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En el sindicato de Cesar Chavez, las mujeres solían trabajar con miedo

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12 junio, 2026
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En el sindicato de Cesar Chavez, las mujeres solían trabajar con miedo
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Muchas de las mujeres que ayudaron a liderar la lucha por los derechos civiles de los latinos dicen que, en silencio, libraban sus propias batallas contra el acoso, la misoginia y las agresiones sexuales dentro de la poderosa Unión de Campesinos.

Sarah Hurtes y Manny Fernandez / THE NEW YORK TIMES

Sarah Hurtes y Manny Fernández entrevistaron a decenas de activistas y líderes actuales y antiguos de la UFW y examinaron documentos y grabaciones de archivo para investigar el turbulento legado de acoso sexual del sindicato.

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Después de ver en el colegio un documental sobre trabajadores agrícolas que eran golpeados en los piquetes, Anita Romero Torres tuvo un sueño: unirse a Cesar Chavez y a la Unión de Campesinos (conocida como UFW, por su sigla en inglés). En 1977, con 17 años, llegó a la sede del sindicato en La Paz, en las montañas de California. Pero a las pocas semanas, empezó a sentir miedo, no de los agitadores en los piquetes, sino de los hombres con los que trabajaba.

En el departamento al que la asignaron, su supervisor empezó a llamarla varias veces al día, recordándole que pasarían juntos mucho tiempo a solas en los campos. “A veces será muy tarde por la noche en lugares muy aislados”, le dijo él, según ella. “Nadie sabrá dónde estamos”.

Las llamadas “me parecían muy extrañas e incómodas”, dijo. “Básicamente me estaba diciendo que me iba a llevar a algún campo y violarme”.

Cuando denunció las llamadas a Chavez, la respuesta fue, para ella, una lección devastadora sobre las prioridades institucionales. Chavez le dijo que el hombre era demasiado importante para la causa como para despedirlo. Su solución fue trasladar a la esposa del hombre a su departamento para que lo vigilara.

El acoso, dijo, no se detuvo ahí. Otro compañero de trabajo la manoseó en la oficina. Otro la acorraló en una habitación cerrada con llave e intentó abusar de ella antes de que ella lograra escapar por poco. Tres años después de empezar, Romero Torres renunció.

“Se volvió imposible hacer lo que había venido a hacer, lo que amo hacer”, dijo. “Lo que me rompió el corazón de la UFW es que sentí que me fui por la forma en que se comportaban los hombres allí”.

Una investigación de The New York Times este año sacó a la luz pruebas sustanciales de que Chavez, una figura clave en la historia de los derechos civiles de Estados Unidos, había abusado sexualmente de jóvenes adolescentes y se había involucrado en otras conductas sexuales inapropiadas durante décadas. Las revelaciones provocaron un ajuste de cuentas a nivel nacional, con comunidades de todo el país cancelando eventos, retirando estatuas y reevaluando obras de arte que homenajeaban a Chavez.

Pero el abuso no empezó ni terminó con Chavez, según muestran nuevas entrevistas y documentos. Muchas otras mujeres sufrieron acoso y agresiones sexuales devastadoras por parte de hombres con los que trabajaban —incluidos altos directivos— incluso mientras ayudaban a organizar las marchas, los boicots y las campañas de afiliación que sentaron las bases del movimiento por los derechos civiles de los latinos en Estados Unidos.

Antiguos compañeros de trabajo, familiares y amigos ayudaron a corroborar los relatos de varias de estas mujeres, al igual que los documentos de los archivos del sindicato. Algunas de las mujeres pidieron que no se identificara públicamente a los hombres a los que acusaban de abusos por miedo a demandas o represalias físicas.

Dolores Huerta y Cesar Chávez posan sonrientes, rodeados de otras personas.

A lo largo de los años, la UFW empoderó a las mujeres de formas poco habituales en una época menos progresista. Chavez ascendió a varias a puestos de liderazgo, incluida Dolores Huerta, quien fundó la UFW con él. Las mujeres solían desempeñar funciones de organizadoras, jefas de piquetes y líderes de boicots.

Pero, en privado, según muestran las entrevistas y los registros del sindicato, las mujeres sufrían bajo una cultura misógina. Más de una decena de mujeres dijeron en entrevistas que fueron acosadas, manoseadas, presionadas para mantener relaciones sexuales o agredidas por hombres vinculados al sindicato, desde trabajadores agrícolas hasta altos cargos, desde la década de 1970 hasta mediados de la de 1990.

Sus acusaciones solían ser ignoradas o descartadas como algo secundario respecto a la misión del sindicato y como un comportamiento inevitable de los hombres. A algunas de las que alzaron la voz se las tachó de espías seductoras o provocadoras.

Una mujer relató una pelea en un dormitorio donde un compañero organizador intentó violarla. Otra dijo que tenía 18 años cuando accedió a tener relaciones sexuales con su supervisor en una habitación de hotel; a la semana siguiente, él la trasladó a una oficina lejana.

Huerta, de 96 años, reveló en una entrevista con el Times en marzo que Chavez la había agredido sexualmente en una ocasión y la había presionado a mantener relaciones sexuales con él en otra. Pero el nuevo reportaje del Times, que incluyó entrevistas con antiguos compañeros del sindicato y un análisis de los archivos del sindicato, sugiere que varias mujeres se quejaron de que Huerta a menudo no las apoyaba y rechazaba sus denuncias de sexismo.

La UFW de la década de 1970 no es la UFW de hoy. Gran parte de los abusos se produjeron en una época en la que casi no había espacio social ni organizativo para que las mujeres denunciaran las agresiones sexuales.

En 2018, Teresa Romero se convirtió en la primera mujer presidenta del sindicato. Después de que The New York Times publicara su investigación sobre Chavez en marzo, Romero ayudó a la UFW a establecer un sistema para que las mujeres contaran sus historias de abusos por parte de Chavez y a iniciar un proceso de reconciliación.

Teresa Romero de pie en un podio.

En la actualidad se ofrece a estas mujeres asesoramiento y una línea de atención para casos de crisis disponible las 24 horas. Los líderes sindicales cuentan con políticas de prevención del acoso sexual que se revisan y actualizan periódicamente, dijo.

“Nunca habría imaginado algunos de los testimonios que hemos escuchado, basándome en mis experiencias personales como mujer en la UFW, y solo puedo imaginar el valor que hace falta para dar un paso al frente y compartir historias como estas”, dijo Romero en un comunicado.

Las entrevistas con mujeres de épocas anteriores dejan claro que los problemas no terminaron con la muerte de Chavez en 1993.

Ese mismo año, Paulina Gonzalez-Brito, hija de una trabajadora de la confección, se unió al sindicato a los 18 años.

Paulina González-Brito de pie en un campo cubierto de hierba junto a un árbol.

Un día, en la oficina de Los Ángeles, contó, un compañero organizador la empujó sobre una silla de oficina y empezó a frotarse contra ella mientras se reía. Acudió a la esposa de un miembro de la junta del sindicato en busca de ayuda.

“Se lo tomó muy a la ligera”, dijo Gonzalez-Brito. “Me dijo: ‘Oh, solo está bromeando’ o ‘Seguro que solo estaba payaseando’”.

Al año siguiente, mientras trabajaba para el sindicato en Delano, California, Gonzalez-Brito dijo que un trabajador agrícola la empujó contra una pared y la besó a la fuerza. Denunció la agresión a un líder veterano de la UFW, quien prometió darle una respuesta, pero no se tomó ninguna medida, según ella.

“Esperas que vivan según sus valores”, dijo Gonzalez-Brito. “Esperas que te protejan porque eso es lo que hace un sindicato”.

En una demanda federal presentada en 1997 en California, dos trabajadoras agrícolas, Leticia Maravilla y Gloria Perales, demandaron al sindicato por acoso sexual. Alegaron que Efren Barajas, quien dirigía la campaña de organización en Watsonville, les había ordenado que ofrecieran favores sexuales a los trabajadores de las plantaciones de fresas como incentivo para que se afiliaran al sindicato.

“Si los trabajadores agrícolas no quieren firmar la tarjeta sindical, acuéstate con ellos —¿a quién le importa si te ensucias un poco?”, le habría dicho Barajas a Maravilla, quien reiteró las acusaciones en una entrevista. Barajas no respondió a las solicitudes de comentarios.

La UFW negó las acusaciones cuando se presentó la demanda, y Huerta dijo en ese momento que se trataba de un intento de la industria de la fresa de descarrilar la organización sindical. Los abogados del sindicato argumentaron que las mujeres no habían agotado sus recursos administrativos antes de recurrir a una demanda, y las demandantes retiraron posteriormente el caso.

Impulsadas por el deseo de ayudar al sindicato a conseguir justicia para los trabajadores agrícolas, muchas de las mujeres con las que habló The New York Times mantuvieron sus historias en secreto durante décadas, incluso dentro de sus propias familias. Muchas dijeron que seguían sufriendo estrés postraumático y pesadillas recurrentes, y describieron su paso por el movimiento como uno de los periodos más devastadores de sus vidas.

Amanda Chavez sentada en un salón junto a una imagen de la Virgen María.

“Es como tener un secreto tan vergonzoso que te sientes responsable de él”, dijo una antigua voluntaria del sindicato, Amanda Chavez, quien no tiene parentesco con Cesar Chavez. Describió un episodio que, según contó, ocurrió en 1991, poco después de unirse al sindicato, cuando un organizador de la UFW la tiró al suelo de un apartamento en Chula Vista, California, la desnudó e intentó violarla, mientras ella se defendía desesperadamente.

Todavía sueña con el ataque. “Siempre es en la oscuridad, estoy en el suelo, hay barro y maleza que me sujeta, y alguien encima de mí, y sé que es él”, dijo.

Una violación en el campo

Liz Sullivan, originaria de los huertos de melocotoneros y los arrozales de Marysville, California, tenía 19 años cuando se unió al sindicato. En 1975, ya había ayudado a establecer un centro de servicios de la UFW en su ciudad natal.

La trasladaron al valle de Coachella en el invierno de 1976. En aquel momento, Coachella era un crisol del movimiento: una vasta y árida extensión del desierto de Colorado conocida por sus palmeras datileras y uvas de mesa, pero famosa entre los organizadores por ser territorio hostil. Los agricultores se resistían con fuerza a la apuesta del sindicato por conseguir contratos laborales.

Después de una reunión de organización en 1977, Sullivan le dió un aventón al hijo de un capataz de una granja cercana y al hijo de un exmiembro del sindicato. Dijo que iban por un camino apartado entre viñedos cuando sus neumáticos se atascaron en el suelo arenoso.

Los dos hombres, quienes habían estado bebiendo cerveza, le exigieron tener relaciones sexuales con ella. Sullivan empezó a correr, pero los hombres la arrastraron por las piernas de vuelta al coche, donde ella dijo que los hombres la obligaron a subir al asiento trasero y se turnaron para violarla.

A duras penas, Sullivan regresó a pie a una casa del sindicato y denunció la agresión a su supervisor, David Martinez, y a una de las directoras, Ruth Shy. En la clínica del sindicato le ofrecieron Valium para calmar sus nervios, pero luego le pidieron que volviera al viñedo a recoger el vehículo del sindicato que había estado conduciendo.

El interior del coche, recordó Sullivan, era una escena repugnante que olía a cerveza y semen. Eso la obligó a revivir la horrible experiencia.

Sullivan dijo que decidió no denunciar la violación a la policía, ya que los veía como hostiles al sindicato y temía que los viticultores utilizaran el episodio para desacreditar el movimiento si se hacía público. Pero varios antiguos miembros del sindicato, incluidos miembros de la junta, dijeron que se les había informado de la agresión.

Aunque el sindicato acabó asignando un guardaespaldas para que acompañara a Sullivan en el campo, otras organizadoras fueron enviadas a la granja donde se había producido el ataque sin protección alguna, dijo ella.

Semanas después de la agresión, en la misma granja, otra organizadora recibió insultos de carácter sexual y los agricultores embistieron su coche, según concluyó la Junta Estatal de Relaciones Laborales Agrícolas en una investigación por prácticas laborales injustas.

Liz Sullivan junto a un arbusto.

Durante ese mismo periodo, circulaba entre los trabajadores agrícolas de la zona un folleto con el dibujo de una organizadora sindical que ofrecía “beneficios” a los trabajadores. La ilustración, que la junta de relaciones laborales determinó más tarde que había sido creada y distribuida por la empresa propietaria del rancho donde ocurrió la violación, sugería que las organizadoras vendían sexo a cambio de votos para el sindicato, en un aparente intento de desacreditar los esfuerzos de organización del sindicato.

Sullivan empezó a contactar directamente a las mujeres para darles consejos de seguridad sobre cómo evitar ir solas a los campamentos de trabajo. Otra organizadora, Phyllis Hasbrouck, sugirió que formaran un grupo de seguridad para mujeres.

Un grupo incipiente de unas ocho mujeres —organizadoras de campo, secretarias y trabajadoras de clínicas, incluida Linda Rodriguez, la hija de Chavez— se reunió para hablar de seguridad y de lo que ellas llamaban la “condición de segunda clase” de las mujeres en el sindicato. Pero poco después de la formación del grupo, se anunció una reunión obligatoria con todo el personal.

Hasbrouck y Sullivan dijeron que se sentaron con el resto del personal en una sala sofocante mientras tres de los principales lugartenientes de Chavez —Eliseo Medina, Marshall Ganz y Jim Drake— procedían a interrogar y atacar verbalmente a las mujeres involucradas en el grupo de seguridad, a quienes acusaron de intentar arruinar el movimiento.

Más tarde, Hasbrouck se vio obligada a dimitir, acusada de contraorganización. Un dirigente sindical se quejó ante otros miembros de la junta de que ella había destrozado su matrimonio con “la liberación femenina y todas esas tonterías”.

“Eso me destrozó”, dijo.

Sullivan dijo que abandonó el sindicato asqueada.

“En lugar de abordar las importantes preocupaciones de seguridad que surgieron a raíz de mi violación”, dijo, la UFW “tachó de ‘contraorganización’ cualquier conversación sobre seguridad”.

En entrevistas recientes, tanto Medina como Ganz dijeron que no recordaban la reunión de todo el personal, aunque sí recordaban haber oído hablar de la violación de Sullivan, y los registros de las reuniones de la junta directiva muestran que los altos dirigentes discutieron tanto sobre el grupo de mujeres como sobre el despido de Hasbrouck. Drake falleció en 2001.

Ganz dijo que no recordaba haber presionado a Hasbrouck para que dimitiera. Sin embargo, afirmó que había llegado a la conclusión de que la dirección del sindicato había ido demasiado lejos al llevar a cabo las purgas de Chavez contra aquellos que él consideraba desleales o ineficaces.

“Eliseo, yo y otros, hubo un momento en el que deberíamos haber alzado la voz y haberle plantado cara”, dijo Ganz. “Nos convencimos a nosotros mismos de que, de alguna manera, esto pasaría porque el trabajo que estábamos haciendo tenía mucho valor”.

Una cultura de abuso

Chavez estaba en el centro de la cultura de sexismo y abuso del sindicato. Después de que el Times publicara el relato de mujeres que afirmaron haber sido acosadas repetidamente por el líder sindical cuando eran menores de edad, varias más dieron un paso al frente y dijeron que a ellas también las habían presionado para que mantuvieran relaciones sexuales con Chavez cuando eran jóvenes en el movimiento. Muchas siguen sin querer compartir sus historias públicamente, y algunas temen la condena de sus propias familias.

Romero Torres, quien se había quejado de su jefe, dijo que también había sufrido acoso por parte de Chavez.

A las pocas semanas de su llegada a la sede del sindicato, dijo, Chavez empezó a llamarla para que hiciera tareas nocturnas en su oficina, donde intentó besarla, le dijo que quería que tuviera hijos con él y le propuso repetidamente retirarse a un apartamento secreto, financiado por el sindicato, donde pudieran estar a solas.

Ella se dio cuenta de que él no haría nada respecto a los hombres del sindicato que le hacían insinuaciones no deseadas cuando él mismo se comportaba de manera similar.

“Tuve que renunciar a lo que más quería en el mundo”, dijo, “por culpa de todos esos hombres a los que no les importaba lo mucho que me hicieron daño”.

El esposo de Romero Torres, Henry Torres, que en aquel momento trabajaba en el sindicato, dijo que en aquel momento tenían poco de haberse conocido, pero que ella le había contado algunas de sus quejas. Dos antiguos trabajadores del sindicato recordaron que a Romero Torres la citaban con frecuencia en la oficina de Chavez, pero el Times no pudo verificar de forma independiente su relato sobre las burlas de su antiguo supervisor, que, según ella, “me aterrorizaban”.

El supervisor negó haber hecho tales comentarios, calificó su relato de “calumnioso” y “disparates”, y se negó a hacer más comentarios.

Otras mujeres han denunciado acoso similar. Clara Solis, quien también trabajó para el sindicato en la década de 1970, dijo que a ella y a otra trabajadora un miembro de la junta del sindicato les ofreció alojamiento en una caravana durante un mes durante una huelga de hortalizas en Calexico, California, en 1979. Dijo que una noche se despertaron y se encontraron con que el hombre se había metido en la cama con ellas. En otra ocasión, dijo, otro miembro del personal del sindicato intentó obligarla a mantener relaciones sexuales, y aunque ella escapó, él le advirtió que guardara silencio al respecto. “Me dijo: ‘Si se lo cuentas a alguien, mataré a tus padres. Sé dónde vives’”, dijo.

No hay pruebas de que Chavez diera explícitamente luz verde a ninguno de los hombres que trabajaban para él para que agredieran a las mujeres. Pero a menudo desestimó o restó importancia a las acusaciones que las mujeres formularon contra esos hombres. Y las grabaciones de archivo de reuniones con ejecutivos de la UFW de la década de 1970 muestran a Chavez participando en discusiones desenfrenadas en las que a menudo menospreciaba a las mujeres con chistes misóginos e insultos.

Un pintoresco camino de tierra serpentea entre un campo y los árboles.

En las grabaciones, Chavez utilizaba repetidamente insultos contra las mujeres, incluida Huerta, a quien ordenó que “se callara” y a la que llamaba “estúpida” o “maldita zorra” cuando ella lo desafiaba. Incluso mientras mantenía múltiples aventuras extramatrimoniales, le dijo a la junta que su esposa, Helen, estaba recibiendo llamadas anónimas de mujeres que, según él, mentían sobre tener una relación romántica con él para sabotear el sindicato.

“Mi matrimonio está en crisis ahora mismo”, dijo. “Esto es lo que hacen”.

Tanto él como Huerta acusaron a algunas de las mujeres del sindicato de actuar como manipuladoras, informantes o agentes sexuales con la intención de socavar la lealtad dentro del movimiento.

“Los están alborotando, se acuestan con ellos, están entablando una segunda relación”, dijo Huerta.

Chavez acusó a una enfermera del sindicato, Caitlin McCarthy, de ser una agente peligrosa y de inventar una denuncia de violación contra su antiguo supervisor, Marcos Muñoz. Las grabaciones de una reunión de la junta muestran a Huerta y a otros aparentemente restando importancia a la supuesta denuncia de violación. “Ella violó a Marcos, eso es lo que pasó”, bromeó un miembro masculino de la junta. “Fue al revés”. Se oyen risas entre los presentes en la sala, incluida una breve carcajada de Huerta, quien dejó claro que pensaba que McCarthy era una infiltrada, no una víctima.

McCarthy dijo en una entrevista que nunca había presentado una denuncia por violación contra Muñoz, quien falleció en 2021, aunque había sufrido un trato abusivo y sexista mientras trabajaba para él. Cuando Chavez la despidió, acusándola de ocultar su verdadera identidad, le costó entender lo que sucedió. Una vez al año, le escribía una carta a Chavez, haciéndole la misma pregunta: “¿Qué hice mal?”

Un retrato de Caitlin McCarthy.

La propia Huerta fue blanco constante de abusos verbales por parte de muchos de los líderes masculinos del sindicato, en particular de Chavez. Los líderes sindicales masculinos a menudo restaban importancia, menospreciaban o se atribuían el mérito de su trabajo, según muestran las entrevistas y las grabaciones de las reuniones de la junta directiva. Algunos de ellos la criticaban por ser demasiado firme en lo que respecta a la “liberación femenina”.

En una entrevista, Huerta habló de lo difícil que fue trabajar en lo que describió como la antigua “cultura misógina” de la UFW y mencionó varios casos en los que había tomado medidas ante denuncias de acoso sexual y había ascendido a mujeres a puestos de liderazgo.

“Tengo que decir que, en mi conciencia, desde el primer día que estuve en la organización, siempre defendí a las mujeres”, dijo Huerta, y añadió: “porque así es como me criaron. Me crió una madre soltera, mi madre, quien siempre defendió a las mujeres”.

El legado del abuso

Varias de las mujeres que dijeron haber sufrido abusos por parte de hombres guardaron sus recuerdos para sí mismas durante años. Pero algunas se negaron a permanecer en silencio.

“Quiero que me escuchen”, dijo Amanda Chavez, quien describió el intento de violación de 1991, en una entrevista. “Todavía tengo esta rabia dentro de mí, este dolor, y me consume”.

En 1994, Sullivan empezó a escribir en diarios sus recuerdos sobre la violación en el viñedo. Las pesadillas y los flashbacks en los que pensaba que los hombres estaban a punto de matarla seguían siendo vívidos, dos décadas después.

Decidió escribir a su antiguo supervisor, Martinez, exigiendo un ajuste de cuentas.

“Me gustaría invitarte a reflexionar sobre la cultura de organización que existe en la UFW”, escribió en enero de 1996. “Cuando las personas fusionan su identidad con la de un único líder, cuando nos convertimos en “chavistas”, cuando subordinamos las relaciones individuales a la causa de la justicia, traicionamos nuestra propia dignidad humana”.

Sullivan dijo que Martinez respondió de inmediato, disculpándose por cómo la habían tratado los líderes sindicales. (Martinez se negó a hacer comentarios, al igual que Shy). Sullivan, en cualquier caso, quería que se rindieran cuentas a un nivel superior. Entonces escribió a Arturo Rodriguez, quien había sucedido a Chavez como líder del sindicato, amenazando con hacer público el asunto si no recibía una respuesta oficial. Tras la carta, dijo Sullivan, Rodriguez envió a Huerta a reunirse con ella en su casa. Pero la reunión no fue el momento de reconciliación que Sullivan había esperado.

Sullivan dijo que la conversación fue respetuosa y que Huerta le escribió más tarde, en una carta a la que tuvo acceso el Times, diciendo que entre los dirigentes del sindicato había preocupación y simpatía por ella. Pero Sullivan dijo que sintió que Huerta se había negado a responsabilizar al sindicato, diciéndole que la violación era “simplemente algo que los hombres les hacen a las mujeres”.

Tras la reunión, Sullivan envió una carta de seguimiento a Huerta.

“Creo que la violación fue una forma de intimidación utilizada por los agentes de los agricultores para silenciarme”, escribió. “La UFW estaba enzarzada en una batalla con los agricultores del Valle de Coachella. La violación en el contexto de una batalla es un crimen de guerra, no ‘simplemente algo que los hombres les hacen a las mujeres’”.

Huerta dijo que no recordaba haberse reunido con Sullivan ni haber dicho nada que restara importancia sobre las violaciones.

Pero Huerta dijo que a los líderes masculinos de la organización a menudo no les interesaba investigar la conducta sexual inapropiada ni reprender a los hombres acusados de acoso. En la década de 1980, dijo Huerta, trabajó con otra mujer para recopilar denuncias de mujeres que habían sufrido sexismo. Dijo que se entregó un informe con los resultados a los dirigentes del sindicato. “Nunca vio la luz”, dijo Huerta.

Antes, en la década de 1970, Huerta se enteró que un dirigente sindical le dijo a una trabajadora agrícola que la única forma de que ella recibiera su paga semanal era acostándose con él. “Se lo planteé a la junta, para que todos los miembros supieran que este tipo se negaba a darle a una mujer su paga porque ella no quería acostarse con él”, dijo Huerta. Chavez interrumpió la reunión de la junta y se llevó a la líder sindical a un lado para dar un paseo con él. Pero al final, añadió, la denuncia no se tomó en serio.

“Eso fue todo: un paseo por el parque”, dijo.

El sexismo, dijo, era una constante. En algunas de las reuniones de la junta, dominadas por hombres, ella contaba los comentarios degradantes e insultantes. “Cada vez que hacían un comentario sexista, ponía un pequeño guion en mi papel”, dijo. “Al final de la reunión, dije: ‘Tengo un anuncio que hacer. Durante el transcurso de esta reunión, han hecho 58 comentarios sexistas’”.

Un mural representa a Cesar Chavez rodeado de trabajadores agrícolas en los campos, con flores.

Rodriguez, quien se convirtió en el líder del sindicato en 1993, dijo en un comunicado que el movimiento dependía en gran medida de sus organizadoras y activistas y que él había intentado crear un “ambiente de respeto”.

“Nuestro movimiento, al igual que otros movimientos por los derechos civiles y laborales de la época y, en general, en este país, ha tenido dolorosas deficiencias”, añadió. “La cultura de la organización ha evolucionado con el tiempo. Hoy en día, la UFW y muchos de sus aliados en el movimiento están liderados por un grupo diverso de mujeres, con las que muchas de las cuales tuve el privilegio de trabajar”.

Romero Torres, que ahora tiene 66 años y está jubilada, dijo que estaba a años luz de ser la trabajadora sindical de 17 años quien fue amenazada y acosada.

Había pasado décadas intentando comportarse de manera que evitara la atención no deseada y los acosos. Ahora, dijo, quiere que las mujeres puedan ser amables y alegres sin que los hombres vean esos rasgos como una invitación. Imagina una simple reunión en la que las mujeres del movimiento puedan simplemente abrazarse y sanar.

“Sería tan bonito si pudiéramos reunirnos todas en algún sitio”, dijo. “Ni siquiera hace falta que hablemos de ello”.

Manny Fernandez es el editor general de California para el Times. Anteriormente fue editor político adjunto y pasó más de nueve años cubriendo Texas como jefe de la oficina de Houston.

Sarah Hurtes es una reportera del Times que trabaja en investigaciones internacionales desde Bruselas.

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