Un día, la Corrupción se sentó frente al Ciudadano.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó.
El Ciudadano la miró con desconfianza.
—Claro que sé quién eres. Eres la que se lleva lo que no le pertenece.
La Corrupción sonrió.
—Eso dicen de mí… pero yo nunca trabajo sola.
El Ciudadano frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Para existir, necesito que alguien me abra la puerta.
—¿Quién?
—A veces un funcionario… a veces un empresario… a veces un intermediario… y algunas veces, hasta un ciudadano.
El Ciudadano se molestó.
—¡Yo no soy corrupto!
—Tal vez no —respondió la Corrupción—. Pero dime… ¿nunca has pensado que una pequeña mordida no hace daño?
El Ciudadano guardó silencio.
—¿Nunca has dicho: “Dame el puesto porque soy tu amigo”?
Silencio.
—¿Nunca has utilizado una influencia para conseguir algo que otro ciudadano no pudo conseguir?
El Ciudadano bajó la mirada.
—Eso es diferente…
La Corrupción soltó una carcajada.
—Eso mismo dicen todos.
Entonces el Ciudadano se levantó.
—Pero tú eres la que roba millones.
—Sí —contestó la Corrupción—. Pero yo también comienzo con pequeñas cosas.
—¿Como cuáles?
—Con el funcionario que acepta un favor.
—¿Y después?
—Después acepta dinero.
—¿Y luego?
—Después acomoda contratos.
—¿Y luego?
—Después hace negocios con el dinero público.
El Ciudadano respiró profundamente.
—Entonces tú creces poco a poco.
—Exactamente.
La Corrupción se acercó y le dijo:
—Yo no necesito que todos sean corruptos.
—¿Entonces qué necesitas?
—Que la mayoría se quede callada.
El Ciudadano la miró fijamente.
Y entonces entendió algo…
La Corrupción no siempre entra derribando puertas.
A veces entra por una pequeña ventana.
Con un favor.
Con una recomendación.
Con un contrato amañado.
Con un “no pasa nada”.
Con un “así se ha hecho siempre”.
Y cuando nadie dice nada…
se queda.
Entonces el Ciudadano le preguntó:
—¿Y cómo puedo derrotarte?
La Corrupción dejó de sonreír.
—Muy sencillo.
—¿Cómo?
—Deja de verme como algo normal.
Y desapareció.
Porque quizá la Corrupción no desaparece solamente cuando cambian los gobiernos.
Desaparece cuando el ciudadano deja de justificarla…
cuando deja de tolerarla…
y cuando finalmente se atreve a decir:
“No. Esto está mal, aunque todos lo hagan.”




