Con los gobernadores nos quedaron debiendo





Jorge Zepeda Patterson/


Dia de publicación: 2024-04-02


No es que los de antes fueran mejores, pero francamente en materia de gobernadores la Cuarta Transformación nos quedó a deber en esta primera versión. En 2018, al arrancar el sexenio, Morena gobernaba en cuatro entidades federativas; al terminar lo hace en 23, aliados incluidos. Hay buenos, malos y regulares, desde luego, pero me parece que en el balance de conjunto se trata de uno de los capítulos menos favorables de toda la propuesta de cambio de parte del obradorismo.

Lo digo sin ningún rastro de nostalgia por lo que había antes. El sexenio anterior tocamos fondo con Javier Duarte en Veracruz, Guillermo Padrés en Sonora, Roberto Borge en Quintana Roo o César Duarte en Chihuahua. Verdaderos sátrapas, dedicados a enriquecerse, que asumieron como si fuera suyo el patrimonio público. Se suponía que eran la nueva generación de priistas luego de la experiencia de la alternancia, pero resultaron una peor versión de sus antepasados del PRI. Y tampoco es que los panistas lo hubieran hecho mucho mejor. No es casual que en Jalisco o en Nuevo León gobierne hoy Movimiento Ciudadano tras la decepción que, en su momento, provocaron los gobiernos del blanquiazul.

Pero podríamos haber esperado algo más tras el arribo de una nueva fuerza política, presuntamente de izquierda, que había crecido justamente por la denuncia de los vicios de los gobiernos anteriores. Por desgracia no fue así en buena parte de la geografía que se pintó de rojo a lo largo de este sexenio. Particularmente lamentables son los casos de Morelos con Cuauhtémoc Blanco, Veracruz con Cuitláhuac García, Campeche con Layda Sansores, Guerrero con Evelyn Salgado, Chiapas con Rutilio Escandón, Sinaloa con Rubén Rocha, Tabasco con Carlos Manuel Merino Escandón, Baja California con Jaime Bonilla (ya fuera del puesto, por fortuna), por mencionar los más obvios. En algunos de estos casos la principal crítica tiene que ver con la sobrepolitización y el descuido en las tareas de gobierno debido al excesivo faccionalismo de los gobernadores; es el caso de Layda, Cuitláhuac, los Salgado (Evelyn y su padre, verdadero poder en la región). Estuvieron mucho más atentos a pelearse con sus críticos y en reproducir en la región la confrontación del Presidente con sus adversarios que en conducir las tareas de gobierno.

En otros, el principal problema es que tenían un perfil inapropiado para las exigencias del cargo; la propia Evelyn en Guerrero o el ex rector Rocha en Sinaloa. O los casos de Tabasco o de Chiapas que, aun teniéndolo, simplemente la responsabilidad quedó por encima de sus capacidades. Me temo que el caso del Estado de México, en el que apenas arranca Delfina Gómez, termine con un balance también deslucido. Y no porque se trate en sí misma de un mal cuadro, sino simplemente porque los enormes retos de la entidad más populosa del país parecerían estar por encima de lo mostrado por la profesora en sus responsabilidades anteriores. Espero equivocarme.

Ninguno de estos casos, insisto, remite al desempeño claramente delincuencial de los ex gobernadores priistas mencionados (Borge, los Duarte). Pero, después de todo, la experiencia de los gobiernos de la Ciudad de México, desde 1997, había sido favorable, más allá de los altibajos naturales. Habrá muchos que tengan diferencias ideológicas o críticas sobre el estilo personal de Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard y Claudia Sheinbaum, pero el manejo de la ciudad a lo largo de casi tres décadas ofrece un balance más que favorable comparado con el desempeño de los gobiernos en el resto de las entidades (dejo de lado la gestión de Miguel Ángel Mancera y su desvinculación de esta fuerza política).

Parte de la explicación sobre estos gobiernos mediocres, francamente malos o simplemente por debajo de las expectativas, es la improvisación de cuadros. La izquierda o las fuerzas afines a la 4T carecían de figuras en el ambiente político de buena parte de la geografía nacional. El cambio llegó a estas tierras desde afuera, como resultado de la popularidad de López Obrador, el interés en sus propuestas y el descrédito de las élites políticas locales. El obradorismo tenía los votos, pero no los cuadros en buena parte de este territorio. El triunfo en muchas de las entidades no fue resultado de una fuerza política desarrollada localmente ni de la emergencia de líderes regionales identificados con las banderas de la izquierda. No es casual que varios de los gobernadores morenistas de hoy hayan sido “chapulines” procedentes de otros partidos, en particular del PRI o el partido Verde. Cambio apresurado de casacas que difícilmente podía dar lugar a un resultado distinto respecto a los malos gobiernos del pasado.

Otra parte de la explicación es que, frente a este panorama, el partido estaba más interesado en ganar una elección que en el buen gobierno posterior a la elección. Y, por lo demás, Morena de alguna manera también ha sido víctima de su propio método de selección de candidatos a través de encuestas de popularidad. Un método que, desde luego, puede tener algunas ventajas sobre las malas versiones de la designación. Pero es una vía que en ocasiones privilegia la celebridad, el gasto en propaganda y la manipulación, en detrimento de la capacidad profesional que exigiría un buen gobierno. El flagrante caso de Cuauhtémoc Blanco habla por sí mismo. El terrible balance que deja su administración lleva a preguntarse si Morena en realidad ganó algo con su paso por Morelos. El daño a la población ha sido mayúsculo. En tal caso, se ganó para perder. 

El 2 de junio habrán de ser elegidos nueve gobernadores, la mayor parte de los cuales, según encuestas, serán abanderados de Morena. Me parece que el examen de algunos de los perfiles permite pensar en una mejoría de lo que ahora tenemos, pero no en todos los casos. Estoy convencido de que el probable arribo de Claudia Sheinbaum a la presidencia del país se traducirá en un manejo más profesional de la política y de la administración pública federal. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de los poderes regionales. Por lo pronto, la 4T nos está debiendo en materia de gobernadores. 


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