Sheinbaum insiste en la “colaboración” y la “responsabilidad compartida”. La justificación principal de Trump para atacar a Caracas es el combate al narcotráfico. El mismo argumento que ha utilizado para presionar a México en distintos frentes
David Marcial
México lleva levantando diques de contención desde el comienzo de la escalada militar estadounidense contra Venezuela. Han sido meses de movimientos diplomáticos: concesiones, acuerdos, golpes de voz y hasta instancias a Naciones Unidas. Pero una vez materializado el ataque y la captura de Nicolás Maduro, la relación ha entrado en una nueva fase. Las amenazas de Donald Trump, que se han repetido con distintos destinatarios -Colombia, Cuba, México- desde la captura del presidente venezolano la madrugada del domingo, suenan más inquietantes. La posibilidad de una intervención contra México es ahora más verosímil que hace tres días. Cualquiera puede ser el próximo en recibir el castigo de Washington, que ha desempolvado a fuego su visión de América Latina como su patio trasero. Desde el domingo, no ha pasado un día sin que la presidenta Claudia Sheinbaum trate de esquivar los dardos y rebajar la tensión.
La justificación principal de la Casa Blanca para atacar a Venezuela, saltándose todas las convenciones del derecho internacional, es el combate al narcotráfico. El mismo argumento que ha utilizado Trump desde la campaña electoral para presionar a México en distintos frentes: comercio, migración, seguridad. Sheinbaum se afana en repetir que la relación con el vecino del norte “es muy buena”, a la vez que reafirma su condena a la intervención militar en Caracas, que ha supuesto el asesinato de decenas de agentes del anillo de seguridad de Maduro, además de bombardeos selectivos sobre bases militares venezolanas. “Algo va a tener que hacerse en México”, ha dicho Trump en una de sus muchas entrevistas tras la captura de Maduro, que este lunes se sentó ante un tribunal en Nueva York acusado de varios delitos de narcoterrorismo.
Sheinbaum ha enfatizado en sus mensajes de estos días conceptos como “colaboración” y “comunicación”, al mismo tiempo que defendía una “responsabilidad compartida” al apuntar que “ellos deben evitar que lleguen armas a México”. Además de insistir, por vía de un comunicado de la Cancillería, en “el respeto al derecho internacional, así como a los principios y propósitos de la Carta de la ONU”. Desde el inicio de la tensión, México ha optado por una posición prudente, bajó el lema siempre de “no a la injerencia extranjera y el respeto por la soberanía de cada país”, un histórico principio diplomático mexicano.
Hace un par de meses, Sheinbaum, anunció que había llegado a un acuerdo con la Casa Blanca respecto a las presuntas narcolanchas que ha atacado el Gobierno de Donald Trump desde septiembre, con un saldo de más de 100 muertos. La Marina mexicana sería la encargada de interceptar estas embarcaciones en aguas internacionales cercanas a las costas de México. Pese al acuerdo con la Marina, los ataques han seguido sucediendo. El pacto alcanzado por Sheinbaum era en gran medida uno de los cortafuegos para evitar que los ataques se contagiaran a México. El conflicto con Caracas escaló a toda velocidad con el interés expreso mostrado en diciembre por Washington en el petróleo venezolano, materializado en el bloqueo de varios de buques cargados del combustible. Algo que ha quedado mucho más claro tras la captura de Maduro. Trump ha defendido sin tapujos que las empresas estadounidenses volverán a recuperar el control de la industria petrolera venezolana.
El último movimiento de México antes del ataque a Caracas fue solicitar la mediación de Organización de Naciones Unidas (ONU) para “evitar un derramamiento de sangre”. El triángulo diplomático formado por Estados Unidos, México y Venezuela ha estado muy presente durante los últimos meses, pero nunca de modo tan explícito. Sheinbaum llegó incluso a ofrecer que México fuera la sede de un encuentro entre Venezuela y Estados Unidos para tener un diálogo diplomático. Nada de eso ha ocurrido.
La escalada militar de Estados Unidos contra Venezuela ha agitado la diplomacia latinoamericana. En la reciente cumbre que la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión Europea celebraron a principios de noviembre en Colombia, el documento final definía como “zona de paz” las aguas del Caribe. El texto evitó adrede cualquier mención a Estados Unidos. Entre los presidentes de la región que más presionaron por promover una “zona de seguridad marítima” en el Caribe sobresalió el anfitrión, Gustavo Petro, en la diana de las amenazas de Trump desde antes incluso del ataque a Venezuela. El presidente estadounidense ha escalado estos días el tono contra el presidente colombiano, a quien acusa sin pruebas de ser miembro del narcotráfico. “Me suena bien una operación en Colombia”, ha dicho el magnate republicano estos días.
La estrategia de presión contra México no incluye, por ahora, acusaciones tan gruesas contra la mandataria del que, al fin y al cabo, es el primer socio comercial de Estados Unidos. Ambos países comparten una de las fronteras más grandes del mundo, unas economías muy interconectadas y una maraña de intereses cruzados, desde geopolíticos a culturales, que han provocado una larga lista de choques. Todos bastante asimétricos, donde el poderoso vecino del norte ha tenido casi siempre las mejores cartas.
La clasificación hace meses de los carteles mexicanos como organizaciones terroristas y la reciente designación del fentanilo como “arma de destrucción masiva” son movimientos que abren la puerta a una posible incursión militar estadounidense a México. La respuesta del Gobierno de Sheinbaum ha sido elevar los arrestos y las incautaciones de droga, así como el envío de decenas de líderes encarcelados de las mafias del narcotráfico a prisiones de Estados Unidos. Hace un par de semanas, en plena escalada de tensión contra Venezuela, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marcos Rubio, dijo que “el Gobierno de México está haciendo más en este momento en el tema de seguridad que jamás en su historia”. Desde la llegada de Trump, la estrategia del palo y la zanahoria ha sido una constante en la relación bilateral, marcada a partir de ahora por la amenaza más que latente de una intervención en territorio mexicano.









