El bisonte americano pasó de poblar las praderas por decenas de millones a rozar la desaparición, víctima de una matanza alentada para quebrar el modo de vida de las tribus indias
EL DEBATE
El Bison bison, o Bos bison, como le llamó Carlos Linneo, el padre de la taxonomía, no solo ha sido el mayor animal terrestre que ha habitado, y afortunadamente lo continúa haciendo, en la mitad norte del continente americano. Este animal también ha sido el que más abundantemente se ha reproducido, aves aparte, y ha habitado las praderas y extensas llanuras de Norteamérica.
El bisonte americano es un herbívoro, un cuadrúpedo de metro sesenta de alzada y unos tres metros de largo, con un peso que oscilaría entre los 500 y los 1.400 kilogramos. El animal se desplaza en grandes manadas buscando alimento durante las diferentes estaciones.
En 1853 se hizo una estimación de cuántos bisontes (o búfalos, pues las dos formas se utilizaban para denominarlos) podía haber en el actual territorio de los Estados Unidos. El resultado daba una horquilla que iba de los sesenta a los setenta millones.
En el continente americano encontramos dos subtipos del bisonte o búfalo: el de bosque y el de las llanuras. Prácticamente son iguales, mostrando solo pequeñas variaciones debido a la adaptación a entornos diferentes.
El búfalo de las llanuras o praderas lo encontrarían en prácticamente todo el territorio de los actuales Estados Unidos, excepto en las áreas más occidentales del país (California, Arizona y partes de Nevada) y las más orientales (Florida y áreas de las dos Carolinas, Nueva York, etc.). Los búfalos de bosque se encontraban en una amplia zona que se iniciaba en los estados de Washington y Montana, continuando por todo el tercio occidental de Canadá y buena parte de Alaska.
El búfalo representaba la vida para la práctica totalidad de las tribus indias. El bisonte no solo aportaba alimento (y con ello vida), todo él era aprovechado. Hasta sus heces eran utilizadas como combustible. Así, las cacerías de búfalos eran acontecimientos importantes y, por lo tanto, ritualizados con el fin de mostrar el máximo respeto al animal, que se consideraba un gran don del Creador.
Anteriormente a la introducción del caballo, un método tradicional de caza consistía en forzar una estampida de la manada y conducirla hasta un precipicio, en donde se despeñaban.
Esta forma de caza procuraba gran abundancia a todas las tribus que habían intervenido, ya que solía suponer la muerte de unos mil a dos mil búfalos. Por ello, cuando volvían las manadas de búfalos, en sus ciclos migratorios, se iniciaban conversaciones entre diferentes tribus, con las que posiblemente hubieran estado a la gresca la semana anterior, para llevar a cabo en común la cacería que a todos beneficiaba.
El impacto de estas cacerías entre la población de bisontes era prácticamente nulo, pues su número era ínfimo en relación con la totalidad de ellos. Por otro lado, los indios no desperdiciaban nada de los búfalos cazados. La introducción del caballo, implantado entre las tribus de las llanuras desde la primera mitad del siglo XVIII, significó que la unión de tribus ya no era necesaria para la caza.
El caballo permitió una caza más selectiva del animal y la singularización del cazador. También permitió que ciertas tribus siguieran las migraciones de las grandes manadas, teniendo una relación parasitaria con respecto a la manada.
La llegada de los colonos europeos fue el inicio de la casi extinción de este majestuoso animal. El europeo vino armado con fusiles de chispa que podían disparar hasta tres veces en un minuto, en el caso de las armas de avancarga; en las de retrocarga tenemos la carabina Winchester de repetición, que disparaba entre diez y doce veces por minuto. Los cazadores europeos descubrieron un curioso patrón de conducta de la manada: cuando un miembro estaba muriendo o moría, el resto se reunía a su alrededor. Este comportamiento fue explotado por los cazadores europeos.
A partir de 1860, la caza del bisonte, considerada como una fuente de riqueza inagotable, inició una escalada cuasi industrial y obscena. Aquí no se puede hablar de caza; esto es matanza.
Durante la guerra civil (1861-1865), las necesidades de los ejércitos de ambos bandos se vieron multiplicadas y los búfalos se convirtieron en una fuente de alimento y de cuero, este último vital para la confección de cinturones, correajes, atalajes para las caballerías, mochilas, calzado, etc.
Terminada la guerra, el gobierno norteamericano era consciente de la dependencia del indio respecto del búfalo, por lo que fomentó las matanzas de estos animales como medio para que las tribus indias abandonaran territorios y dependieran cada vez más de la buena voluntad del hombre blanco para sobrevivir. Las tropas, terminada la lucha tras la rendición del Sur, fueron reenviadas al Oeste para proteger a los colonos y trabajadores del ferrocarril, aunque, en la práctica, para combatir al indio.
Junto a los trabajadores del ferrocarril y las tropas viajaban los contratistas: individuos encargados de abastecer de carne a los trabajadores y personal mediante la caza. El más famoso de ellos fue William «Búfalo Bill» Cody, que tiempo después, y en vista de los resultados, se lamentaría amargamente y ayudaría a conseguir la protección de los últimos ejemplares. Una vez, Búfalo Bill hizo una apuesta con otro contratista sobre quién podía matar más búfalos: en menos de ocho horas mató a sesenta y ocho.
El desarrollo del ferrocarril tuvo un enorme impacto en la evolución de los Estados Unidos, así como en la casi desaparición del búfalo. Por un lado, individuos como Búfalo Bill eran contratados para alimentar a los miles de trabajadores y funcionarios que estaban construyendo las vías, levantando puentes y perforando montes. Para entonces, del búfalo muerto solo se aprovechaba la lengua —considerada una exquisitez— y ciertos cortes selectos, dejando el resto del animal para los carroñeros.
Las vías del ferrocarril atravesaban zonas de migración, por lo que uno de los alicientes que publicitaban las empresas de ferrocarriles era el poder disparar a los búfalos desde la ventanilla del vagón. El matar por diversión, sin aprovechamiento alguno del animal.
Pero, tal vez, lo más cruel e inmoral fue el envío de partidas de contratistas y soldados con orden de exterminar la mayor cantidad posible de búfalos. Matar por matar, y es que lo que se pretendía era hacer desaparecer al búfalo, del que dependían las tribus indias, con el objeto de someterlas por hambre, al hacer desaparecer su medio de vida. Y es que a ambos —búfalo e indio— se les consideraba casi como plagas y malos para el desarrollo del país.
En 1874, el presidente Ulysses S. Grant expresamente vetó la ley HR 921, del Congreso de los Estados Unidos de América, para la protección del búfalo. El presidente esgrimió como argumento que la extinción del animal era beneficiosa para la nación al facilitar la forzada asimilación del nativo americano a la sociedad civilizada.
La caza salvaje e indiscriminada acabó con las grandes manadas y casi terminó con la propia especie. Entre 1873 y 1883, los huesos de decenas de millones de esqueletos, que blanqueaban los suelos de las grandes llanuras a lo largo del país, fueron recogidos para su aprovechamiento.
Se levantaron enormes montañas de cráneos de búfalo en los molinos donde se molían sus huesos para filtros en la producción de azúcar o abono. En 1884 se llevó a cabo un registro para conocer el número de ejemplares que había en los Estados Unidos de América: apenas unos trescientos.
ENLACE: De 70 millones a solo 300: cómo Estados Unidos llevó al bisonte americano al borde de la extinción










