La acusación contra el gobernador de Sinaloa ha sido el tema incómodo en un Congreso convocado para ungir a Ariadna Montiel como nueva cabeza de Morena
Ernesto Nuñez
La silla que se le había asignado a Rubén Rocha Moya, en el templete del Congreso Nacional de Morena, quedó vacía. El gobernador de Sinaloa, quien solicitó licencia para ser investigado, no acudió al cónclave en el que el partido
Las acusaciones por vínculos con el narco del fiscal del distrito sur de Nueva York en contra del gobernador con licencia, el senador Enrique Inzunza, el alcalde de Culiacán Juan de Dios Gámez Mendívil, y seis personas más, han descolocado al partido en el Gobierno, que afronta con incomodidad una realidad insoslayable: la corrupción se ha infiltrado en el movimiento. Quizás por eso, la nueva presidenta nacional, Ariadna Montiel, dedicó la parte medular de su primer discurso a tratar de ahuyentar ese fantasma. Primero, con la promesa de cerrar la puerta a los perfiles impresentables, y segundo, con el socorrido discurso del intervencionismo extranjero al que la presidenta Claudia Sheinbaum ha recurrido en los últimos días.
“Esta dirigencia no tolerará corrupción en ningún gobierno de Morena. Es momento de hacer examen de conciencia y, si alguien detecta corrupción en su gobierno, hay que hacer a un lado a quien esté en estas prácticas”, dijo Montiel frente a 22 gobernadores, una docena de dirigentes que ocupaban una silla en el presídium y ante los 1.830 congresistas reunidos en un salón del World Trade Center. Muchos de los presentes aspiran a una de las 2.000 candidaturas que estarán en juego en los próximos meses para competir en las elecciones federales y locales de 2027 y, a ellos, Montiel les advirtió que todos los aspirantes deberán tener una trayectoria impecable. “Así que escuchen bien, si tenemos certeza de que alguien comete un acto de corrupción, aunque haya ganado la encuesta, no será candidato”, mencionó, sin hacer referencia a ninguno de los escándalos que recientemente han empañado la imagen de Morena.
Escuchaban a la nueva dirigente algunos de los protagonistas de esos casos: el senador Adán Augusto López, que prefirió evadir a la prensa; el secretario de Educación, Mario Delgado, quien como dirigente de Morena fue el artífice de la campaña de Rocha Moya; y otros gobernadores polémicos, como el tamaulipeco Américo Villarreal, quien también se paseaba entre la militancia; Andrés Manuel López Beltrán, el hijo del expresidente que, contra todo pronóstico, logró mantenerse como secretario de Organización; el secretario Marcelo Ebrard, renuente a explicar por qué su hijo pudo hospedarse durante meses en la embajada de México en Reino Unido; el senador Gerardo Fernández Noroña y el diputado Ricardo Monreal, señalados por sus viajes y lujos, que contrastan con el discurso de la austeridad. “En Morena los corruptos no tienen cabida”, aseguró Montiel frente a todos ellos, “lo que está en juego, escúchenlo bien, es la autoridad moral y política que nos dio la legitimidad para llegar al poder”.
Sin embargo, la nueva lideresa ha sido más firme a la hora de denunciar las supuestas intenciones de la oposición al alentar y celebrar la injerencia de Estados Unidos en México. No mencionó las palabras Sinaloa, Donald Trump o Rubén Rocha, pero todos los presentes entendieron a lo que se refería cuando alertó: “Respecto a los recientes acontecimientos, manifestamos que estamos siempre del lado de la justicia y la honestidad, pero rechazamos la hipocresía de quienes lanzan acusaciones con fines políticos para abrir la puerta a la injerencia extranjera. La oposición se muestra cada vez más como lo que es, entreguista, apátrida y contraria al interés nacional; son traidores a la patria, saben bien que en las urnas no tienen posibilidades, por eso han optado por promover la intervención extranjera como principal estrategia política”.
En ese juego retórico coincidieron la lideresa saliente, Luisa María Alcalde, y el presidente del Consejo Nacional de Morena, Alfonso Durazo, en sus discursos. Ambos dirigentes apelaron a la defensa de la soberanía para evadir el delicado expediente de la narcopolítica, y llamaron a un cierre de filas con la presidenta, en momentos en los que, según ellos, es clara la amenaza del intervencionismo y la estrategia de panistas y priistas al celebrar el proceso abierto contra Rocha en Nueva York. “No podemos ignorar que hay quienes quisieran ver a México arrodillado, sometido y entregado”, alertó Alcalde. “Vemos la gozosa abyección de representantes de fuerzas políticas internas frente a esas presiones intervencionistas”, señaló Durazo.
Ninguno de los oradores mencionó a Rubén Rocha Moya por su nombre, y los organizadores se cuidaron de retirar la silla reservada para Sinaloa en el presídium, antes de que comenzara el Congreso Nacional.
La pugna interna por las candidaturas fue el otro fantasma que rondó en el VII Congreso Nacional de Morena, al que llegaron pequeños grupos que se manifestaron a las afueras del recinto. “Respeto a la militancia de Morena, no a la imposición de candidatos en la CDMX”, se leía en una manta desplegada por la coordinadora de comités de defensa de la transformación en la alcaldía Cuauhtémoc.
En folletos entregados a los asistentes, otro grupo morenista resumió en cuatro puntos su propuesta para la celebración de las encuestas: piso parejo, transparencia en el levantamiento, certeza de que un aspirante pueda participar solo en una encuesta y claridad en los sondeos que definirán las más de 2.000 candidaturas municipales y locales.










