Es indiscutible el papel que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas jugó para lograr la transición a la democracia en México al encabezar un amplio movimiento plural, social y político para desmontar el viejo y anacrónico régimen de partido de Estado que durante 70 años funcionó en nuestro país. Retomo en esta colaboración varias de las reflexiones y recuentos históricos de esos años que plasmé en mi libro La voluntad invicta: De la guerrilla al compromiso democrático (Editorial Cal y Arena, 2025).
Cárdenas tuvo la sensibilidad y la capacidad de entender la necesidad de romper con el entonces hegemónico PRI en 1987 y conformar un movimiento que sumó a ex priistas, a partidos hasta entonces satélites del gobierno (PARM, PPS y PST-PFCRN), a liderazgos de movimientos sociales antisistema de diversas características, así como a socialistas e importantes segmentos de izquierda que durante décadas habían venido luchando por reivindicaciones sectoriales, unos, y por cambiar el régimen político, otros.
Las elecciones presidenciales de 1988 dejaron la convicción opositora de que el triunfo de Salinas de Gortari había sido producto de un fraude orquestado por el hoy morenista Manuel Bartlett, a la sazón secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral (precursora del IFE-INE). Manuel Clouthier por el PAN, Rosario Ibarra (madre de la nefasta Rosario Piedra, hoy presidenta de la CNDH) y Cuauhtémoc Cárdenas (del Frente Democrático Nacional, conformado por el PMS y los mencionados partidos) protestaron por ello en Gobernación.
De ese movimiento surgió el Partido de la Revolución Democrática (el PRD) en 1989, con la sumatoria de la mayoría de los movimientos partidistas de la izquierda socialista y de los movimientos sociales antisistémicos. Cárdenas fue el primer presidente del partido, mantuvo un enorme peso en la toma de decisiones internas y se convirtió en un referente nacional indiscutible en la lucha por la democratización del régimen político.
Las paradojas de la política llevaron a que el ingeniero se negara a la necesidad de una transición pactada hacia la democracia —vía reformas negociadas con el PRI gobernante— y perdió en la lucha interna. Asumió el resultado y acompañó las negociaciones para la gran reforma político-electoral de 1996, encabezadas por Porfirio Muñoz Ledo, Jesús Ortega y un servidor; reforma gracias a la cual, entre otras cosas, se efectuaron por primera vez en el México contemporáneo comicios para elegir al gobernante de la Ciudad de México (entonces Distrito Federal), de lo cual resultó vencedor el propio Cuauhtémoc Cárdenas.
En esos años, y como resultado de esos acuerdos entre oposición y gobierno, coaguló el esfuerzo de múltiples sectores desplegado durante décadas para hacer realidad la tan anhelada transición a la democracia. Cárdenas jugó ese papel articulador central que acompañó el esfuerzo de múltiples liderazgos y, a su vez, de «articuladores» de amplios sectores democráticos.
Pero, sin ánimo de restarle méritos a Cuauhtémoc, él no es propiamente «el constructor de la democracia», sino la cabeza de un amplio movimiento transformador que pudo jugar un papel más profundo si, para las elecciones presidenciales del 2000, hubiera estado dispuesto a hacer un acuerdo con Vicente Fox para construir una gran alianza opositora al PRI y conformar el primer gobierno de coalición con un amplio programa democrático. Pero no se logró. Quizá otra cosa sería hoy nuestro país.
De todo ese proceso surgiría el órgano electoral autónomo e independiente del gobierno (el IFE, ahora INE), el fortalecimiento institucional de la pluralidad política, el equilibrio real de poderes y los órganos de control ciudadano sobre el quehacer gubernamental, incluida, desde luego, la plena igualdad de derechos entre mujeres y hombres.
En un sentido amplio podemos afirmar que ese es el legado democrático fundamental del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, en contraposición absoluta de lo que López Obrador y Sheinbaum, a la cabeza de Morena, han estado impulsando desde sus respectivos gobiernos, aun cuando hoy le rindan pleitesía al ingeniero y le hagan homenajes declarándose fieles a su legado.
En realidad, el obradorismo no es heredero, sino traidor a los valores democráticos impulsados por Cuauhtémoc. López Obrador y Sheinbaum han clavado un puñal mortal en el cuerpo de la república democrática al ir reinstaurando el viejo régimen autocrático, pero en una versión macabra, de la mano del crimen organizado, así como al hacer del INE un organismo corrupto, inconfiable y dependiente del gobierno, como ahora lo estamos viendo.
Por eso no deja de ser contradictorio que un hombre como el ingeniero Cárdenas, con esa estatura de estadista y siendo tan crítico, no haya condenado abiertamente esta deriva autoritaria del obradorismo, haya dado su respaldo a Claudia Sheinbaum para su campaña electoral y hubiera seguido apareciendo condescendiente —de diversas maneras— con esta degradación antidemocrática del obradorismo. Pero, bueno, la vida es así. Los liderazgos importantes generalmente son de claroscuros.





