Jornada de búsqueda en Sonora arroja 6 nuevos hallazgos en Nogales. Familias recorren 213 kilómetros en Caborca entre restos descuartizados y fosas clandestinas.
Ollinka Méndez – Federico Anaya / TV AZTECA
La primera etapa de la jornada de rastreo en el estado de Sonora ha concluido con un saldo aterrador que confirma la crisis de violencia en la región. En el municipio de Nogales, las brigadas de familiares lograron extraer seis cadáveres que permanecían ocultos en dos excavaciones ilegales.
Este punto geográfico ya había dado señales de su peligrosidad anteriormente, pues en fechas recientes se contabilizaron 16 descubrimientos en ese mismo perímetro. La labor es extenuante; los participantes describen el agotamiento físico de trasladarse de un municipio a otro sin descanso, impulsados únicamente por la necesidad de justicia.
Identidad y memoria: El anhelo de devolver a los hijos a casa
El horror tomó una forma específica durante la recuperación del último cuerpo en esta zona. Los buscadores informaron que se trataba de un hallazgo reciente, lo que permitió distinguir tatuajes en la piel, pero la escena era desgarradora: la víctima fue localizada descuartizada, con las extremidades y la cabeza separadas del torso.
Este tipo de encuentros genera sensaciones contradictorias en los colectivos, quienes sienten la satisfacción de haber cumplido el objetivo de localización, pero experimentan una profunda tristeza al confirmar que sus seres queridos terminaron sus días en condiciones de extrema violencia.
Un camino de 213 kilómetros movido por el amor y la esperanza de encontrar a hijos desaparecidos
La bitácora de dolor se trasladó al segundo punto crítico de la entidad: el desierto de Caborca. En este territorio, las familias han avanzado un trayecto de 213 kilómetros bajo condiciones difíciles.
Los nombres de los ausentes resuenan en cada paso: madres y padres buscan a Miguel Ángel Sánchez R., Joaquín Demetrio Martínez Liva, Juan de Dios Salazar y Edgar Enrique. Algunos mantienen la esperanza de encontrarlos en situación de calle, mientras otros, con la fe puesta en su labor, solo desean recuperar los restos para devolverles la dignidad y llevarlos de regreso a su hogar.
En esta área, el escenario cambia pero la tragedia persiste. Los colectivos identificaron zonas donde los restos no se encuentran enterrados, sino dispersos sobre la superficie. Según los testimonios, los enfrentamientos armados ocurridos en el pasado dejaron a muchas personas expuestas y olvidadas en el terreno, sin que ninguna autoridad acudiera a recogerlas.
En un punto específico, la intervención de la fauna local distribuyó los fragmentos óseos, por lo que los buscadores tuvieron que recolectar partes aisladas, como cráneos, que coincidían con denuncias previas realizadas ante el grupo de búsqueda.
La esperanza de un regreso a casa
A pesar del ambiente de muerte que rodea estos recorridos, la motivación de los grupos de búsqueda se mantiene intacta. La meta es clara: traer a sus “tesoros” de vuelta, sin importar si el reencuentro ocurre con vida o tras un penoso proceso de identificación forense.
El hallazgo de huesos y cuerpos incompletos es recibido con plegarias, con la promesa de que el próximo día de trabajo traerá más resultados positivos. La jornada continúa en medio del polvo y el silencio oficial, donde cada fosa abierta representa una verdad desenterrada.
El sentimiento de quienes encabezan estas acciones es una mezcla de agotamiento extremo y una voluntad inquebrantable que desafía la geografía de Sonora.
Mientras los restos sigan apareciendo en las brechas y los cerros, las familias seguirán marchando para terminar con la incertidumbre que los acompaña desde el día de las desapariciones.
ENLACE: La promesa de las madres que recorren kilómetros para encontrar a sus hijos en Sonora











