Jamie Dimon afirmó que lleva meses usando inteligencia artificial con 150.000 empleados y advirtió sobre las consecuencias de un posible desplazamiento masivo de trabajadores. Las dos cosas son ciertas. Y eso es exactamente el problema
Hay una imagen que resume mejor que cualquier estadística lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial y el trabajo. Jamie Dimon, el hombre que dirige el banco más poderoso del planeta, se para ante el Foro Económico Mundial en Davos y dice, sin rodeos, que la IA podría generar desempleo masivo y, si el proceso va demasiado rápido, disturbios civiles. Luego vuelve a Nueva York y sigue desplegando modelos de lenguaje para 150.000 empleados de JPMorgan Chase.
No hay hipocresía en eso. Hay algo peor: hay lucidez.
La advertencia que nadie quiere escuchar
Durante semanas, Dimon ha repetido el mismo argumento en distintos foros. Lo dijo en Davos en enero. Lo repitió ante inversores en febrero. Lo volvió a decir esta semana en Washington, ante el Hill and Valley Forum, junto a ejecutivos de defensa y legisladores.
El mensaje no cambia: “Va a venir, y va a venir rápido. Esta vez quizás más rápido que otras disrupciones tecnológicas. La pregunta es si la sociedad puede acomodarse a la velocidad a la que se destruirán empleos. Y la respuesta es que no lo sé”.

El ejemplo que usa es contundente. Hay dos millones de camioneros en Estados Unidos que ganan en promedio 120.000 dólares al año. Si los vehículos autónomos los desplazan de golpe y esos trabajadores terminan en empleos de 25.000 dólares, el efecto no será solo económico. Será político. Será social. “Va a haber disturbios civiles”, dice Dimon. No como hipótesis académica. Como advertencia ejecutiva.
La paradoja que nadie nombra
Lo que hace que el argumento de Dimon sea incómodo no es lo que dice sobre la IA. Es lo que revela sobre quién la está desplegando. JPMorgan Chase tiene más de 450 casos de uso de inteligencia artificial en producción. Su modelo interno de lenguaje es usado cada semana por 150.000 personas. La entidad ya redujo contrataciones. Ya desplazó empleados internamente. Y en 2026 planea invertir casi 20.000 millones de dólares en tecnología.
Dimon no está describiendo un futuro hipotético. Está describiendo lo que JPMorgan ya hizo. Y si el banco más grande de Estados Unidos opera así, la pregunta relevante no es si la IA va a transformar el mercado laboral. Ya lo está haciendo. La pregunta es si existe algún mecanismo para gestionar la velocidad de ese cambio.
La solución que propone y sus límites

Lo más llamativo del discurso de Dimon no son las advertencias. Es que pide intervención estatal. Un CEO de Wall Street, en el epicentro del capitalismo financiero global, dice que aceptaría que el gobierno prohibiera despidos masivos por IA si fuera necesario para “salvar a la sociedad”.
Propone un sistema de incentivos para que las empresas reentrenen a trabajadores desplazados, los reubiquen, les den asistencia de ingresos. Habla de una transición gradual, medida en años, no en trimestres.
Es una posición que, viniendo de quien viene, tiene peso específico. Pero tiene un límite que Dimon no menciona: los incentivos voluntarios no frenan la competencia. Si JPMorgan decide graduar su adopción de IA y Goldman Sachs no, JPMorgan pierde. Si un banco estadounidense va despacio y un banco europeo o asiático va rápido, el banco lento desaparece. La tecnología no espera acuerdos sectoriales. Y el mercado no premia la prudencia social.
Lo que los datos ya muestran

El argumento de que la IA “también crea empleos” es verdadero y es insuficiente. Según un análisis de la firma de reclutamiento Challenger, Gray & Christmas, solo en 2025 se eliminaron 55.000 puestos directamente atribuibles a automatización, más del 75% de todos los recortes ligados a IA registrados desde 2023. Son números pequeños todavía. Pero la curva es exponencial, no lineal.
Geoffrey Hinton, el científico que durante décadas construyó las bases del aprendizaje profundo, fue más directo que Dimon. Lo que va a pasar, dijo, es que los ricos van a usar la IA para reemplazar trabajadores. Eso va a generar desempleo masivo y un aumento enorme de ganancias. Va a hacer más ricos a unos pocos y más pobres a la mayoría. “No es culpa de la IA —aclaró Hinton—. Es el sistema capitalista.”
Dimon no llega tan lejos. Pero llega más lejos de lo que se esperaría de alguien en su posición.
Por qué importa más allá de Estados Unidos
Para América Latina, este debate tiene una dimensión adicional que raramente aparece en los análisis norteamericanos. La región no está en el centro de la revolución de IA, pero va a absorber sus consecuencias.

Los empleos más expuestos a la automatización, los de tareas repetitivas, estructuradas y de bajo umbral cognitivo, son exactamente los que más abundan en economías como la argentina, la mexicana o la colombiana. El desplazamiento no va a ocurrir porque una empresa local adopte IA. Va a ocurrir porque una empresa global que compite con empresas locales la adopte.
La pregunta que Dimon le hace a Washington es la misma que los gobiernos latinoamericanos deberían estar haciéndose hoy. No si van a regular la IA. Sino si tienen algún plan para cuando el mercado laboral cambie más rápido de lo que las instituciones educativas, los sistemas de salud o las redes de contención social puedan procesar.
El diagnóstico correcto, la receta incompleta
Dimon tiene razón en el diagnóstico. La disrupción tecnológica anterior, la de internet, el comercio electrónico, la automatización industrial, tardó décadas en reestructurar el mercado laboral. Esta puede tardar años. Y la diferencia entre décadas y años no es de magnitud. Es de posibilidad de adaptación.
Pero la receta que propone, incentivos, reentrenamiento, gradualismo, depende de una coordinación entre empresas y gobiernos que la historia económica reciente no sugiere que sea posible sin presión regulatoria real. No voluntaria. No aspiracional. Real.
El hombre que más despliega IA en el sistema financiero global sabe lo que viene. Lo que no dice, porque no puede decirlo, es que él no puede frenarlo aunque quisiera. Y nadie que compite con JPMorgan va a esperarlo.
La tecnología no tiene agenda social. Los mercados tampoco. Eso es lo que hace que la advertencia de Dimon sea tan valiosa y tan insuficiente al mismo tiempo.







