La apuesta por el litio prometía soberanía energética y desarrollo industrial, pero los resultados aún no cumplen las expectativas iniciales
La semana pasada comentábamos en este espacio cómo dos materiales aparentemente comunes, el silicio y el litio, se han convertido en pilares fundamentales de la transición energética.
El primero es indispensable para la fabricación de paneles fotovoltaicos; el segundo, para las baterías que alimentan vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía. Ambos están llamados a desempeñar un papel central en el nuevo modelo energético que se desarrolla en todo el mundo.
Precisamente alrededor del litio surgió en México una de las iniciativas más ambiciosas de los últimos años: la creación de Litio para México (LitioMx), la empresa estatal concebida para impulsar el aprovechamiento de un recurso considerado estratégico para el futuro energético del país.
La decisión fue anunciada en 2022 como un paso histórico para garantizar la soberanía nacional sobre este mineral. Cuatro años después, vale la pena preguntarse qué resultados ha producido aquella decisión.
El problema nunca ha sido la existencia del litio. El verdadero desafío ha consistido en demostrar que puede extraerse de manera técnica y económicamente viable.
A diferencia de otros países productores, donde el mineral puede obtenerse mediante procesos ya consolidados, los principales depósitos identificados en México, particularmente en Sonora, presentan condiciones mucho más complejas para su aprovechamiento. Su explotación requiere procesos intensivos, elevados consumos de agua y energía, así como tecnologías que todavía enfrentan importantes desafíos económicos.
En otras palabras, tener litio no significa necesariamente poder producirlo de forma competitiva.
Antes de la creación de LitioMx, el proyecto más avanzado era el de Bacanora Lithium, posteriormente controlado por la empresa china Ganfeng Lithium. Aunque el yacimiento fue presentado como uno de los más importantes del mundo, su viabilidad económica siempre estuvo sujeta a debate. Los avances fueron lentos y la posterior intervención del Estado añadió nuevos elementos de incertidumbre para los inversionistas.
A pesar de ello, el gobierno decidió crear una empresa estatal con la misión de desarrollar una industria que todavía no había demostrado plenamente su factibilidad comercial.
La situación actual resulta reveladora. Hasta donde existe información pública, LitioMxno registra producción comercial significativa. Su estructura organizacional permanece reducida y los recursos asignados se han destinado principalmente a gastos administrativos, estudios técnicos, asesorías y actividades de evaluación.
Naturalmente, la exploración y evaluación de recursos minerales son actividades necesarias. Ningún país desarrolla nuevas industrias sin invertir previamente en conocimiento geológico, investigación y tecnología. El problema surge cuando las expectativas políticas avanzan más rápido que la realidad técnica.
La historia económica ofrece numerosos ejemplos de proyectos que confundieron potencial con viabilidad. La existencia de un recurso puede generar entusiasmo y titulares, pero únicamente la capacidad de explotarlo de manera rentable permite transformarlo en riqueza para una nación.
México podría contar con recursos de litio importantes y eventualmente desarrollar tecnologías capaces de aprovecharlos en condiciones competitivas. Esa posibilidad existe y merece ser explorada. Sin embargo, los resultados observados hasta ahora están lejos de las expectativas que acompañaron el nacimiento de LitioMx.
La experiencia deja una lección que trasciende al sector minero. En materia de energía y recursos naturales, las buenas intenciones no sustituyen a la ingeniería, la geología ni a la economía. Se puede crear una empresa mediante decreto. Lo que no puede decretarse es la viabilidad de un negocio.
Cuatro años después de su creación, LitioMx continúa recorriendo el largo camino que va del decreto a la realidad.
@tincprou








