El hombre de confianza de López Obrador estaba en la mira de Estados Unidos. El cinismo como estrategia política.
Raymundo Riva Palacio
La renuncia del senador Adán Augusto López Hernández como coordinador de Morena en la Cámara Alta, se decidió hace dos semanas, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió con él y con el líder de la bancada del partido en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal. La presidenta les leyó la cartilla de manera peculiar, informándoles todo lo que tenían sobre sus relaciones con organizaciones criminales en Estados Unidos. De Monreal, las investigaciones se quedaban en Zacatecas, donde los lazos criminales de sus familiares ya han sido ventilados en la prensa mexicana. De López Hernández, lo que le dio a entender es que no han dejado de seguirle encontrando vínculos sospechosos.
El senador salió de Palacio Nacional políticamente liquidado, aunque en ese momento no lo tuviera tan claro. Sheinbaum llamó la semana pasada a Palacio Nacional al vicecoordinador de la bancada en el Senado, Ignacio Mier, que formaba parte del equipo de López Hernández, para indicarle que él tomaría el control de los senadores de Morena. Este domingo se concretó el relevo al anunciar que el senador que no dejaría la senaduría ni se iría de embajador, dedicándose al trabajo territorial rumbo a las elecciones intermedias del próximo año.
López Hernández se expresó de manera cáustica en su anuncio, cuya decisión política se dio no en las últimas horas, como afirmó, sino en los 10 últimos días, y luego de hablar -señaló- “con quien debía hacerlo”. Normalmente estas decisiones las toman los políticos tras hablar con su familia y sus principales asesores, pero la frase deja mucho a la imaginación porque quien había sido el rector de sus decisiones y acciones políticas era el expresidente Andrés Manuel López Obrador, que lo sostuvo durante todo el joven gobierno de Sheinbaum, pese a la animadversión que le tenía la presidenta, pero imposibilitada para hacerlo porque no tenía el visto bueno de Palenque.
Adan salió de Palacio políticamente liquidado, aunque en ese momento no lo tuviera tan claro. Dijo más tarde que había tomado la decisión después de hablar “con quien debía hacerlo”.
Cómo se llegó a esta decisión no se sabe aún, pero es resultado de presiones permanentes de Estados Unidos. La más clara y dura fue hecha a la presidenta por el secretario de Estado, Marco Rubio, durante su reunión en Palacio Nacional hace medio año, donde criticó la impunidad con la que se manejaban algunas figuras de Morena, pero en particular López Hernández. Rubio le dio a entender que ella no tenía la fuerza para obligarlo a retirarse de la coordinación y del Senado, aunque él y otros diplomáticos en el tiempo consideraron prácticamente inaceptable que ni siquiera pudiera dejar la coordinación.
La presidenta le ofreció una embajada, que siempre rechazó. Un funcionario dijo que recientemente aceptó una embajada en Europa pero ese país, como lo hizo Alemania con Alejandro Gertz Manero negó el beneplácito por omisión; es decir, nunca respondió. La embajada quedó, por el momento, en el archivo. Se encargará de la operación en la cuarta circunscripción electoral -clave para los diputados plurinominales- que tiene como cabecera la Ciudad de México, pero abarca a Guerrero, Hidalgo, Morelos, Puebla y Tlaxcala.

Cuartoscuro
La salida de la coordinación de López Hernández no sorprendió, porque se esperaba y se especulaba desde hace tiempo. Y sin embargo, el solo hecho de haber dejado el control político y presupuestario de la bancada del partido en el poder, atrajo enorme atención en la sociedad y la prensa política. Su personalidad y comportamiento arrogante es lo que encuadró el interés.
Su cinismo era casi admirable, porque no sólo actuaba como si nada pasara, sino que además exigía reconocimiento político por su “honestidad”. Se vendía como el garante de la lealtad a López Obrador, mientras arrastraba la sombra de un funcionario señalado por corrupción y abusos. En su mundo, el silencio era virtud, y la impunidad, un derecho adquirido.
El problema no fue sólo Bermúdez Requena. El problema fue la doctrina que practicaba y predicaba: la de un poder que nunca se equivoca, que nunca rinde cuentas y que jamás se mancha, aunque huela a podrido. La seguridad pública en Tabasco quedó marcada por violencia, opacidad y sospechas de colusión, pero el exgobernador sonreía en mítines y se presenta como “estadista”. Cinismo puro, elevado a la categoría de estrategia política.
El problema no fue sólo Bermúdez Requena, sino la doctrina que practicaba: la de un poder que nunca se equivoca, nunca rinde cuentas y que jamás se mancha, aunque huela a podrido.
Pensó que había pasado el temporal y al haber sido el operador de la salida de Alejandro Gertz Manero como fiscal general, se pavoneaba por los pasillos del Senado como si él hubiera sido el arquitecto de la renuncia y no un alfil en el tablero de ajedrez. López Hernández decía que él habia persuadido a la presidenta de actuar para removerlo del cargo, porque lo estaban investigando por el contrabando de combustible, y que si profundizaba llegaría a Andrés López López Beltrán y después toparía con su padre, el expresidente. El argumento era cierto, pero no fue original de él. Gertz Manero se negó a suspender las investigaciones y darle carpetazo, con lo que selló su final en la Fiscalía.
López Hernández se había vuelto insostenible por su involucramiento en el caso de Hernán Bermúdez Requena, su amigo de tres décadas, su hombre de confianza a quien nombró secretario de Seguridad cuando gobernó en Tabasco, desde donde fundó y dirigió la organización criminal “La Barredora”. Sheinbaum, por exigencia de López Obrador, lo protegió. Cuando aparecieron las inconsistencias en sus declaraciones fiscales y patrimoniales, la presidenta, una vez, lo cuidó, mientras el SAT trabajó para conciliar las dos y evitar más problemas en el futuro.
Este domingo vimos la misma historia, con diferente guion: cayó el senador pero mantiene la protección del fuero. Es y seguirá siendo impune.








