa donde vivía con sus padres en un barrio de la ciudad de Córdoba. Vinieron conversando de lo más bien”, contó Álvarez al periódico La Nación.
Fue Álvarez quien, una vez que la alumna había aterrizado, volvió a despegar para trazar las coordenadas del lugar de la caída y dar aviso a las autoridades, que enviaron efectivos de la Patrulla Rural Centro y un servicio de emergencias.
Según detalló el dueño de la academia, Bertazzo tenía sus exámenes psicofísicos en orden y estaba de buen ánimo porque se estaba postulando para cubrir un puesto en una línea aérea importante, un objetivo profesional que siempre había perseguido. Poco antes de volar con su alumna Rosario, el instructor ya había hecho otra salida con un colega en un viaje de reentrenamiento. “No percibimos ninguna anomalía, nada que pudiera derivar en este final”, dijo Álvarez.
Sin embargo, luego la familia contó que el piloto, que era soltero y no tenía hijos, pasaba por un “mal momento” y que estaba bajo tratamiento psiquiátrico vinculado a asuntos de su vida personal. Álvarez lo describió como un “excelente profesional” que estaba “siempre alegre y provocaba la admiración de todos sus alumnos”.
El piloto, que el día del hecho se presentó a trabajar puntual y bien vestido, acumulaba casi una década de formación continua y experiencia en la actividad. De acuerdo con sus redes sociales, poseía la licencia de piloto de transporte de línea aérea (ATP) otorgada por la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA), el nivel más alto de certificación para pilotos.
El caso recordó la tragedia del vuelo 9525 de Germanwings en los Alpes franceses, ocurrida el 24 de marzo de 2015, cuando el copiloto Andreas Lubitz, un hombre con problemas de salud mental, tomó el control de la nave y la estrelló intencionadamente, provocando la muerte de 150 personas. El hecho llevó a establecer un protocolo para que los aeronavegantes no queden solos al mando de un avión y a reforzar los controles de salud mental de los tripulantes.











