El equipo de Luis Enrique, con un gol de Dembélé y una exhibición en el arte de la presión en bloque bajo, frustra al Bayern en el Allianz Arena
Las dos aficiones despidieron a sus jugadores como a héroes. Puesta en pie de principio a fin, la hinchada de Baviera saludó a su equipo eliminado con la gratitud debida a unos deportistas que trascendieron los deberes contractuales para imprimir una imagen difícil de olvidar, un mosaico estrepitoso de coraje, belleza y generosidad, tejido a medias con sus adversarios de París. A los vencedores los jalearon 4.000 excursionistas cantores, atentos a Luis Enrique que vestido de negro riguroso agitaba los puños en el paroxismo de la felicidad, y se abrazaba con Dembélé, con Marquinhos, con Pacho, líderes del mejor ataque del mundo en París y caciques de la mejor defensa que existe en el desenlace de Múnich. Juntos disputarán su segunda final de Champions consecutiva el próximo 30 de mayo en Budapest. Ahí los espera el Arsenal de Mikel Arteta.
BAYBayern

1
Manuel Neuer, Jonathan Tah (Kim Min-Jae, min. 67), Dayot Upamecano (Lennart Karl, min. 84), Konrad Laimer, Josip Stanisic (Alphonso Davies, min. 66), Luis Díaz, Michael Olise, Jamal Musiala (Nicolas Jackson, min. 78), Aleksandar Pavlovic, Joshua Kimmich y Harry Kane
PSGPSG
1

Matvey Safonov, Nuno Mendes (Senny Mayulu, min. 84), Marquinhos, Warren Zaïre-Emery, Willian Pacho, João Neves, Vitinha, Fabián Ruiz (Beraldo, min. 75), Ousmane Dembélé (Bradley Barcola, min. 64), Khvicha Kvaratskhelia y Désiré Doué (Lucas Hernández, min. 75)
Goles 0-1 min. 2: Ousmane Dembélé. 1-1 min. 93: Kane
Arbitro João Pinheiro
Tarjetas amarillas Nuno Mendes (min. 7), Jonathan Tah (min. 32), Khvicha Kvaratskhelia (min. 47), Luis Díaz (min. 77), Marquinhos (min. 85), Joshua Kimmich (min. 96)
El Allianz Arena temblaba con el aliento de millares de hinchas excitados por el recuerdo del 5-4 en un griterío ensordecedor que anticipaba lo que imaginaban que verían en unos instantes. Quizás de tanto vislumbrar cosas que todavía no existían la muchedumbre, incluidos los jugadores sobre el campo, se dejó arrastrar por el vendaval emocional cuando a los dos minutos de partido Pacho le dio una pelota a Kvaratskhelia con ese aplomo suyo de hombre de Esmeralda. Tan aferrado a la realidad vive Pacho que solo puede vivir en un presente de alarma. Suelta la pelota, Laimer fue a marcar al georgiano cuando tiró la pared con Fabián, y la presión se rompió. Kvaratskhelia corrió a la espalda del lateral en un duelo que Upamecano entabló con la misma ventaja aerodinámica con que un elefante persigue a una pantera. Con tiempo para elegir, Kvaratskhelia dejó solo a Dembélé en el segundo palo. El repliegue de Stanisic y Tah fue en vano. El francés fusiló a Neuer y la hinchada local emitió un ruido sordo de multitud desorientada.








Luis Enrique cumplió. En lugar de especular con la ventaja mínima de la ida, lanzó a su equipo al ataque. Hizo caja en el primer embate y el impacto que provocó tuvo repercusiones de todo tipo. Primero, psicológicas. A las primeras de cambio, los jugadores del Bayern se vieron obligados a marcar tres goles para poner la eliminatoria de su lado. En segundo lugar, el tanto de Dembélé situó al PSG en un escenario de dominio profundo de la situación. Sin contar con Hakimi, lesionado en la batalla de París, pero con la contribución de Zaïre-Emery en el lateral derecho, la línea que forman Pacho, Marquinhos y Mendes es la zaga más implacable de Europa en las acciones directas. Si en campo abierto en maniobras de presión adelantada son los más eficaces, cuando se meten en su área bajo la protección de Vitinha, Neves y Fabián, se vuelven impenetrables. Un búnker orgánico al que se adhirieron con naturalidad los tres atacantes.
“Esto demuestra lo grandes que somos”, dijo Pacho en Movistar, herido en su orgullo después de las críticas que atribuyeron el 5-4 de la ida a errores defensivos más que al poderío de los atacantes implicados. “En París me quedé con la sensación de que pude hacer más pero eso nos ayudó a mejorar defensivamente en la vuelta. Vinimos a ganar, pero después del gol de Kvaratskhelia supimos sufrir . Este equipo demostró que cuando tenemos que atacar atacamos todos y cuando hay que sufrir, sufrimos todos”.
El adiestramiento de años reforzó la convicción del PSG. Acostumbrados como están a presionar al hombre en situaciones de máximo riesgo en campo contrario, los jugadores del equipo francés demostraron que con las mismas herramientas, si se encierran en bloque bajo, se vuelven impermeables. Cuando el Bayern los empujó a esa situación, lo que se encontraron Kane, Díaz y Olise fue mucho más que un autobús. Fue un camión con doble tráiler. Hasta Dembélé, el Balón de Oro, se comportó como un marcador furibundo dispuesto a cerrar la última brecha. La primera parte concluyó con un solo tiro a puerta del Bayern, a cargo de un Musiala que enganchó un balón desde fuera del área y lo envió al ángulo inferior derecho. Lo detuvo Safonov.
Las inercias del partido conspiraron contra los futbolistas del Bayern. Estresados por la necesidad de remontar, empujados a precipitarse por una afición anhelante, cada contratiempo se convirtió en un escollo insalvable y cada contragolpe de Kvaratskhelia en un derroche de energía imposible de recuperar. Si en París la jerarquía técnica favoreció a los que tuvieron la pelota en su poder, bajo el peso de la ansiedad, con el tiempo en contra, Olise y Díaz se vieron abocados a un combate desigual. El duelo de Olise con Mendes reeditó acciones inolvidables por el virtuosísimo del marcaje como por la pureza de las fintas. Lo mismo ocurrió con Díaz y Marquinhos, de vuelta enfrentados en una sucesión inagotable de desafíos condenados a encumbrar el colectivismo del PSG. Cada vez que ganaron los extremos se encontraron con que Vitinha, o Neves, o Pacho, pegamento físico y moral de un equipo irreductible.
A la semifinal solo le restó rendir homenaje a Harry Kane, autor de un golazo de cierre. Gesto imperativo a la media vuelta, empate 1-1 y broche al capítulo más glorioso de la temporada futbolística que se agota. Kane lloró desconsolado cuando el árbitro pitó el final. Tendrá ocasión de cobrarse revancha en pocas semanas, cuando se ponga el brazalete de capitán de Inglaterra. Pero será muy difícil que la Copa del Mundo que comienza el mes que viene iguale el nivel demostrado por Bayern y PSG en una semifinal de Champions destinada a marcar una época.










