La prevención no inicia con la aparición del primer brote. Empieza mucho antes, con vigilancia epidemiológica, trazabilidad, control de movilización animal.
José Luis Munguia
julio 09, 2026 | 0:48 hrs
Presidente del Consejo Nacional de Fabricantes de Alimentos Balanceados y de la Nutrición Animal (CONAFAB).
Por años, el gusano barrenador fue visto como una amenaza del pasado, un problema de sanidad animal que México había logrado controlar gracias a campañas coordinadas entre autoridades y productores. Su reaparición nos recuerda una realidad crucial: que ningún avance es permanente.
El riesgo que representa esta plaga suele analizarse desde una óptica veterinaria, enfocándose en el daño que ocasiona directamente al ganado. Sin embargo, limitar la discusión a ese ámbito deja fuera una dimensión estratégica que hoy debe preocuparnos a todos. El gusano barrenador no sólo amenaza la salud animal, también pone a prueba la resiliencia del sistema agroalimentario mexicano.
En un país donde la demanda de proteína animal continúa creciendo, proteger la productividad pecuaria no es un asunto sectorial, sino un componente esencial de la seguridad alimentaria.
La ganadería mexicana es un pilar económico y social. Sostiene miles de unidades productivas, genera empleos y abastece una parte fundamental del consumo nacional de carne, leche y huevo. Cuando un problema sanitario afecta al ganado, sus consecuencias van mucho más allá de la pérdida individual de animales. Se alteran ciclos productivos, se elevan costos de operación y se generan presiones sobre toda la cadena de suministro.
En términos económicos, los brotes sanitarios tienen efectos multiplicadores. Un productor afectado enfrenta mayores gastos por servicios veterinarios, pérdidas de rentabilidad y mayores costos de manejo. Esto, inevitablemente, repercute en la estructura de costos de la proteína animal y puede traducirse en presiones inflacionarias para el consumidor.
Por ello, el debate sobre el gusano barrenador debería llevarnos a una reflexión más amplia, y es que México necesita fortalecer su visión preventiva en materia de bioseguridad pecuaria.
La prevención no inicia con la aparición del primer brote. Empieza mucho antes, con vigilancia epidemiológica, trazabilidad, control de movilización animal, capacitación técnica y mejores prácticas de manejo en campo, incluso con una adecuada nutrición animal.
La nutrición adecuada contribuye directamente al bienestar animal, al desempeño productivo y al fortalecimiento fisiológico de los animales en las distintas etapas de producción.
En este punto, la industria de alimentos balanceados desempeña una función estratégica para el país. Su papel trasciende el suministro de insumos productivos; participa activamente en la construcción de cadenas agroalimentarias más eficientes, sostenibles y seguras. El alimento balanceado representa uno de los principales componentes del costo de producción pecuaria y, al mismo tiempo, uno de los factores más determinantes para garantizar productividad e inocuidad.
Hablar de seguridad alimentaria en México exige reconocer esta interdependencia. No puede haber proteína accesible y suficiente sin animales sanos. No puede haber animales sanos sin sistemas robustos de prevención sanitaria. Y no puede haber prevención eficaz sin una visión integral que articule nutrición, bioseguridad, innovación y política pública.
El gusano barrenador nos deja una lección sencilla, pero contundente y es que cuando protegemos la sanidad animal, no sólo cuidamos al ganado; protegemos también la economía rural, la estabilidad de los mercados y la seguridad alimentaria de México.
El llamado es hoy para modernizar nuestros mecanismos de prevención y fortalecer la colaboración entre autoridades, productores, industria y academia. México ha demostrado que puede responder con éxito cuando existe coordinación sectorial, es necesario volver a apostar por ese enfoque.








