Propongo un ejercicio sencillo, casi cruel. Imaginemos que un empresario, un rector, una dirigente de la sociedad civil o cualquier ciudadano inquieto por el rumbo del país buscara, fuera de Palacio Nacional, a alguien en quien confiar una conducción distinta: una figura política con autoridad moral, solvencia técnica y poder de convocatoria. ¿Hacia dónde miraría?
No hacia el PAN, desde luego. El partido que alguna vez se presentó como la reserva ética de la derecha mexicana atraviesa una etapa gris, más concentrado en sobrevivir a sus disputas internas que en construir una alternativa. La decisión de Jorge Romero de reabrir la puerta a una alianza con el PRI, pese al rechazo de parte de su militancia, lo resume: sin proyecto, vuelve el atajo de la aritmética electoral.
Ese atajo conduce a Alejandro Moreno. Lo de Alito dejó de ser un expediente político para convertirse en un género: audios, investigaciones por enriquecimiento ilícito en Campeche, excolaboradores detenidos, empujones en tribuna y viajes a Washington para pedir que Estados Unidos sancione a consejeros electorales mexicanos. El PRI, que durante décadas presumió saber administrar el poder, hoy ni siquiera administra su propia decadencia.
Queda Movimiento Ciudadano, la tercera vía que prometía frescura. Pero la promesa no ha cuajado. Sus dos figuras principales, Pablo Lemus en Jalisco y Samuel García en Nuevo León, han generado más controversia que entusiasmo. MC aspira a ser una alternativa nacional, aunque todavía no consigue consolidarse como referente regional.
Podría pensarse en algún empresario; y sin duda habría algunos que pueden ser administradores de la cosa pública. La pregunta es si en un país con la desigualdad social y con tantos agravios entre las mayorías eso garantiza la estabilidad política y social que, pese a todo, hemos sostenido.
El saldo es desolador: la oposición carece de un rostro que inspire en una parte significativa de la sociedad la expectativa de algo mejor. No es un asunto menor. Una democracia sin una alternativa creíble es una democracia fallida.
Dicho de otro modo, aunque incomode: hoy la figura más responsable, informada y seria de la política mexicana parece ser Claudia Sheinbaum. No porque falten mexicanos capaces, sino porque ninguno ocupa un lugar relevante en la vida pública y reúne, además, dos condiciones indispensables para gobernar: legitimidad democrática y respaldo social. Se puede discrepar de sus decisiones, pero una mirada a sus conferencias matutinas permite advertir a una gobernante que conoce los expedientes, responde con datos, domina los números y rara vez improvisa. En un país donde la política suele consistir en salir del paso, no es poca cosa.
Sin embargo, la pregunta de fondo no es si Claudia Sheinbaum es la mejor opción disponible, sino si alcanza con ella. Porque el diagnóstico de la oposición también podría aplicarse a Morena. El partido tiene gobernadores impresentables, legisladores con más escándalos que iniciativas y cuadros incorporados por conveniencia electoral entre aquellos a quienes antes denunciaba. Los problemas del huachicol, el abasto de medicinas y la gestión de los hidrocarburos no pueden atribuirse a la oposición: corresponden a funcionarios de la 4T. Y la pérdida de credibilidad del INE rumbo al proceso electoral de 2027, con consejeros cuestionados por su cercanía con el oficialismo, confirma que Morena tampoco resolvió el problema de la eficacia institucional; en algunos casos, lo agravó. La 4T llegó prometiendo cambiar el régimen; la tarea pendiente es cambiar a sus propios cuadros.
Ese es el punto central. La principal demanda ciudadana ya no es ideológica, sino práctica. Pocos mexicanos despiertan pensando en el neoliberalismo o el humanismo mexicano; se preguntan si habrá medicinas en la clínica, si su colonia será segura, si el transporte llegará a tiempo y si el salario alcanzará. La gente quiere un gobierno que resuelva. La paradoja es que la Presidenta parece comprenderlo mejor que el movimiento que la llevó al poder.
Sheinbaum gobierna con orientación a resultados, pero encabeza una coalición que aún opera, en buena medida, bajo la lógica del reparto territorial y la lealtad política. Ella pide indicadores; algunos de los suyos responden con cifras maquilladas o con mítines.
Por eso, la verdadera prueba del sexenio será si logra transformar su partido y las estructuras de gobierno. El riesgo es claro: que la Presidenta termine como una gran piloto en un avión con motores defectuosos; que su rigor personal sirva de coartada a un aparato ajeno a esa exigencia; que la ciudadanía la apruebe mientras reprueba a su gobierno en asuntos concretos, como muestran una y otra vez las encuestas. Ninguna disciplina presidencial sustituye a un gabinete que no termina de asentarse, a cuadros profesionales en las áreas operativas ni a liderazgos locales dispuestos a ver más allá de sus intereses. Si cada aduana, licitación de salud o conflicto regional exige la supervisión directa de Palacio Nacional, el modelo terminará por saturarse. Da la impresión de que muchos asuntos solo avanzan cuando la Presidenta interviene, revisa las cifras y pone orden personalmente.
Ahí la ecuación se vuelve frágil. ¿Puede una república de 130 millones de habitantes depender de la capacidad de trabajo y del rigor de una sola persona y del pequeño equipo que la acompaña? La historia muestra que el microcontrol presidencial tiene límites humanos e institucionales muy estrechos. El reto no es que Claudia trabaje más, sino que las instituciones funcionen aun cuando ella no esté mirando.
¿Alcanza con Claudia? Por ahora, mi respuesta es que no alcanza por sí sola, pero tampoco existe otro punto de partida. En el horizonte opositor no aparece un liderazgo en condiciones de sustituirla, ni se vislumbra en el corto plazo. La posibilidad de un gobierno eficaz depende de que la presidenta deje de ser la excepción dentro de su movimiento y se convierta en la regla. Para lograrlo, conocer los expedientes no será suficiente: tendrá que asumir costos políticos frente a los suyos.
La conclusión también advierte a la oposición. Mientras no ofrezca algo mejor que nostalgia o escándalo, la única alternativa a Claudia Sheinbaum seguirá siendo Claudia Sheinbaum. Y, en una democracia, eso nunca debería alcanzar.






