Milenio
No se puede exagerar la rapidez con que la fanfarrona revolución bolivariana aceptó que se llevaran a Maduro sin chistar.
Para tener en su haber tantas bravatas políticas, los bolivarianos remanentes de Caracas mostraron una cautela casi cómplice ante la agresión externa. Nada que ver con el valor y la invencibilidad de su revolución de la que se habían llenado la boca. Bolívar los hubiera cintareado por cobardes.
Con igual rapidez que la aceptación del secuestro de Maduro, apareció la sumisión a los mandatos del nuevo Jefe bolivariano, Donald Trump.
Rápido apareció también la ruptura entre los hermanos Rodríguez, la presidenta Delcy y su hermano Jorge, jefe de la Asamblea Nacional, en oscura lucha con los jefes de seguridad y del ejército, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino. Les deseo una buena pelea.
La ganadora del momento es Delcy Rodríguez, cuyo cinismo corre parejas sólo con su habilidad para entregarse a Washington.
Las palabras recientes que María Corina Machado le dedicó dicen con elocuencia y precisión quién es esta señora, y qué papel juega en la Venezuela de hoy.
“Es una figura clave de toda la estructura criminal”, dice Machado, “arquitecta de los mecanismos para evadir sanciones para la tortura, para el terror, para la corrupción, sancionada por la propia justicia de los Estados Unidos y de otros países del mundo”.
A ella, sigue Machado, “le han dado instrucciones de que sea el propio régimen quien desmantele ciertas estructuras del propio régimen y esa es la fase que estamos viendo ahora”.
La fórmula es descriptiva y creo que exacta. Se trata de que Delcy Rodríguez y sus cómplices desmantelen, bajo la tutela de Trump, el oprobioso régimen que ayudaron a construir, y que sean ellos los verdugos de sus antiguos cómplices.
El hecho es que empiezan a cumplirse las órdenes de Trump en su protectorado venezolano. Se liberan presos políticos, se entregan cantidades enormes de petróleo a Estados Unidos, se firman acuerdos de comercio internacional exclusivo con Estados Unidos, se suspenden envíos de petróleo a Cuba, se abren las puertas a la apertura de una embajada estadunidense, llamada a ser la poderosa oficina de un proconsulado.
Bolívar se revuelca en los infiernos. O quizá no, quizá también celebra el fin de tanta suplantación.






