La SEP descubrió que las pantallas tienen relación con la baja comprensión lectora de los estudiantes y, casi simultáneamente, puso en marcha una Jornada Nacional de Juegos Tradicionales.
Y uno termina preguntándose si para enfrentar los problemas educativos del siglo XXI vamos a regresar al trompo, el yoyo, las canicas, el balero, la matatena y los encantados.
El secretario de Educación, Mario Delgado, sostiene que el uso de pantallas favorece una lectura basada en imágenes y contenidos breves y dificulta la comprensión de textos complejos. Puede tener razón en advertir el problema.
Lo discutible esta en las soluciones.
Los juegos tradicionales pueden recuperar convivencia, actividad física, coordinación, recreación y hasta enseñarnos a ganar y perder. Bienvenidos.
Pero una cosa es recuperar la convivencia y otra desarrollar la comprensión.
Comprender no significa solamente leer durante más tiempo. Significa interpretar, relacionar ideas, distinguir información de opinión, formular preguntas, construir argumentos, resolver problemas y aplicar el conocimiento.
En mi paso por la Escuela Normal Superior de Sinaloa y por la docencia en la Universidad Autónoma de Sinaloa a nivel de Educación Media Superior, aprendí que la construcción del pensamiento crítico tiene su base en la problematización. Un método educativo que enseña al alumno a cuestionar los prejuicios y los saberes que nos presenta la vida cotidiana, para transformar el pensamiento plano en reflexión, análisis y cuestionamiento, en lugar de aceptar verdades absolutas.
La pantalla no es, por sí misma, enemiga del conocimiento. Es una herramienta poderosa que lo mismo nos sirve para consumir tonterías o estudiar matemáticas, conocer el cuerpo humano, navegar por el espacio, recorrer virtualmente un museo, aprender otro idioma o consultar en segundos información que antes ocupaba horas de búsqueda.
El problema no es solamente la pantalla, ella está ahí cargada de información..El problema es qué hacemos con ella.
Mientras discutimos si los niños deben volver al trompo o a la peregrina para alejarlos del celular, la Inteligencia Artificial está transformando aceleradamente el mercado laboral, la investigación y el desarrollo, procesos por cierto de los que la escuela ha quedado al margen y los egresados de ella corren ese potencial riesgo.
El conocimiento cibernético sobrepasa con creces los contenidos de los textos que, igualmente, muchos de ellos mantienen orientación ideológica y por lo mismo verdades absolutas.
La IA rebasó a la escuela, a muchas familias y a buena parte de la sociedad antes de que alcanzáramos siquiera a discutir cómo incorporarla. Mientras la escuela y el profesor permanecen en la edad de piedra, borrador en mano, en los bolsillos de los chicos o en sus mochilas, yace una herramienta poderosa cuyo buscador es capaz de ofrecer en segundos la exposición libresca de una hora.
Una herramienta diminuta frente al altero de libros que con su peso dobla la espalda de nuestros niños.
La respuesta educativa no es huir de la tecnología, sino enseñar a utilizarla. Sobre todo cuando la tarea se resuelve en minutos y el maestro se altera al adverrtir el uso cibernético en lugar de incorporarlo.
La obsoleta tarea incluso debe cambiar de lógica y explorar otras opciones para reforzar el conocimiento, como la exposición y el debate.
Eso significa también establecer límites al tiempo frente a las pantallas, especialmente en educación básica; recuperar lectura profunda, escritura, razonamiento matemático y convivencia; pero también enseñar búsqueda de información, pensamiento crítico y uso responsable de la Inteligencia Artificial. Eso es urgente. A la IA hay que incorporarla, no rechazarla.
Escuela y familia tendrán que trabajar juntas.
Porque prohibir o satanizar las pantallas sería tan absurdo como en su momento haber quemado al libro por haber desafiado al pensamiento divino. O de encontrar en él cosas del demonio.
La tecnología es herramienta. La comprensión del mundo y de la vida está ahí, pero depende de nuestra capacidad para enseñar a través de ella.
Es una pena que el niño entienda mejor la búsqueda de contenidos a través de la pantalla que el maestro. Debería ser al revés.
Que regresen el trompo, las canicas, el balero y la matatena. Magnífico. Nuestros niños necesitan jugar, correr, verse las caras, caminar abrazados como buenos camaradas. Es decir, convivir y despegarse algunas horas del teléfono.
El gran desafío de la escuela mexicana no consiste en decidir si los muchachos juegan trompo o utilizan una pantalla. Consiste en enseñarles a reflexionar y a forjar un pensamiento crítico.
Y es que mientras la SEP rescata los juegos de nuestros abuelos, la Inteligencia Artificial ya está construyendo no el mundo, sino el universo de nuestros nietos. Así, de ese tamaño. Viajar ya al futuro es una realidad proyectada con precisión, con un mínimo de margen de error.
Cuidado. Urge ponernos el chip para colocar la realidad virtual en el pensamiento superior humano como herramienta, no como control.
Sino lo hacemos, entonces la escuela mexicana corre el riesgo de quedar dando vueltas entre el trompo y el algoritmo.




