Un largo camino a casa: Yesenia lo arriesgó todo para encontrar seguridad para sus hijos. Bajo la administración de Trump, una parada de tráfico en Tucson los devolvió al peligro.
John Washington / AZ LUMINARIA
Este reportaje es parte del Deportation Tracker, un proyecto del Border Center for Journalists and Bloggers en colaboración con Arizona Luminaria y La Silla Rota y con el apoyo de Global Exchange.
Capítulo 1
Yesenia va descalza, es el tercer día de una travesía mortal por la selva en Panamá. Sus hijos que viajan con ella sufren malestar estomacal. Ella también. Todos están empapados, cubiertos de arañazos de espinas y sin comida. Caminan junto a cadáveres. Ven a un hombre desesperado lanzarse por un acantilado. Con más de 1,600 kilómetros aún por recorrer rumbo al norte, no saben qué traerá el mañana. Ni siquiera la próxima hora.
Sus hijos la sacan adelante, poniendo un pie descalzo, hundido en el lodo, delante del otro a través de la selva y los pantanos.
“Mis hijos fueron los que me … alentaban”, recuerda Yesenia. “Porque si hubiera sido por mí, no hubiese podido. Fue un impulso. Siempre. Todavía lo siguen siendo”. Su hija menor, la única niña, tiene 4 años. Su hijo mayor tiene 12.
Yesenia y sus cuatro hijos se dirigen a Estados Unidos para reunirse con Mariano, su esposo que había huido a Tucson.
Es 2022 y, como Mariano antes que ella, sigue los pasos de decenas de miles de migrantes de Centro y Sudamérica, el Caribe, y de todo el mundo, que han atravesado el notoriamente peligroso Tapón del Darién entre Colombia y Panamá.
Más de dos años después, Yesenia conduce por el sur de Tucson con dos de sus hijos, su niña ya de 6 años y niño de 9, en el asiento trasero. Está casi en casa. Mariano y sus otros dos hijos, de 7 y 14 años, la esperan. Ve las luces de la patrulla en el retrovisor, y el recuerdo de la selva panameña vino a su mente.
Junto con el recuerdo llega el miedo que la empujó a salir de su natal Venezuela y la incertidumbre de los años a la deriva, saltando de un país sudamericano a otro, con Mariano y sus cuatro hijos en busca de seguridad, estabilidad, un hogar permanente. Un hogar que creyeron haber encontrado en una ciudad del sur de Arizona, orgullosa de su papel histórico en el movimiento santuario para migrantes, y con una congregación amorosa que los acogió como familia.
Yesenia sabe lo que podría significar una parada de tránsito: la llegada de la Patrulla Fronteriza, la detención, deportación y hasta separación de sus hijos.
Lo que temía, y algo peor, terminaría por cumplirse.
La historia de Yesenia refleja la inhumanidad que enfrentan los migrantes en su búsqueda de seguridad. La vulnerabilidad y desesperación que sufrió en la selva, dice, la prepararon de manera perversa, al fortalecerla para una rápida deportación hacia el sur. Para soportar la brutalidad de los oficiales de inmigración en ambos lados de la frontera, así como la separación de su esposo y de sus dos hijos en Arizona. fcon
Para emprender una nueva lucha por proteger a sus otros hijos con ella en México.
Sola en un país desconocido, sin documentos migratorios, la familia de Yesenia sigue siendo un blanco de explotación.
Capítulo 1 de 3
Esta serie de tres partes narra el desgarrador recorrido de una familia desde Venezuela, a través del corazón de las políticas antiinmigrantes de México y Estados Unidos, hasta su vida en Tucson.
Las historias se basan en más de una docena de horas de entrevistas realizadas por periodistas de Arizona Luminaria y La Silla Rota con Yesenia y Mariano en un pueblo a las afueras de la Ciudad de México, así como en entrevistas con familiares y amistades, registros públicos, archivos de audio y mensajes intercambiados entre Yesenia y Mariano durante más de siete meses.
La deportación de migrantes extranjeros a México implica riesgos graves, dijo Savi Arvey, directora de protección a refugiados en Human Rights First. “Muchos quedan sin estatus legal, sin acceso a necesidades básicas y enfrentan extorsión, secuestro, agresiones por parte de grupos del crimen organizado o abusos por autoridades de inmigración mexicanas”, explicó.
Para mujeres como Yesenia “estos peligros son aún más severos debido a las barreras para acceder a servicios médicos esenciales, alimentos y refugio seguro mientras intenta proteger a sus hijos en condiciones inestables”, agregó.
“Estos desafíos se ven además agravados por el trauma de estar separada de miembros de su familia. Es una situación devastadora en todos los sentidos, creada tanto por los gobiernos de Estados Unidos como de México, que nadie debería verse obligado a soportar”.
Aunque los migrantes que huyen de la violencia o la pobreza han enfrentado injusticias similares durante mucho tiempo, expertos en derechos civiles y humanos advierten que una ofensiva coordinada contra los inmigrantes está utilizando a las autoridades locales para perseguir a personas como Yesenia, una madre venezolana detenida durante un control de tránsito de rutina.
La promesa de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, de hacer deportaciones masivas, cristalizada por la cooperación de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ha provocado un panorama sombrío para los migrantes, dicen los expertos: los gobiernos de Estados Unidos y México están trabajando cada vez con más vigor para erosionar el debido proceso constitucional y los derechos de asilo, y desplazando por la fuerza a personas que buscan refugio y estatus legal, principalmente migrantes latinos y afroamericanos.
Yesenia dice que ambos países han dado la espalda a quienes más necesitan refugio.
“Ahí donde tienen el detenido a uno en Estados Unidos se ve de todo. Ahí te tratan mal, horrible, horrible”, dice.
“Y uno se sorprende más porque es Estados Unidos, el país de las oportunidades, el supuesto país donde todo brilla. Donde todo el mundo se quiere ir porque es una maravilla, y no es así”.
En México, la situación no es mejor. No tienen corazón para los migrantes, dice. “Nunca me siento segura”.
Dice que la migración “es una necesidad”, pero que en ambos países “te tratan como si no valieras nada”.
“Ser migrante no es un delito”, dice.
La huida de Venezuela
Las cicatrices que cubren el cuerpo de Yesenia la hacen recordar todo el tiempo la razón por la que no regresará a Venezuela. Esas heridas fueron infligidas por su exesposo.
A más de una década de distancia aún recuerda aquellos días, el miedo paralizante que sentía por su propia vida y la desesperación por salvar a su hijo de un año. Una noche, su esposo le clavó un desarmador en la axila y la hirió en el pie con un machete, dice.
“Tengo todas mis cicatrices por medio de él. Tengo una acá ”, dice mientras pasa el dedo por su mejilla, por el brazo izquierdo y termina en la estrella de una cicatriz cerca de su axila.
“Casi me mata”.
Yesenia tenía demasiado miedo, durante y después de su recuperación, para irse. Luego el caos estalló de nuevo.
Cuenta que su esposo incendió su casa una noche mientras ella dormía. Logró escapar de las llamas. La familia de su esposo se había llevado a su hijo.
Después de recuperar a su hijo, huyó a otro estado en Venezuela. Su esposo la encontró. Ella huyó de nuevo, y otra vez él la localizó. Yesenia dice que él es oficial de la Guardia Nacional y cree que usó bases de datos de agencias de inteligencia para seguirla.
“Hasta el sol de hoy, no se si está vivo, está muerto. No sé dónde está”, dice Yesenia sobre su exesposo. “Puedo volver. Pero siempre va a estar el temor si me consigue, si me termina de matar, si me mata a mi hijo. O me lo quita”.
“Hay personas que no saben que uno emigra siempre por una razón”, dice.
Carolina Jiménez Sandoval es presidenta de la Oficina de Washington sobre América Latina, una organización de investigación y defensa de los derechos humanos. Ha pasado décadas estudiando y defendiendo los derechos humanos en su país natal, Venezuela, y en toda América Latina.
“Lamentablemente, creo que la historia de Yesenia refleja la experiencia de muchos venezolanos”, dijo.
En 2023, el Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer revisó si Venezuela cumplía con las obligaciones que imponen los marcos internacionales sobre derechos de las mujeres. Aunque se avanzó en algunos aspectos, el informe destacó una larga lista de preocupaciones, incluyendo “la persistencia de los feminicidios, desapariciones y violencia psicológica y sexual contra mujeres y niñas y la falta de un protocolo sensible al género para la investigación de asesinatos por motivos de género (femicidios)”.
“En pocas palabras, la mayoría de las mujeres venezolanas no tienen a dónde acudir si son abusadas por sus parejas, especialmente si sus parejas tienen vínculos con el gobierno”, dijo Jiménez Sandoval.
Fue durante uno de los periodos en que se escondía de su esposo que Yesenia encontró a Mariano en Facebook, y comenzaron una incipiente amistad en línea.
Como muchos venezolanos obligados a salir de su país debido a persecución política, violencia o crisis económica, incluyendo escasez de alimentos, combustible y medicinas, en los últimos años, Yesenia primero fue a Colombia. Allí había huido de Mariano para escapar de amenazas y persecución por parte de oficiales militares.
Desde 2014, casi 8 millones de venezolanos han huido del país, lo que representa aproximadamente una quinta parte de toda la población.
En 2017, la pareja se conoció en persona por primera vez en Colombia. Yesenia estaba en el octavo mes de embarazo de su tercer hijo, Yender. La noche en que Yesenia apareció en su puerta, Mariano pasó de ser un hombre soltero de poco más de 20 años a convertirse en pareja y padrastro de tres niños.
Yesenia dice que con Mariano ella se “ganó la lotería”. Mariano no puede ocultar su sonrisa cuando su esposa habla de él.
Después de aproximadamente un año en Colombia, la familia se mudó a Ecuador, luego a Perú, brevemente a Chile, y luego de regreso a Colombia en la búsqueda de cierta estabilidad y seguridad. Finalmente decidieron migrar a Estados Unidos porque escucharon que ahí había trabajo y el país tenía una reputación de ofrecer oportunidades y asilo a quienes lo necesitaban. Habían ampliado su familia con dos hijos más y querían dar a todos sus niños un hogar permanente en el que pudieran vivir sin miedo.
Decidieron que Mariano iría primero, se establecería y luego enviaría por su familia.
La selva
Es 2022, y la familia no tenía suficiente dinero para pagar un vuelo que los acercara a Estados Unidos, ni para contratar a un traficante que los guíe a través de los peligros de Centroamérica y México.
Yesenia sabe esperar, o al menos eso cree. Lleva consigo a sus cuatro hijos. El mayor ayuda a cargar las botellas de agua, una bolsa de ropa extra y comida. Aunque no pueden pagar sus propios guías, a regañadientes se les permite seguir a un grupo liderado por guías.
Tras un par de días de camino, ya empapados, hambrientos y exhaustos, la familia es testigo de cómo un padre y su niño pequeño resbalan por un acantilado y mueren. Yesenia no recuerda si eso ocurrió antes o después de que Joan viera el cuerpo de un bebé medio enterrado en el lodo. “Eso fue un trauma para ese niño, para el mayor”, dice, con voz firme, de manera directa con un tono que muestra cómo se esfuerza por mantener las tragedias a distancia.
Beben agua sin filtrar, pasan hambre y todos enferman gravemente. Yesenia relata los horrores con el mismo tono mesurado que usa para contar el resto de su historia, deteniéndose ocasionalmente para sacar un detalle de la memoria, lanzando una rápida sonrisa de tranquilidad a un niño en su regazo.
La herida por un machete en su pie izquierdo, que en algún momento la obligó a huir de la violencia doméstica y de su propio país, la impulsa y la frena al mismo tiempo mientras cruza el Tapón del Darién. La inflamación obliga a Yesenia a usar sandalias.
Apenas a los pocos días, el lodo fangoso se traga una de sus sandalias y la obliga a caminar descalza. Dice que fue como rendirse a la selva, dejar de intentar luchar contra ella.
Ella calcula que se encontraron con unos 30 cadáveres. Dice que vio a buitres comiéndose uno de ellos.
“Hasta mi hija lo vio. La pequeñita”, dice, haciendo una pausa al recordarlo.
El Darién es uno de los pasos migratorios más peligrosos del mundo. Cada año, miles de personas se aventuran por sus senderos cubiertos de lodo, ríos turbulentos y unas montañas que crean una barrera natural entre Sur y Centroamérica. De acuerdo con la ONU, tan sólo en 2024, 174 migrantes habrían muerto al intentar cruzar esta selva.
“Yo lloraba, diciéndoles a mis hijos: ‘Que no podía más, que no podía más’”, cuenta. “Mis hijos fueron los que … me alentaban. Quienes me dijeron: ‘Estamos aquí por usted. Vamos a llegar donde nuestro papá. Sí podemos’”.
El recuerdo de sus hijos empujándola hacia adelante dibuja una sonrisa dolorosa en el rostro de Yesenia. Se acomoda en el sillón, se toca el estómago y hace una leve mueca. Y luego, la historia de la selva continúa: duermen donde pueden, comen lo que pueden encontrar. Cruzan un río en balsa. Además caminan durante horas, siempre en camino al norte.
Piden dinero en las calles para atravesar Centroamérica, pasando por Nicaragua, Honduras y Guatemala. Yesenia no duerme para poder vigilar a sus hijos.
“Y pendiente de todo, porque hasta el más que tú piensas que te quiere ayudar, te quiere robar”, dice.
Mariano señala que los caminos migratorios cambian a las personas. Las hacen pensar en sí mismas, en sus hijos, en apartar la mirada de los horrores, dice. De lo contrario los guías podrían arremeter o dejarlos atrás. “Si uno sabe de que si tú habla, te va ir peor. Si te mete, te va ir peor”, afirma. “Tienes que, céntrate en lo tuyo. Como si se aprende a ser vista gorda”.
“Uno se convierte en inhumano”, dice Yesenia.
México: Se oían los gritos
Yesenia y los niños cruzan el río Suchiate, entre Guatemala y México, sobre una llanta inflable. En la primera ciudad mexicana, Tapachula, al norte de la frontera con Guatemala, una mujer venezolana los atrae a una casa de seguridad. No saben que están entrando a su propio secuestro.
Yesenia calcula que pasaron seis noches en la casa en el centro de Tapachula, junto a unos 60 migrantes más. “Habían como nueve adultos, sin meter a los niños”, dice sobre el cuarto donde los mantenían cautivos. Los vigilan hombres armados quienes los encierran en un cuarto estrecho. A las mujeres sin hijos las sacan para violarlas.
Mientras, Yesenia recuerda que dos de sus hijos están en el patio. Ella les lanza una mirada. No está claro si la están escuchando. Continúa sin bajar la voz, pero con una sonrisa resignada: estos niños han vivido demasiado.
“Sí, escuchas los gritos. Escuchas cuando les gritan a ellos, cuando les pegan”, dice.
Tras establecerse y conseguir un trabajo en Tucson, Mariano finalmente logra reunir el dinero y envía 900 dólares para lograr la liberación de Yesenia y sus hijos. Libres, se concentran en una sola cosa: continuar hacia el norte para que la familia se reuniera. Viajan en pequeños autobuses, duermen donde pueden, a menudo en la calle.
México es un lugar de riesgo para los migrantes, dijo Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración, que se enfoca en apoyar y proteger a las mujeres migrantes en el país.
“No es seguro. Permítanme ser clara. No es seguro. El miedo es tan enorme. No hay consecuencias por no proteger a las personas migrantes”, dijo
Yesenia y sus hijos piden comida, limosna, viajan en la parte trasera de un tren de carga y caminan. La familia sufre un nuevo secuestro, esta vez más breve y más al norte de México, hasta que entregan más dinero a quienes ella llama bandidos.
Siguiendo los pasos de Mariano, finalmente llegan a Piedras Negras, una ciudad mexicana situada justo al sur de la frontera con Texas, donde cruzan el río en una balsa y entran a Estados Unidos. Allí encuentran a agentes de la Patrulla Fronteriza y se entregan para solicitar refugio de manera legal. Yesenia dice a los agentes que busca asilo.
No del todo a salvo
Las semanas siguientes, las primeras de Yesenia y sus hijos en Estados Unidos, son un torbellino entre la detención, traslados burocráticos e interrogatorios. Ella se pregunta: ¿lograrán llegar alguna vez a Mariano?
“Tensión, angustia”, dice sobre su llegada a Estados Unidos.
“No te dicen nada de qué va a pasar, si te van a regresar o te van a dejar ingresar al país. Obviamente, cansancio y estrés”, dice sobre su experiencia con la Patrulla Fronteriza
Están en Texas, un estado fronteriza que en 2022 comenzó a trasladar en autobuses a solicitantes de asilo hacia ciudades gobernadas por políticos del Partido Demócrata, principalmente Nueva York, Chicago y Denver, como una represalia política por oponerse a las medidas republicanas contra la inmigración.
Los agentes fronterizos de Estados Unidos le dan una opción a Yesenia: pueden enviarla a ella y a sus hijos a cualquiera de esas tres ciudades sin costo alguno. Sin saber cuál está más cerca de Tucson, donde la espera Mariano, elige Chicago. No tiene idea de que está apenas a dos estados de distancia de reunirse con Mariano. Separado por unos cientos de kilómetros y que ahora la envía a 2 mil 700 kilómetros de trayecto.
Llevan a Yesenia y los niños a un albergue en Chicago. Intenta registrarse en la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), como le indicaron. Pero hay un problema: el gobierno no está convencido de que la hija menor de Yesenia sea realmente suya, porque no tiene su acta de nacimiento. La única cita que puede conseguir en un consulado colombiano para recibir ayuda es en Nueva York, así que los funcionarios la subieron a ella y a sus hijos en un avión a esa ciudad. Ahí la detienen a Yesenia y le arrebatan a su hija, dice.
Pide una prueba de ADN para demostrar la maternidad. La espera es insoportable.
“En ese momento, lo único lo que pensaba era que lo único que me podía quizás permitir recuperar a mi hija era la prueba de ADN. Sin embargo, sentía muchísimo miedo y desconfianza, ya que no sabía sobre las leyes de ese país”, dice.
Tras dos noches de separación forzada por el gobierno de Estados Unidos de su hija menor, la prueba resultó positiva y pudieron reunirse de nuevo. Le ofrecen un vuelo de regreso a Chicago, pero Yesenia pide que la devuelvan a Texas, ahora que sabe que está más cerca de Mariano. Él conduce desde Arizona para recogerla a ella y a los niños. Finalmente, se reúnen y la familia se establece en Tucson.
“Es irreal”, dice.
Atravesó Panamá, Centroamérica, México con sus hijos. Sobrevivió al secuestro, cruzó el Río Bravo, enfrentó un sistema de inmigración roto en Texas, Chicago, Nueva York. Soportó la separación de su hija. Y al final, allí estaba Mariano, en persona. “No sé cómo describirlo”, dice.
Yesenia tiene una cita en una corte de Houston, Texas para la primera audiencia de su caso de asilo. Escribe a funcionarios de ICE para solicitar un cambio de sede. Dice que le enviaron una carta para confirmar el cambio. Pero cuando revisa su caso en línea, aún aparece la fecha de audiencia en Houston.
Sin un abogado que la asesore, consulta el registro en línea todas las mañanas, esperando que aparezca el cambio de sede. Nunca ocurre. Sin saber cómo llegar a Houston, y temerosa de ser detenida y deportada sin sus hijos, no sabe qué hacer.
Al recordar cómo los agentes de inmigración la separaron a la fuerza de su hija, decide quedarse en Tucson.
“Me dio miedo”, dice.
Al revisar de nuevo, más tarde, ve una orden final de deportación y se da cuenta de que tendrá que aceptar la posibilidad de vivir sin estatus migratorio por tiempo indefinido en Estados Unidos. Sobre todo, se preocupa por sus hijos. ¿Qué pasaría si la policía o los agentes de inmigración los detienen? ¿Y si los arrestan a ella o Mariano y los deportan, si separan a su familia de nuevo?
Sus tres niños mayores acuden a la escuela Safford K-8, no muy lejos de la casa de la familia en Armory Park, en el centro de Tucson.
Mariano trabajaba largas horas, a veces durante la noche. Yesenia se encarga de la casa y de los niños, complementando los ingresos de Mariano con la venta de arepas y empanadas. Las venden en estacionamientos por todo Tucson. Los transeúntes del vecindario pronto se convierten en clientes frecuentes, que vuelven por la arepa de pollo con mayonesa y cilantro de Yesenia, todo un éxito de ventas.
Se unen a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Encuentran una comunidad con otros migrantes recién llegados, incluso otros venezolanos, así como con los líderes hispanohablantes de la congregación que dan la bienvenida a la familia. Comienzan a sentirse en casa.
Al recordar, Yesenia suele incluir un “Gracias a Dios” en sus frases, atribuyendo en gran medida a la iglesia haberla ayudado a superar algunos de los momentos más difíciles de su familia en Tucson, tanto antes como después de su deportación.
“Muy agradecida con la iglesia, con todos, porque de verdad que se portan como una familia. Son las mejores personas guiadas por Dios que pude conocer”, dice.
Vuelta a la pesadilla
Tres días antes del Día de San Valentín en 2025, Yesenia está parada frente a una estación de servicio QuickTrip en el sur de Tucson, vendiendo arepas y empanadas. Apenas lleva unos minutos en el estacionamiento cuando una mujer, a quien se acerca para ofrecerle arepas, empieza a insultarla.
Con poco conocimiento del inglés, Yesenia apenas entiende unas pocas palabras de la mujer: “fuck you” y algo sobre “police”. Ella y sus dos hijos se alejan de la mujer y esperan unos minutos antes de intentar hacer otra venta.
Su hijo de 9 años ve que una camioneta SUV de la policía estatal entra a la gasolinera, y Yesenia se apresura a irse.
Toma West Valencia Road y conduce en dirección este. Nerviosa, Yesenia llama a Mariano y pregunta qué debe hacer. Él dice que simplemente maneje con cuidado y despacio, y que todo estará bien.
A poco más de una cuadra de su apartamento, la patrulla que la sigue enciende las luces. Los destellos activan recuerdos de Venezuela, de la selva, del cruce de la frontera, el machete en su pie, los cadáveres en los senderos de Panamá, los secuestros en México.
Gira hacia una calle lateral y se orilla.
Yesenia muestra la identificación que recibió en un albergue para migrantes en Chicago. El oficial la acusa de portar una identificación falsa, dice ella, amenazándola con años de cárcel. Le dice que una grúa se llevará su auto. “Sólo pensaba en mis hijos, eso es todo. Trataba de mantener la calma, solo mantener la calma y tal vez todo estaría bien”, dice.
La multa de tránsito que le extendieron por conducir a 25 mph en una zona de 40 mph, indica que manejaba a una velocidad que “entorpecía el tráfico”, según una copia que la familia compartió con Arizona Luminaria y La Silla Rota. El documento incluía cargos adicionales por no tener seguro, placa suspendida y no usar cinturones de seguridad. Yesenia niega que sus hijos no llevaran puestos los cinturones.
Después de un rato, uno de los ancianos de la iglesia de la familia llega y pronto lo sigue el esposo de Yesenia. Mariano pregunta al oficial si puede recoger algunas pertenencias, entre ellas sus herramientas y el estéreo, antes de que se lleven su auto.
Cuando las coloca en el vehículo del anciano, ve un destello verde y blanco reflejado en la ventana: las inconfundibles marcas de un vehículo de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.
Le dije que corriera, recuerda Yesenia, preocupada por sus otros dos hijos que están solos en casa.
“Yo no corrí por nerviosismo”, dice. “Por mis hijos. Pero yo también fuera corrido. Todos van a correr. Todo inmigrante que no tenga su documentación en regla todavía, vea a Border Patrol, y va correr. Es algo de lógica”.
El agente de la policía estatal que detuvo a Yesenia “no pudo validar la identificación del conductor y solicitó la asistencia de un intérprete y de la Patrulla Fronteriza”, según un comunicado del 21 de febrero de Bart Graves, portavoz del Departamento de Seguridad Pública de Arizona, DPS por sus siglas en inglés.
Yesenia, Mariano y el anciano de la iglesia dijeron que uno de los policías estatales que estaba en la patrulla en la detención inicial hablaba español perfectamente y se comunicó con la familia sin problemas durante al menos treinta minutos antes de que llegara la Patrulla Fronteriza.
El 20 de febrero, los medios de comunicación solicitaron un informe de arresto y cualquier documentación relacionada con Yesenia y sus hijos. La Patrulla Fronteriza no ha respondido a preguntas sobre su detención y tampoco a ninguna de las acusaciones hechas por Yesenia y Mariano.
Yesenia recuerda el momento previo en que la subieron al vehículo de la Patrulla Fronteriza.
“Me esposaron frente a mis hijos”, dice. Sus niños lloraban, “casi histéricos, pero en ese momento yo estaba más preocupada por mis otros dos hijos”.
Yesenia suplica por sus hijos de 7 y 14 años, que están en casa sin ella. Le ruega a los agentes de la Patrulla Fronteriza que pasen por su casa, a una cuadra de distancia, para decirles a sus hijos lo que sucede.
“Necesitaba verlos”, dice Yesenia. Le dicen: “No”.
Los agentes llevaron a Yesenia y sus dos hijos que estaban a su lado a un vehículo de la Patrulla Fronteriza.
Joanna Williams es directora ejecutiva de Kino Border Initiative, una organización de ayuda y defensa de migrantes con sede en Nogales. Williams dijo que les alarma que un asunto de tránsito por parte de la policía estatal haya terminado con la transferencia de Yesenia a las autoridades migratorias.
“Si el DPS participa en este tipo de arrestos, habrá más familias de Arizona afectadas, más familias separadas y más residentes de largo tiempo de nuestras comunidades arrancados de sus hogares”, agregó en una entrevista poco después de la detención de la familia.
Interrogatorio y acusaciones
Yesenia pide hacer una llamada telefónica. Dice que no puede regresar a Venezuela y México representa un peligro.
“Ese no es nuestro problema, ese es su problema”, le dice un agente de la Patrulla Fronteriza.
Cuando pregunta a dónde la van a enviar, dice que el mismo agente le respondió: “Lejos de nosotros”.
En la estación del sector Tucson de la Patrulla Fronteriza, los agentes interrogan a Yesenia y sus hijos. “Le preguntaron a mi hija de seis años si su papá era miembro de una pandilla, si tenía un arma”. Los oficiales también preguntan una y otra vez a Yesenia si es miembro de la pandilla venezolana Tren de Aragua. Su hija sollozaba.
“Toda la noche fue de interrogatorio y de acusaciones injustas”, dice.
El interrogatorio a Yesenia se produjo mientras la administración Trump alegaba que algunos migrantes en Estados Unidos son miembros de la pandilla venezolana. En marzo, invocó la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798 para agilizar las deportaciones. La ley se utilizó por última vez en la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, para recluir a decenas de miles de personas de ascendencia japonesa, algunos de ellos ciudadanos estadounidenses.
Venezolanos recientemente deportados han presentado demandas alegando que fueron enviados injustamente a prisiones en El Salvador, donde fueron torturados. La aplicación de la ley por parte de la administración fue revisada por el Tribunal de Apelaciones del Quinto Circuito de Estados Unidos. En septiembre, el tribunal emitió una orden judicial preliminar que detuvo las deportaciones basadas en dicha ley.
Yesenia dice que los agentes la amenazaron con enviarla a Guantánamo y que sus hijos podrían ser puestos en adopción. Su hijo no dejaba de temblar. “Y él gritaba en llanto y decía que, por favor, que no, no nos separaran de sus hermanos”, dice.
“Yo solo estaba llorando por, por mis hermanos para que no nos deportaran”, dice Yexander en voz baja. También estaba preocupado por su hermanita.
Yesenia pide repetidamente a los agentes que le permitan llamar a su familia para verificar el estado de sus hijos y decirles dónde está.
“No me permitieron ninguna llamada,” dice.
En casa, su familia y amigos de la iglesia la buscan, rezan por ella. Su comunidad organiza una manifestación a la que acuden más de 70 personas, amistades y desconocidos, pidiendo justicia.
Mariano no sabe qué decirles a los niños sobre su madre, su hermano y su hermana.
Alrededor de las cinco de la mañana del día siguiente, después de una noche sin dormir, los agentes suben a Yesenia y a sus niños a un autobús y los llevan a Nogales. Allí, los agentes los hacen cruzar la frontera y entrar a México.
Lo primero que Yesenia pide a los funcionarios mexicanos es hacer una llamada. Dice que un oficial de inmigración le responde que las órdenes del gobierno estadounidense no permiten que ninguno de los migrantes deportados haga llamadas. No sabe hacia dónde se dirige el autobús, ni cuánto tiempo durará el viaje.
El Instituto Nacional de Migración de México no respondió a repetidas solicitudes de comentarios sobre el trato a Yesenia en el país o sobre cuántos extranjeros han sido deportados al país desde Estados Unidos.
Durante la reubicación forzada hacia el sur, Yesenia comienza a sangrar. Al principio piensa que es su ciclo menstrual habitual, aunque parece más abundante de lo normal, y los calambres eran más fuertes. No tiene tampones, ni toallas sanitarias.
Cuando le pide ayuda a un oficial en el autobús, dice que le responden que no pueden hacer nada.
“No traía absolutamente nada”, recuerda.
En el baño, se lava su ropa interior y sus pantalones, luego los cuelga en la ventana para que se sequen al sol y con la brisa.
Sin ningún artículo de higiene a la mano, usa un manojo de servilletas, de los sándwiches que le dieron a sus hijos, para detener el flujo de sangre, que sigue siendo abundante. Siente punzadas agudas en la parte baja del abdomen.
Pregunta a dónde la llevan los oficiales. “Nunca me respondieron. O me dicen que me contestarán en un segundo y nunca lo hicieron. No me dieron nada, absolutamente nada”.
La resistencia habitual de Yesenia comienza a flaquear.
“Ya los dolores eran más intensos”, recuerda. Revolviéndose en el asiento, con la barbilla temblorosa, Yesenia exhaló con fuerza.
Erik López, reportero de La Silla Rota contribuyó a esta historia
Nota del editor: Arizona Luminaria y La Silla Rota intentaron comunicarse en repetidas ocasiones con Yesenia y Mariano después de la última vez que hablaron con ellos a finales del verano de 2025, pero no han vuelto a tener noticias suyas desde entonces.










