Primavera con las cuatro esquinas rotas





Arturo Soto Munguía/


Dia de publicación: 2020-03-25


Marzo llegó con días tristes. Con grises tristes, con lloviznas frías y tristes, presagio de una primavera desprovista de promesas y cargada de zozobras y de miedos.

Miedo a la enfermedad y la muerte, a encontrarse de pronto con la sospecha de todos y de todo; a descubrirse uno mismo temeroso del aire y de las cosas que habitualmente se tocaban con inopinado desenfado: la puerta de las oficinas, el billete que cambia de manos en el mercado; la espalda o el hombro camarada que siempre recibía las palmadas; la mejilla, la frente, los labios que comienzan a extrañar los besos.

Las fronteras son líneas imaginarias, trazos a lápiz que se borran y se reescriben al fragor de la política y las guerras que, aseguran, son una extensión de la política pero por otras vías. Las fronteras son el chorro de orines con que un perro marca su territorio, pero no garantiza el sentido de propiedad o el control de ese territorio. Menos cuando el enemigo es invisible y se cuela sin tocar y sin pedir permiso; sin pasaporte ni visa.

Como polizón se monta a hurtadillas en cualquier tren, en aquel barco, en ese avión que cualquier día despega desde el antiguo Oriente y aterriza en la vieja Europa y de pronto ya está en todo el mundo con la sonrisa cínica del que ha burlado todas las aduanas. Con el orgulloso filo de la guadaña que va cortando los hilos de la vida y viendo caer cual inanimadas marionetas a miles de hombres y mujeres sin distingo.

La primavera en 2020 no tiene una esquina rota, como en la melancólica novela de Benedetti, sino las cuatro.

No es Santiago el que está en prisión escribiendo cartas de amor para su esposa. Somos millones los que estamos presos, no por ideas políticas sino porque, vaya paradoja, los espacios abiertos, la socialización son más peligrosos que el encierro. Y los que salen a las calles porque si no salen no viven, también son presas del miedo pero no tienen más alternativa que retar a la enfermedad, a la muerte.

Hablamos de ciudades sitiadas en diferentes partes del mundo. De cuarentenas obligatorias, de la policía arremetiendo contra ciudadanos que quieren ir a misa, de escenas que quisiéramos ficticias como soltar leones y tigres en las calles para mantener a la gente dentro de sus casas; de médicos y enfermeras batiéndose sin cuartel contra el coronavirus y contra la negligencia, el escepticismo o la irresponsabilidad.

Hablamos de una pandemia que ha semiparalizado al mundo, poniendo a dormir a una ciudad que, como Las Vegas, era el emblema del insomnio; cancelando el deporte-espectáculo y el espectáculo mismo. Pinchando el botón de ‘pausa’ en terminales aéreas, marítimas y terrestres. Cerrando las puertas en oficinas gubernamentales y empresas de cualquier tipo. Alterando hasta la histeria la cotidianidad en clínicas y hospitales.

Poniendo a prueba a los gobiernos en todos los países, que se debaten entre la posibilidad de un ‘crack’ económico y la opción de prorrogar uno, dos, tres días lo que de todos modos deben hacer: bajar el pulso de la vida diaria porque no hacerlo es jugar a la ruleta rusa con un revólver lleno de balas.

Casi medio millón de infectados en el mundo y 20 mil muertos tendría que ser una señal de que esta primavera lo que mejor florecerá es el cempazúchitl, esa flor ritual de los panteones en México.

En México, donde ayer ‘apenas’ se contaron cinco muertes y 405 casos sospechosos, cifras que cambian día con día. Y donde lo que no cambia es la sospecha de que las cifras oficiales mienten.

Bueno, no son las cifras las que mienten, sino quienes las elaboran y difunden oficialmente.

México. Mi México mágico. El único país del mundo donde su presidente, borracho de legitimidad, intoxicado por el lugar común de la fuerza moral y los 30 millones de votos  invoca al sagrado corazón de Jesús impreso en una estampa, para mandar un mensaje a la nación a través de todos los medios de comunicación masiva y no tan masiva, de que todo está bajo control porque también tiene un trébol de cinco hojas y un billete de dos dólares que lo protegen.

Y si lo protegen a él, protegen a todo el pueblo.

Mi México Mágico, donde el presidente dice que nada malo pasará porque ‘Detente enemigo, el corazón de Jesús está conmigo’ es un conjuro que difumina la pandemia, y basta repetirlo para salir airoso, a pesar de las recomendaciones de su propio especialista en inmunología y vocero oficial para el caso de la pandemia diga lo contrario, para seguir abrazando gente en sus mítines y mordiendo la mejilla de una niña, o si acaso, conteniéndose un poco aunque quisiera comerse a besos a otra.

Mi México lindo, donde el presidente dice que no pasará nada y sus adláteres repiten al unísono que no pasará nada y que sus enemigos sólo alimentan un ‘golpe blando’ para derrocarlo creando pánico.

Mi México querido, donde el presidente dice al día siguiente que siempre sí es grave la situación y hay que comenzar a tomar medidas serias para mitigar la pandemia, y sus adláteres se desnucan en una maroma increíble para decir que sí, que siempre sí hay que extremar cuidados.

En Sonora se han confirmado cinco casos y hay más de un centenar de sospechosos. En Hermosillo las señoras de un residencial salen a sus balcones para rezar a la distancia y a la distancia unir sus plegarias a Dios.

En la secretaría de Salud, su titular asume que esto apenas comienza y no ha pasado lo peor. Que no habrá buenas noticias en los próximos días, dice.

Y uno no tiene más que pensar, que la primavera 2020 no llegó con una esquina rota, sino con las cuatro.

Cualquiera que sea el caso, acongojada lectora, desconcertado lector, quédense en casa.


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