Descubierto a los 16 años, Quiñones pasó de la pobreza en un pueblo de Colombia dominado por los grupos criminales a las fuerzas básicas de Tigres, y luego al Atlas y al América. Tras ser bicampeón de liga con estos dos equipos, lo fichó el club Al-Qadsiah de Arabia Saudita y hoy es campeón goleador del futbol de ese país, por arriba de Ivan Toney y Cristiano Ronaldo
Rafael Croda
BOGOTÁ (Proceso).- El gol que el delantero de la Selección mexicana Julián Quiñones marcó hace ocho días en el Estadio Banorte no fue un momento efímero de grandeza. Fue una prueba más del impulso vital que este atleta de músculos intuitivos ha tenido, desde muy niño, para burlar al destino.
Julián nació hace 29 años en un lugar precario y remoto llamado Magüí Payán, en el suroccidente colombiano, y siempre supo que lo único que lo podría sacar de esa aldea inhóspita metida en medio de la selva era su habilidad para jugar al futbol.
Él practicaba ese deporte con vehemencia, a pie limpio, en las calles terrosas del pueblo, en las canchas rústicas de los caseríos y en un entorno de miseria donde se entrecruzan una amplia variedad de grupos armados ilegales: la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), las bandas del narcotráfico y las disidencias de las FARC, que viven en disputas permanentes por el control del territorio y los negocios de la cocaína y de la minería del oro.
Julián aprendió a convivir desde muy temprano con la violencia criminal y las carencias.
“Tuvimos muchas dificultades económicas porque en ese pueblo no hay recursos –dice a Proceso la señora Gloria Quiñones, mamá de Julián–. Fue muy difícil la niñez de él, en la cuestión de comida, de ropa, de todo. Si desayunábamos, no almorzábamos, y así sucesivamente”.
Julián, quien pasaba muchas horas cada día jugando futbol con sus amigos, parecía destinado a quedar atrapado en el cerco de la pobreza en el que vive el 97% de los 26 mil 346 habitantes de Magüí Payán.
En ese municipio, donde casi todos sus pobladores son afrocolombianos con destrezas físicas naturales, el rezago escolar afecta a la mitad de los niños; nueve de cada 10 viviendas carecen de agua potable y alcantarillado, y los homicidios figuran entre las principales causas de muerte.
Sin estudios y sin posibilidades de encontrar un empleo formal, las alternativas para los jóvenes son las economías ilegales que florecen entre la espesura de la selva tropical.
En la vasta extensión del municipio de Magüí Payán (dos mil 989 kilómetros cuadrados, casi del doble que la Ciudad de México) hay sembradas tres mil 800 hectáreas de hoja de coca que, al ser transformadas en laboratorios clandestinos en clorhidrato de cocaína, fluyen hacia la costa del Pacífico por los ríos que abundan en la zona.
“Es una región estratégica para actores armados por sus rutas fluviales y porque es un corredor por donde sale la droga de la región andina de Colombia hacia Pacífico y a los mercados internacionales (como México)”, dice Dora Vargas, activista humanitaria en ese territorio.
Muchos conocidos y exvecinos de Julián han sido raspachines en los cultivos cocaleros, o lancheros, o barequeros en la minería ilegal del oro, o simplemente soldados de las estructuras criminales que han impuesto su ley a sangre y fuego.
“Es un lugar donde, si no tienes la suerte, la habilidad y la disciplina para ser futbolista, lo que te queda es ser guerrillero o narcotraficante”, afirma Fabio Pilo Marín, representante de Julián desde hace 12 años y una figura paterna para el delantero.
Los demonios
Julián ha tenido que remontar la fatalidad varias veces en su vida. El entorno oprimente de su niñez fue menos llevadero por la falta de un padre.
“Él le tiene mucho rencor al papá”, dice doña Gloria, quien lo tuvo siendo una adolescente.
Julián creció con ella y con su abuela –sus dos pilares de acero– y con tres hermanas menores. Siempre fue el hombre de la casa y el que se echó a hombros la responsabilidad de sacar adelante a la familia. Hasta la fecha ve por el bienestar de todas ellas.
Él ha dicho que fue muy difícil crecer sin un padre que lo aconsejara y que por eso valora más a las dos mujeres que lo criaron y que le enseñaron a luchar con ahínco para salir adelante en la vida. La abuela tenía una tiendita de la que algo salía para sobrevivir. La mamá trabajaba en la minería artesanal, un oficio rudo, agotador y de alto riesgo.
El joven futbolista ha tenido que luchar, también, contra los demonios que a todos los seres humanos nos rondan; esos que se forjan en viejos pesares y que no se resignan a morir.
Tuvo un periodo de rebeldía adolescente en el que andaba, como él mismo ha señalado, “con malas juntas”. A la mamá le tocó meterlo en cintura, con regaños, con castigos.
La mamá le decía: “No te quiero ver así, te quiero ver bien, quiero que seas un hombre que le sirvas al mundo, tú eres el único hombre aquí en la casa y nosotras vamos a depender de ti solamente; pon de tu parte, estudia, si no te da lo del futbol, estudia, sé un profesional”.
Y él, “al oír eso y ver las calamidades económicas que nosotros teníamos, decidió coger su camino correcto”, recuerda doña Gloria.
En el pueblo ya descollaba como futbolista y era la estrella de partidos intercolegiales. En 2013, cuando Julián tenía 16 años, la señora viajó al puerto de Buenaventura, en el Pacífico, para trabajar como cocinera en un campamento minero. El joven fue un día a visitarla y un entrenador que lo vio jugando futbol en el barrio quedó sorprendido de sus cualidades. Él fue quien lo llevó a la escuela Fútbol Paz en la suroccidental ciudad de Cali.
El presidente y fundador de ese proyecto, César Valencia, lo convocó a un partido en el que serían probados jóvenes jugadores. Era enero de 2014. Julián anotó cuatro goles de impecable manufactura y Fútbol Paz le ofreció una especie de beca que le garantizaba el hospedaje en la casa-hogar del club, la comida, los guayos (tacos) y el uniforme.
A lo largo de 2014, Julián Quiñones fue la estrella de un torneo nacional Sub-17 en el que, vistiendo la camiseta de Fútbol Paz, el delantero anotó 57 goles en 37 partidos y llevó al club a ser el campeón colombiano en esa categoría.
El entrenador de ese conjunto, Luis Eduardo Gómez, piensa que “más del 50 por ciento de ese título” fue gracias a Julián.
“Era un jugador que marcaba mucha diferencia –dice Gómez–, muy bien estructurado, con buena musculatura, muy potente, y trabajaba muy bien. Era el primero en llegar al entrenamiento y el último en irse, siempre muy correcto y respetuoso. Verlo ahora jugar me recuerda mucho lo que ya hacía en esa época”.
México en el corazón
El agente de futbolistas Fabio Pilo Marín, quien acababa de firmar un convenio con el Club Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) para llevar jóvenes jugadores colombianos a México, acudió a Fútbol Paz y cuando vio a Julián lo convirtió en su primera elección para llevarlo al futbol mexicano.
En 2015 Julián viajó a Monterrey, sede de Tigres, junto con su mamá, por ser menor de edad, y fue integrado al equipo Sub-20 de las fuerzas básicas del club, donde anotó 15 goles en 17 partidos.
Pero lo cierto es que su ascenso en el futbol mexicano no fue ni descollante ni meteórico. Se trató de un proceso arduo, accidentado, paulatino y plagado de escollos que no pocas veces le golpearon el ánimo.
El diciembre de 2015 Tigres lo cedió en préstamo al equipo yucateco Venados FC, de la Liga de Expansión MX, con el cual jugó 20 partidos, anotó seis goles y se fogueó como titular. En esa época se compró su primer coche, sin saber manejar, y pudo incrementar la ayuda económica a las cinco mujeres de su familia.
En el torneo Apertura 2016 regresó a los Tigres de la UANL, pero la cantidad de estrellas del club le dificultó ganarse un lugar en el cuadro titular. En el Apertura de 2017 fue prestado a los Lobos de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), donde anotó 16 goles en 28 partidos.
En agosto de 2017, en una noche de copas, Julián protagonizó una pelea con cuchillo en mano con el futbolista colombiano William Palacios, quien era su compañero de club y su vecino en Puebla. Los dos acabaron en el hospital, el primero con una cortada en la mano y el segundo –que fue regresado a su país– con un corte en la oreja.
El episodio marcó un hito en la vida de Julián. Él ha contado que en el hospital, convaleciente, pensó que podría ser el fin de su carrera y que eso habría sido una enorme decepción para su abuela, su mamá y sus hermanas, así como para él mismo. “Vi lo fácil que era tirar por la borda lo poco que había conseguido”, aseguró.
Rafa Puente hijo, director de Lobos BUAP, le dijo que él debía decidir si quería poner “un techo” a su carrera futbolística con ese tipo de comportamiento, o si prefería despuntar. Si optaba por esto último, añadió, requería ser disciplinado, profesional y menos fiestero. Apenas tenía 20 años.
En 2018 el futbolista regresó a Tigres de la UANL y realizó una buena temporada con el equipo que lo llevó a México. Había marcado nueve goles en 35 partidos esa temporada. Pero el 14 de abril de 2019, en un partido frente a Lobos BUAP, su antiguo club, sufrió una rotura de los meniscos en su rodilla derecha que lo mantuvo 10 meses fuera de las canchas.
Fue otro momento de quiebre emocional para el futbolista que ocurrió justo cuando su carrera llegaba a nuevas alturas.
De Magüí Payán también llegaron malas noticias. Su mamá, doña Gloria, comenzó a recibir llamadas extorsivas de las cuales puso al tanto a Julián. El hijo le pidió que salieran de inmediato del pueblo con rumbo a Cali, donde compró una casa para las cinco mujeres de su familia.
El exfutbolista Germán Caicedo, su amigo, dice que Julián ha probado ser una persona resiliente en las canchas y en la vida. “Nada ha sido fácil para él, todo se lo ha ganado a pulso, sabe sobreponerse a momentos difíciles y ha aprovechado su don de futbolista y las oportunidades que se le han presentado”.
Dos bicampeonatos consecutivos
En 2021, luego de que el nuevo técnico de Tigres, Miguel Herrera, lo dejó fuera del equipo titular, Julián Quiñones emigró a los Rojinegros del Atlas, donde había de dar un impulso definitivo a su trayectoria.
Ese año Quiñones y el delantero argentino Julio César Furch condujeron al Atlas a un título de Primera División luego de 70 años de sequía. Y el año siguiente el equipo tapatío se volvió a coronar campeón de la mano de esos dos jugadores. Julián anotó 36 goles en 82 juegos con el equipo, lo que lo puso en la mira de las Águilas del América.
Con el club de Coapa Julián jugó las temporadas 2023 y 2024. En ambas, las Águilas obtuvieron el título de Primera División. Al igual que el Atlas, lograron un bicampeonato en el que Julián fue pieza clave con 23 tantos en 52 partidos.
En esa época su vida personal y su carrera entraron en una fase de consolidación en la que ha jugado un papel decisivo su esposa, la influenciadora regiomontana Ana Gabriela Esparza, con quien tuvo una hija, Alanna, el 26 de diciembre de 2023.
Ese año también se naturalizó mexicano, lo que le abrió las puertas de la Selección Nacional de futbol. Casi al mismo tiempo fue llamado por la Selección colombiana, pero él prefirió jugar por México, país en el que se formó como futbolista y en el que encontró el amor y una nueva familia, los Esparza, que lo acogen como un hijo.
“Yo me siento cien por ciento mexicano, amo a México, aquí encontré paz y adquirí confianza”, ha dicho el futbolista.
El Pilo Marín, su representante, su padrino de boda, el padrino de bautizo de la pequeña Alanna, dice que Julián es “un ser humano noble, que recapacita, que es reflexivo y que siempre piensa muy bien la siguiente jugada, para usar un término futbolístico”.
“Es también una persona tímida, reservada y muy analítica –señala–. Siempre ha contado con el apoyo de su madre, que lo crió muy bien, y ahora encontró el apoyo de su esposa, una joven espectacular con la que ha hecho una familia muy bonita. Los últimos años han sido fantásticos”.
En 2024 el Club Al-Qadsiah de Arabia Saudita pagó 16 millones de dólares por el fichaje de Julián, quien lleva dos temporadas como el goleador del equipo de la Liga Profesional Saudí.
En la temporada finalizada el mes pasado, el delantero fue el campeón de goleo de ese torneo, con 33 tantos, uno más que el británico Ivan Toney y cinco por arriba del superastro portugués Cristiano Ronaldo.
“La experiencia de Arabia Saudita, en familia, lo ha ayudado a crecer mucho, a madurar”, asegura Pilo.
Además de Alanna, los Quiñones Esparza viven con Lionel, un hijo adolescente de Ana Gabriela. Julián tiene otra hija en Cali a la que visita con frecuencia.
El pasado jueves 11 de junio, en el Estadio Banorte, cuando Julián anotó para México el primer gol del Mundial 2026 y encaminó al equipo a una victoria ante Sudáfrica, allí estaban, en asientos de primera fila, doña Gloria, Ana Gabriela, Alanna, Lionel y Pilo Marín con su familia.
“Fue una emoción muy grande –dice doña Gloria–: yo grité, salté, todos nos abrazamos y las lágrimas se me salieron”.
Ese derechazo que cruzó por entre las piernas del portero sudafricano, Ronwen Williams, fue aclamado por millones de mexicanos que hoy observan a Julián Quiñones como un augurio que invita a soñar en nuevos días así.
Y en Magüí Payán también esperan que los éxitos de su talentoso paisano sirvan para que el Estado colombiano los voltee a ver.








