La mayoría de los analistas sigue observando la sucesión de Sonora desde el ángulo equivocado.
Mientras casi toda la atención se concentra en quién encabezará la candidatura de Morena —Javier Lamarque, Lorenia Valles, Célida López, Froylan Gámez, María Dolores del Río u Omar del Valle Colosio—, la verdadera competencia ya comenzó en otro terreno mucho más profundo: la disputa por la hegemonía de la sociedad sonorense.
Antonio Gramsci sostenía que existen dos formas de ejercer el poder. La primera consiste en controlar el Estado: el gobierno, el Congreso, el presupuesto, las instituciones y los programas sociales. La segunda, mucho más difícil de conquistar, consiste en dirigir intelectual y moralmente a la sociedad hasta lograr que una determinada visión del mundo sea aceptada como el sentido común de la mayoría.
A la primera la llamó dominación. A la segunda, hegemonía. Y precisamente ahí comienza a observarse el fenómeno político más interesante rumbo a 2027.
Morena conserva prácticamente toda la dominación institucional. Gobierna Sonora, posee mayoría política, administra el presupuesto, opera la estructura territorial más amplia del estado y mantiene la política social más extensa de las últimas décadas.
Sin embargo, controlar el Estado no significa necesariamente dirigir a la sociedad. La hegemonía se construye en otro espacio: universidades, empresarios, profesionistas, medios de comunicación, organizaciones ciudadanas, iglesias, asociaciones civiles, liderazgos sociales y clases medias urbanas. Es ahí donde comienza a observarse una correlación de fuerzas distinta.
LA PARADOJA DE MORENA.
Después de ocho años de gobierno federal y casi cinco en Sonora, Morena consolidó un enorme poder institucional. Lo que no consiguió fue construir una nueva cultura política.
La explicación resulta sencilla. La estructura económica mexicana continúa siendo esencialmente capitalista. Mientras ello no cambie, seguirán predominando valores como el emprendimiento, la competencia, la propiedad privada, la movilidad social y la lógica del mercado.
Gramsci advertía que la economía condiciona la conciencia colectiva, aunque no la determina completamente. Por ello, la batalla decisiva ocurre en la sociedad civil. Y precisamente ahí Morena presenta su mayor debilidad.
La redistribución del ingreso mediante programas sociales mejora las condiciones materiales de millones de familias. Pero no transforma automáticamente los valores, las aspiraciones ni la cultura política. Los apoyos generan legitimidad.
La hegemonía exige algo mucho más complejo: producir consenso. La experiencia reciente confirma esa diferencia.
Las consultas populares, la revocación de mandato y la elección judicial registraron niveles de participación muy inferiores a las votaciones constitucionales obtenidas por Morena.
Ello demuestra que los beneficiarios de los programas sociales no constituyen un voto cautivo. Existe una diferencia creciente entre ganar elecciones y movilizar voluntariamente a la sociedad.
LA OTRA CAMPAÑA.
Mientras los seis aspirantes morenistas concentran prácticamente toda su energía en ganar la encuesta interna para convertirse en Coordinador de la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional, Antonio Astiazarán parece haber escogido otra ruta. No está haciendo únicamente una precampaña. Está construyendo una plataforma de legitimidad social alterna .
Su discurso no gira alrededor de la confrontación ideológica. Se dirige hacia las clases medias, los empresarios, las universidades, los profesionistas, las organizaciones ciudadanas y los sectores productivos. Su narrativa privilegia la eficiencia administrativa, la innovación tecnológica, la sustentabilidad, la participación ciudadana y la colaboración entre gobierno y sociedad.
En otras palabras, intenta convertir un modelo municipal de gobierno en una idea compartida por amplios sectores sociales. Eso, precisamente, es hegemonía. Por esa razón resulta menos costosa su expansión política. Sus simpatizantes participan voluntariamente en giras, reuniones y eventos porque consideran que forman parte de un proyecto propio y no únicamente de una estructura electoral.
DOS PODERES DISTINTOS.
Hoy Sonora parece entrar en una etapa donde dominación y hegemonía comienzan a separarse. Morena conserva el aparato del Estado.
Antonio Astiazarán comienza a disputar el consenso social. Son dos formas distintas de poder. Una administra. La otra persuade. Una controla instituciones. La otra construye legitimidad.
Y cuando ambas dejan de coincidir, las elecciones dejan de depender exclusivamente de las estructuras partidistas. Empiezan a depender del sentido común de la sociedad.
EL VERDADERO DESAFÍO DE MORENA.
Alfonso Durazo impulsó la construcción de una nueva clase política. Sin embargo, el proyecto no logró consolidar una nueva cultura política.
Peor aún. Amplios sectores observan que parte de la dirigencia nacional y local abandonó la austeridad republicana prometida y comenzó a reproducir prácticas similares a las que durante décadas criticó. Ese desgaste moral termina debilitando la autoridad política. Porque la hegemonía no se sostiene únicamente mediante recursos públicos. También necesita coherencia.
EPÍLOGO. La elección de 2027 probablemente no decidirá solamente quién gobernará Sonora. Resolverá algo mucho más importante.
Determinará qué proyecto logra convertirse en la referencia política de la sociedad sonorense. Morena llega con una enorme fortaleza institucional.
Antonio Astiazarán parece haber entendido que la batalla decisiva no se libra dentro del gobierno, sino fuera de él.
Ése es, quizá, el principal reto de la coyuntura sonorense: Morena sigue siendo el partido dominante; pero, por primera vez desde 2021, comienza a comportarse como el retador en la disputa por la hegemonía, mientras tanto , la oposición intenta convertirse en la nueva mayoría cultural antes que en la nueva mayoría electoral.






