La falta de agua, las temperaturas extremas o la falta de condición física pueden ser una condena en el desierto de Arizona.
Iliana Cornejo / DIARIO EL MUNDO
El desierto no tiene letreros de advertencia. No hay sombras, ni agua, tampoco caminos claros. En esta parte del sur de Arizona, Estados Unidos, una mala decisión puede convertirse en una sentencia. En el sector de Tucson, cruzar la frontera de Estados Unidos a pie significa caminar durante días por un territorio que no perdona el error ni la debilidad.
La Patrulla Fronteriza es responsable de vigilar 262 millas (421 kilómetros) de frontera con México en esta zona, una de las más extensas y complejas del país. Nueve estaciones cubren el sector y más de 3,100 agentes patrullan montañas, una reserva indígena, zonas urbanas y áreas tan remotas donde no existe señal telefónica ni acceso vehicular.
La mayoría de quienes cruzan por el desierto no pretenden quedarse en Tucson. Nogales es una de las ciudades más cercanas, pero el objetivo casi siempre está más al norte: Phoenix, Los Ángeles, Chicago. Para llegar, primero deben sobrevivir al desierto.
La frontera en Tucson no es una línea recta. Es una sucesión de montañas, cañones y valles donde el muro se mezcla con barreras naturales. De las 262 millas, unas 230 ya cuentan con un muro fronterizo, reforzada con cámaras de detección de movimiento, drones, sensores y vigilancia aérea.
Desde un centro de operaciones, los operadores monitorean alertas en tiempo real. Un movimiento puede ser ganado, animales salvajes o un grupo de personas. Cada decisión cuenta. Mandar o no a un agente a una zona remota puede significar llegar a tiempo o demasiado tarde.
Quienes aparecen en esas pantallas no llegaron ahí por casualidad. Todos, sin excepción, hicieron algún arreglo con el crimen organizado. Los coyotes o cárteles les prometieron un cruce fácil, rápido y seguro. Les aseguraron que el trayecto era corto, que habría agua, comida y apoyo. Nada de eso existe.
Antes de cruzar la línea, muchos migrantes caminan dos o tres días solo para llegar al punto de cruce, entre México y Estados Unidos. Algunos deben esperar otros tantos días escondidos, consumiendo el agua y los alimentos que lograron cargar. Cuando finalmente se internan en el desierto, ya están agotados.
A eso se suma un negocio más: el kit del cruce. El agente Daniel Hernández explica que los contrabandistas venden uniformes completos de camuflaje, botines con alfombra para ocultar huellas, mochilas, comida, sueros y teléfonos desechables. El precio puede ir de cientos a miles de dólares.
Ese mismo camuflaje que supuestamente ayuda a esconderse se convierte en un riesgo mortal. “Cuando alguien pide auxilio y está vestido así, es mucho más difícil localizarlo”, advierte Hernández.
El agente Ben Braker agrega que muchos migrantes cargan dos teléfonos: uno personal y otro que sirve para enviar fotos y ubicaciones por WhatsApp al coyote, quien dirige el cruce a distancia. Ya no siempre hay un guía caminando con el grupo. Ahora hay instrucciones remotas, mapas incompletos y promesas vacías.
El cuerpo empieza a fallar mucho antes de lo que los coyotes dijeron. En verano, el termómetro supera los 120 grados Fahrenheit (48.8 grados Celsius). En invierno, algunas zonas del sector registran temperaturas bajo cero y hasta nieve. Hay áreas sin sombra durante kilómetros.
“Somos atléticos y entrenados, pero nosotros regresamos a casa al final del día”, relatan los agentes. “Ellos no”.
El terreno es irregular, pedregoso, lleno de espinas. Hay serpientes de cascabel, escorpiones, pumas, osos y coyotes. La mayoría de los animales evita a las personas, pero el clima y la geografía no dan tregua. Si alguien se queda atrás, el grupo sigue. Dormirse puede ser definitivo.
Cuando el cruce sale mal, entra en acción BORSTAR, el equipo especializado de búsqueda y rescate de la Patrulla Fronteriza. Son técnicos en emergencias médicas y paramédicos entrenados para operar donde otros servicios no pueden llegar. Tucson alberga el equipo más grande del país.
La mayoría de sus rescates están relacionados con migración irregular, sobre todo en zonas montañosas y extremadamente remotas como Ajo o Casa Grande. En muchos de esos lugares no hay señal de celular. Cuando nadie puede llamar al 911, el silencio se vuelve mortal.
Por eso existen las torres de rescate. En el sector de Tucson hay 34. Son estructuras visibles a kilómetros, con luces, sensores y un botón rojo que envía una alerta con ubicación exacta. Nueve cuentan con teléfono satelital.
Cuando alguien presiona ese botón, todavía hay esperanza. En el año fiscal 2026 hasta la primera quincena de diciembre se habían realizado siete rescates directamente ligados a estas torres, dentro de un total de 35 rescates. La mayoría de quienes las usan aún están con vida.
Para quienes desaparecen sin dejar rastro, existe el Programa del Migrante Extraviado, un esfuerzo humanitario que busca prevenir muertes y dar respuestas a las familias. El programa trabaja con consulados, organizaciones no gubernamentales, universidades y médicos forenses. Sus objetivos son: prevenir, localizar, identificar y reunificar. No siempre se logra. A veces solo aparecen restos humanos.
Los agentes lo repiten con una frase que escuchan una y otra vez de los sobrevivientes: “Si hubiera sabido lo que iba a pasar, no lo hubiera intentado”.
Desde Tucson, el mensaje final es directo. Las leyes no han cambiado y cruzar de manera irregular implica detención, proceso legal y deportación. La frontera, aseguran, está hoy más vigilada que nunca.
“No pongan su confianza en los coyotes”, advirtió Sean McIntosh, consejero de Asuntos Públicos de la embajada de Estados Unidos en El Salvador. “Es muy peligroso. Hay vías legales para ingresar”.
En el desierto de Arizona, la mentira dura poco. El paisaje, el clima y el cansancio se encargan de revelar la verdad. A veces, cuando ya es demasiado tarde.
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