Liberadas del Estado Islámico, las mujeres llevan una pesada carga por la esclavitud sexual





Tomado de: Rukmini Callimachi / The New York Times

Dia de publicación: 2017-08-06


CAMPO SHARIYA, Irak – La chica de 16 años estaba acostada de lado en un colchón sobre el piso, incapaz de sostener la cabeza. Su tío la levantaba para que bebiera agua, pero apenas podía tragar. Su voz era tan débil que él ponía su oreja directamente sobre la boca de la adolescente para oírla.

Este mes, la chica, Suhayla, salió caminando de la parte más destruida de Mosul cuando mataron a su captor del Estado Islámico en un ataque aéreo. Fue liberada después de tres años de cautiverio y violaciones en serie. Su tío describió su condición como “impactante”. Había invitado a los reporteros al lecho de Suhayla para que pudieran documentar lo que el sistema de abuso sexual de la organización terrorista le había hecho a su sobrina.

“Esto es lo que le han hecho a nuestro pueblo”, dijo Jalid Taalo, el tío.

Desde que comenzó la operación para retomar Mosul el año pasado, se ha liberado a cerca de 180 mujeres, chicas y niños de la minoría étnica yazidí, a quienes había capturado el Estado Islámico en 2014, según la Oficina para el Rescate de los Secuestrados.

Las mujeres que fueron rescatadas en los dos primeros años después de que el Estado Islámico invadió su patria ancestral llegaron a su casa con infecciones, extremidades rotas y pensamientos suicidas. Sin embargo, ahora, tras tres años de cautiverio, las mujeres, como Suhayla y otras dos a las que vieron los reporteros, están muchísimo más dañadas y manifiestan signos extraordinarios de afectación psicológica.

“Muy cansadas”, “inconscientes” y “en conmoción grave y alteración psicológica”, fueron las descripciones que utilizó Nagham Nawzat Hasan, un ginecólogo yazidí que ha atendido a más de mil víctimas de violación.

“Pensamos que los primeros casos eran difíciles”, comentó Hasan. “Pero los recibidos tras la liberación de Mosul… esos son muy difíciles”.

La conmoción se expresa en las mujeres y las niñas que duermen durante días seguidos, aparentemente incapaces de despertar, dijo Husein Qaidi, el director de la Oficina de Rescate de Secuestrados. “90 por ciento de las mujeres liberadas están así”, notó, al menos parte del tiempo después de su retorno.

Tanto Suhayla como su familia pidieron que se la identificara y se la fotografiara en un esfuerzo por arrojar luz sobre el sufrimiento de su comunidad. Su tío publicó su imagen en Facebook inmediatamente después de su liberación con una descripción del trato recibido por parte del Estado Islámico.

Durante más de un año, Taalo dijo, él supo dónde estaba su sobrina, así como el nombre del combatiente del Estado Islámico que la retenía. Consiguió la ayuda de un contrabandista, quien con gran riesgo fotografió a Suhayla por la ventana de la casa donde la tenían y envió las imágenes a la familia.

Sin embargo, era demasiado peligroso intentar un rescate.

Suhayla escapó el 9 de julio, dos días después de que un ataque aéreo provocara el desplome de una pared en el edificio donde la tenían cautiva. Ese desplome causó que la otra chica yazidí, a la que tenían junto con ella, quedara sepultada y mató al captor que había abusado de ellas, contó el tío.

En ese momento, Suhayla tuvo la fuerza suficiente para trepar entre los escombros y llegar hasta el primer retén iraquí.

Cuando su familia llegó en coche para recogerla, ella corrió a abrazarlos.

“Yo corrí hacia ella y ella corrió hacia mí, y empezamos a llorar y luego empezamos a reír también”, contó Taalo, el hermano del padre de Suhayla, quien sigue desaparecido después de que el Estado Islámico tomó su aldea natal. “Nos quedamos así, abrazándonos, y seguíamos llorando y riendo, hasta que caímos al suelo”.

Sin embargo, en cuestión de horas, ella dejó de hablar, contó él.

Para cuando llegaron al campamento donde habían encontrado refugio la madre de la adolescente y el resto de la familia después de que el Estado Islámico invadió su aldea, Suhayla entró en lo que parecía ser la pérdida de la conciencia. Los médicos que la examinaron le han recetado antibióticos para una infección en el tracto urinario. También muestra signos de desnutrición.

Nada de eso explica sus síntomas extremos, dijo su familia y uno de los médicos que la examinaron.

“Estoy feliz de estar en la casa”, le susurró con dificultad al tío en el oído, en respuesta a una pregunta de un reportero, “pero estoy enferma”.

El Estado Islámico llevaba dos meses gobernando Mosul en 2014 cuando la dirigencia de la organización puso la mira en Sinyar, un macizo amarillo al norte, de 97 kilómetros de largo. Las aldeas en las faldas de los cerros y en las montañas han sido, de tiempo atrás, la base de la vida para los yazidíes, una minoría reducida que representa menos del dos por ciento de la población iraquí de 38 millones de habitantes.

La religión de los yazidíes, que data desde hace siglos, gira en torno a la adoración de un solo dios, quien a su vez creó a siete ángeles sagrados. Estas creencias llevaron a que el Estado Islámico los etiquetara como politeístas, una categoría peligrosa en la nomenclatura de la organización terrorista.

Con base en un cuerpo de leyes islámicas poco conocido y prácticamente extinto, el Estado Islámico argumentó que la posición religiosa de la minoría la hacía ser elegible para la esclavitud.

El 3 de agosto de 2014, convoyes de combatientes aceleraron por la escarpadura, se dispersaron por todos los valles adyacentes. Entre los primeros pueblos que pasaron cuando subían la montaña estaba Til Qasab, con sus edificios de concreto de poca altura, rodeados de planicies de hierba rubia.

Allí es donde vivía Suhayla, entonces de 13 años de edad.

Secuestraron a un total de 6470 yazidíes, según funcionarios iraquíes, incluida ella. Tres años después, 3410 siguen en cautiverio o desaparecidos, dijo Qaidi, de la Oficina de Rescate de los Secuestrados.

Durante los primeros dos años de cautiverio, Suhayla logró sobrevivir al sistema de esclavitud sexual del Estado Islámico; la violaron un total de siete hombres, contaron ella y su tío.

Cuando comenzó el avance sobre Mosul, la fueron moviendo progresivamente más adentro de la zona más golpeada por el conflicto, a medida que las fuerzas de seguridad empujaban a la organización terrorista a una franja de territorio junto al río Tigris. La zona fue atacada intensamente con artillería, ataques aéreos y coches bomba, y la ametrallaron desde helicópteros de combate.

A medida que el Estado Islámico empezaba a perder el control sobre la ciudad, el captor de Suhayla le cortó el cabello, como el de un muchacho. Ella entendió que él estaba planeando tratar de escabullirse entre las fuerzas de seguridad iraquíes, disfrazado de refugiado, y que la llevaría con él, explicó el tío.

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Souhayla durante la cena en la vivienda temporal de su tío, la venda cubre el lugar de la inserción de la vía intravenosa y una cicatriz de su intento para cortarse las venas durante su cautiverio. Credit Alex Potter para The New York Times

Taalo ahora pasa los días cuidando a su sobrina para que restablezca su estado de salud. Para sentarse, se agarró de una de las varas metálicas que sostienen la vivienda temporal de su familia y se impulsó hasta una posición erguida, mientras el tío la empujaba por detrás. Sin embargo, pronto se le acabó la fuerza y volvió a desplomarse.

Él utilizó un paño para tocarle suavemente la frente cuando ella estaba recostada en su regazo. Se le quedó la boca abierta y puso los ojos en blanco.

Después de que escapó, pasaron casi dos semanas para que pudiera volver a pararse por más de unos minutos porque las piernas no la sostenían.

Los funcionarios dicen que quienes escaparon recientemente también presentan un grado insólito de adoctrinamiento.

Dos hermanas yazidíes, de 20 y 26 años, llegaron al campo para refugiados Hamam Ali 1, donde atrajeron la atención de los funcionarios a cargo porque llevaban puestos nicabs que les cubrían la cara y se negaron a quitárselos, a pesar del hecho de que las yazidíes no se cubren el rostro.

Dijeron que los combatientes del Estado Islámico que las violaron eran sus “esposos” y “mártires”, comentó Muntayab Ibrahim, un funcionario del campamento y director de la Organización Iraquí de Salvación Humanitaria.

Entre los brazos, tenían a tres infantes a los que habían parido cuando estaban en cautiverio, los hijos de sus violadores. Sin embargo, se negaban a amamantarlos, dijo el contrabandista al que mandaron las familias para recogerlas. Los funcionarios y él llenaron los documentos para poderle entregar esos niños al Estado.

Un video grabado con el teléfono del contrabandista muestra lo que pasó cuando las hermanas vieron a su familia por primera vez a su regreso. Los parientes se apresuraron a abrazar a la mujeres cadavéricas. Ellos lloraron.

Su madre, desconsolada, caminó detrás de la carpa, tratando de controlarse.

Un día después de que se grabó el video, los reporteros fueron a ver a las mujeres y ya no podían mantenerse en pie. Yacen en unos colchones dentro de las paredes de plástico de su vivienda.

A pesar de las voces fuertes a su alrededor y la afluencia de visitantes; a pesar de los gemidos de su madre, no se movían.

Llegaron coches en los que venían los familiares que traían cajas de refrescos de naranja. Ellos salieron de la vivienda con las manos sobre la boca, tratando de reprimir los sollozos.

Los familiares dijeron que, excepto por unos breves momentos, las mujeres no habían despertado desde entonces, hace más de una semana.


https://www.nytimes.com/es/2017/08/04/estado-islamico-yazidies-mujeres/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Findex

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