Por primera vez, la justicia estadounidense ha puesto la mirada directamente sobre uno de los hombres que formaron parte del núcleo duro de la 4T.
Y lo que está en juego ya no es solo el destino de un político: es la posibilidad real de que el segundo piso de este proyecto se construya sobre instituciones limpias o sobre los mismos vicios que prometió combatir.
Hace ya varios días que Rocha Moya pidió licencia. Desde entonces, nadie sabe con certeza dónde se encuentra. No se sabe si está vivo, si está enfermo o si, simplemente, eligió desaparecer. En Culiacán, el silencio es ensordecedor.
Durante décadas, en varios estados del país existió un pacto no escrito: el narco generaba dinero y los políticos y élites locales miraban hacia otro lado, siempre y cuando el fuego se mantuviera dentro de “sus asuntos”.
Ese pacto se rompió. El crimen organizado dejó de conformarse con controlar el negocio y pasó a controlar gobiernos enteros. Y algunos políticos, creyendo que podían usar al narco, terminaron siendo usados por él.
La 4T no creó este problema, eso es cierto. Lo heredó de sexenios anteriores. Pero también es verdad que la estrategia de “abrazos, no balazos” de AMLO , terminó por agravar la podredumbre.
Claudia Sheinbaum ahora tiene frente a sí una decisión histórica: puede atrincherarse en una defensa reactiva o puede usar esta crisis como la oportunidad de oro para limpiar el Estado mexicano.
Estados Unidos tiene en su poder una lista que, según se rumora, supera los cincuenta nombres. Solo diez corresponden a Sinaloa, pero vendrán más. De otros estados. De otros niveles de gobierno. Tal vez incluso del ámbito federal.
Jugar la carta de la soberanía puede funcionar una vez. Dos veces, quizás. Pero no resistirá la llegada sistemática de expedientes. El costo, a la larga, será mucho mayor que cualquier daño coyuntural.
Existe una salida inteligente: extraditar a los diez sinaloenses que Washington reclama, a cambio de que México se comprometa a juzgar con severidad a los otros cincuenta. Es un sofisticado movimiento de ajedrez. Cedes unas piezas para ganar la iniciativa y limpiar tu propio tablero.
Esta crisis, vista con frialdad, es la mejor oportunidad que tiene Claudia Sheinbaum para pasar a la historia como la presidenta que rompió el pacto de impunidad. Tiene legitimidad, tiene tiempo —veinte meses transcurridos de setenta y dos de su sexenio — y cuenta con el apoyo popular en materia de seguridad.
Lo único que necesita es decisión. Porque si algo ha quedado claro con el caso Rocha Moya es que el segundo piso de la 4T no se construye protegiendo a los intocables del pasado. Se construye depurando, sin miedo, las instituciones que se supone deben servir al pueblo.








