Dossier Politico
Resulta indignante y profundamente desalentador atestiguar cómo las instituciones llamadas a proteger, promover y difundir el arte terminan convirtiéndose en sus peores verdugos.
El comunicado emitido por el Instituto Sonorense de Cultura (ISC), en el que anuncia la cancelación de las dos funciones gratuitas de la prestigiosa compañía Foco alAire producciones dentro del festival Un Desierto para la Danza 2026, no es meramente un ajuste administrativo: es una bofetada a la comunidad artística y al público sonorense.
Mientras la compañía —encabezada por creadores de la talla de Marcela Sánchez Mota y Bernardo Benítez— cosecha aplausos y triunfos internacionales llevando su talento por escenarios de Rusia y diversas latitudes del mundo, en su propio país se topan con la mezquindad burocrática. ¿Cómo explicar que aquello que causa orgullo en el extranjero sea sumariamente censurado o descartado en casa bajo el frío pretexto de “garantizar la viabilidad” y el “ejercicio responsable de los recursos”?
La penosa justificación de la austeridad cultural
El ISC pretende lavarse las manos escudándose en “circunstancias completamente ajenas y no atribuibles a la compañía”, reconociendo incluso la excelente disposición y gestión de los artistas. Sin embargo, este reconocimiento no hace más que evidenciar la incompetencia institucional. Cancelar obras como LOStheULTRAMAR en Nogales y Théâtre Orchestra SoNiDeRa L@StheM@S en Hermosillo demuestra que para el Gobierno del Estado la cultura sigue ocupando el último peldaño de prioridades.
Los recortes presupuestales y los “ajustes necesarios” siempre recaen en el mismo sector: los creadores independientes. Se gastan millones en eventos de relumbrón y ocurrencias políticas, pero se le niega al pueblo sonorense el derecho elemental al goce estético y a presenciar propuestas dancísticas de nivel mundial de forma gratuita.
Un trago amargo para la cultura en Sonora
Lo ocurrido con Foco alAire no es un incidente aislado; es el síntoma de una gestión cultural insensible, ciega ante el esfuerzo que implica mantener viva una compañía independiente en México y sorda ante los reclamos de una comunidad artística cansada de migajas.
Qué triste ironía: mientras en otros países se reconoce el valor transformador del arte mexicano, en Sonora el Instituto Sonorense de Cultura se encarga de servirle un trago amargo a la dignidad artística. Si el ISC no tiene la capacidad de sostener un festival de la magnitud de Un Desierto para la Danza sin pisotear la programación de artistas de clase mundial, lo honesto sería renunciar a la gestión de la cultura y dejar los escenarios libres para quienes sí valoran el talento. El desierto cultural en Sonora, lamentablemente, no está en su clima, sino en la indolencia de sus oficinas institucionales.









