Partera de más de 2 mil hijos ajenos. Comadrona desde ayer del suyo propio. La alegoría de la tierra como madre es recurrente en las mitologías, debido a su fecundidad. Pero en México da a luz cadáveres y restos humanos. Y son las que los trajeron al mundo de los vivos quienes ahora los desentrañan muertos. A Ceci le desaparecieron dos hijos: uno en Sinaloa; otro en Sonora. Los ha buscado sin cesar desde que dejó de verlos. Y ha cobijado a muchas otras en sus mismas circunstancias. La asociación que creó con las buscadoras de Sonora se ha extendido ya a nivel nacional.
Se trata de procurar agujas en los desiertos. Tierras yermas hasta para los encuentros. Partos complicados todos. ¿Cuántos kilómetros recorridos? ¿Cuántas zanjas cavadas? ¿Quién habría podido dar a Cecy las coordenadas correctas? Calle 26, kilómetro 46 de la zona rural de Hermosillo. ¿Cómo adivinar un punto tan específico? La constancia sustituye a la clarividencia. “Un día tenía que encontrarlo, a eso he dedicado mi vida”. Ceci creía hasta ayer en el esfuerzo como inversión. Pensó que su tesón le merecería un premio equivalente. Lo buscaba con los ojos hacia el suelo, pero deseaba mirarlo cara a cara. Al encontrarlo, hablaba desde la decepción, lamentaba no haber tenido un premio de consolación; decía merecer “al menos un cadáver completo”.
Pero no hay meritocracia para las madres buscadoras. Tampoco hay justicia ni solidaridad. Son amenazadas, desatendidas y hasta criticadas. Todo a pesar de que tenemos tanto que aprenderles. Son, sin duda, uno de los movimientos sociales más estremecedores de nuestro país. Buscan a sus hijos, al tiempo que subsidian las acciones que no realiza el Gobierno. Se han especializado a fuerza de equivocarse. Transfieren conocimiento, acompañan, proponen política pública y peinan el país entero, pala en mano, con un propósito firme, aunque el resultado casi nunca es el que esperan.
Ceci Flores por fin pudo decirle a uno de sus hijos, convertido ya en huesos: “Vámonos a casa”. Sigue el otro que probablemente espera en algún paraje igualmente insospechado de Sinaloa. Siguen miles más porque en este país a los jóvenes se los traga la tierra.









