En los municipios predominan las expresiones multiculturales donde se aprecia la gran diversidad cultural que permite la interacción entre comunidades, configurando una realidad que reclama formas, modelos y prácticas de gestión acordes con las exigencias sociales en nuestro tiempo.
Por ello se necesita cada vez más que la multiculturalidad sea gestionada desde planteamientos que favorezcan una convivencia pacífica y armoniosa entre todos los seres humanos.
Se trata de convivir no de coexistir sin más, de establecer una lucha conjunta que permita construir espacios comunes que desarrollen proyectos que sean mejores para todos, más inclusivos, abiertos a la otredad y que nos permitan reconocer el conocimiento, la capacidad, la congruencia y el compromiso de los actores políticos actuales, con la posibilidad de desarrollar de verdad un ejercicio de ciudadanía, para fomentar la reflexión colectiva en un modelo de los diferentes grupos de participación social.
Los pensamientos, los sentimientos y las vivencias existentes hoy en día acerca de la diferencia, en el escenario político en Sonora, desde una mirada interna y externa sobre la misma y, a través de un viaje al pasado y al presente, plantea y responde a diversas interrogantes, con el fin de proyectar una realidad basada en la resignación vista como una droga que nos conduce en una misma línea en la toma de decisiones, sin considerar la oportunidad de construir un futuro inmediato que ayuda en configurar una región abierta al cambio, a la práctica de la inclusión, a desarrollarnos interculturalmente.
La ciudadanía requiere de una adecuada formalización de educación ciudadana y de legalidad, contrario a lo anterior seguiremos opinando desde una posición a priori y lamentablemente muy empírica sin argumento alguno, resquebrajando el ejercicio de participación ciudadana en los procesos electorales de la sociedad mexicana.
Pienso que es el momento de la inclusión y del reconocimiento de la capacidad política, como del valorar el liderazgo personal de cada candidato desde una posición ciudadana, ambos personajes vistos como ciudadanos han demostrado ser institucionales, con capacidad, conocimiento, congruencia y compromiso en sus diversas responsabilidades de elección popular como las del mismo partido político al que pertenecen.
Como ha señalado Martínez Guzmán (2001), no tener en cuenta a las minorías y/o colectivos, por razones ligadas a variables diferenciales, supone la creación de fisuras ontológicas al no considerar como tal a los seres humanos, epistemológicas al quedar sesgadas las posibilidades de conocimiento, y antropológicas al restar a los mismos calidad humana.
Esto significa que es preciso caminar hacia un proyecto que contemple la riqueza de la diversidad ideológica de los diversos sectores, que reconozca una identidad formada por múltiples pertenencias y que establezca lazos comunes de unidad.
Romper paradigmas para gobernar implica definir un modelo de ciudadanía intercultural basado en los ideales de igualdad y justicia, una ciudadanía inclusiva, abierta y comprometida con la realidad del momento político, económico, social y cultural actual. Frente al mismo no cabe negar, ignorar o rechazar la interculturalidad sino afrontarla y gestionarla desde los marcos del sistema democrático.
La ciudadanía intercultural se constituye en un modelo válido para habitar la ciudad, en un modelo válido de ser, de estar y de actuar como ciudadanos comprometidos en la construcción de una ciudadanía democrática e intercultural, articulada sobre la idea de un mundo común a compartir, a negociar, a reinventar, que nos lleve a pensar como afirman Malgesini y Giménez “allí donde hay una persona, hay una ciudadana o ciudadano con plenos derechos, iguales a los de cualquier otro u otra”.





