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La víctima no siempre es la víctima

Miguel Angel Aviles by Miguel Angel Aviles
30 agosto, 2025
in Opinion
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En un proceso de mediación, a veces nos damos cuenta que, como bien lo leí en un decálogo sobre este proceso, la víctima no siempre es la víctima.

No al menos al cien por ciento.

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Digamos que llegas con uno y le cuentas una historia – una historia conyugal, por ejemplo- y escuchando nada más su versión, sin conocer aún la de la otra parte, dan ganas de ir por esta última y quemarla con leña verde, para que el humo la haga llorar.

Pero ya que tienes ambas versiones, con evidencias de por medio, las confrontas, las tasas y siendo objetivo, desprovisto de taras y prejuicios, de compromisos ideológicos o alianzas de genero- y degenero – llegas a la conclusión de que alguien contó medias verdades o contó una historia a su conveniencia, tratando de chantajear a su interlocutor y aquel, ese a quien le interesa conocer la verdad por sobre todas cosas, de nuevo termina concluyendo:

“La víctima no siempre es la víctima”.

Luego el mediador agarra sus libros de cabecera y lee:

“Una persona victimista se caracteriza por la adopción constante del papel de víctima, soslayando la responsabilidad por sus actos y culpando a factores externos (personas o circunstancias) por los problemas que enfrenta. (…) Esta mentalidad busca en ocasiones manipular o chantajear emocionalmente a otros para obtener atención, compasión o apoyo”.

Interesado por ese término, inusualmente desconocido para él, se prende y no la suelta – sin albur – y continúa leyendo:

“Una persona victimista es un falto de responsabilidad personal y no asume la culpa de sus errores y tiende a ver el mundo como algo que “les sucede” en lugar de en lo que pueden influir”.

Se las resumiré y tampoco es albur:

“El victimista se queja frecuentemente sobre cómo le tratan las personas a su alrededor y busca reconocimiento externo de su supuesta victimización para obtener compasión y apoyo”.

A partir de ese chantaje emocional, con quienes aún le creen su dramatización, utiliza su condición de víctima para manipular a los demás, haciéndoles sentir culpables.

Pareciera ser lo mismo pero un victimista, no es sinónimo de victimario. Es más, si nos dieran a escoger entre un victimista o un victimario para que te lo sentaran – no es tampoco albur – junto a ti para viajar uno al lado del otro en un camión, yo prefiero al segundo, por mucho.

Con el victimario ya sé a qué me atengo. Es como un delincuente confeso que no tiene empacho en reconocer que es un maldito y puede ser mucho más de eso que le imputan.

Con el victimista no.

Es parecido al que jura y perjura en auto alago confeso que es honesto, que no es igual a quien confronta, que arremete contra todo lo peorcito y no obstante, para quienes así piensan y razonan, no para los que únicamente le creen, es un monumento al hecho notorio, ese que no amerita prueba para concluir que es un cretino y un farsante, merecedor de un abucheo en el estadio Azteca remodelado y una cadena eterna de prisión.

Ese, ese al que luego conoce uno cuando le escarba y te das cuenta que quien, al inicio llegó muy de bajo perfil, sufridito y pidiendo la bacha, es un tipo violento y agresor o generador de violencia no en esta bronca reciente, sino desde atrás tiempo (¡que no es albur, les digo!) visible ante los ojos de cualquiera que pretenda hurgar en su historia personal, laboral, escolar, y hasta política, ya que han de saber que hasta en la política existen los victimistas.

Claro, en otro país, no en el nuestro y menos en la actualidad que todo ha cambiado y no somos iguales.

Pero hay familias con tan mala suerte, que un victimista en cada hijo les dio.

El victimista pues, es un hombre o mujer que al no realizar en una sola pista sus circos, y por tanto no todos lo conocen o de plano es cien por ciento desconocido, hará un desmán aquí y allá, será abusivo con el indefenso, le gritará al que tenga enfrente en tanto sea de menor tamaño, interrumpirá la palabra, buscará vencer con su estridencia no con ideas, y no obstante, hablará como si a quien estuvieran ofendiendo fuese a él y puede que salga a gritar que alguien lo agredió sin ser verdad o siéndola, fue porque quien provocó fue él o aquel otro solo se defendió o actuó en defensa propia o de plano, ya lo tenía harto y recurriendo al pacificador dicho de “El valiente vive hasta que el cobarde quiere” y colocándole una serie de golpes contusos en varias partes de su cuerpo, le puso un “hasta aquí”.

“El acero aprestad y el bridón”, gritó y retumbó su cuerpo en la tierra, como el rugir de un cañón.

Yo metería mi cuchara para agregar, sin ser psicólogo, pero sí conociendo varios casos así, el victimista es un negativista desafiante, el niño berrinchudo de sesenta y más, que, tal como dijo una doñita contra su yerno grosero y desobligado “nunca lo despañalaron”. Sus conductas incluyen discutir, irritabilidad, rabietas, desobediencia y resentimiento, que son más graves y persistentes que un mal comportamiento normal. Así se comportan algunos niños, incluso a esa edad.

Me explico: el comportamiento de un victimista no es fortuito ni repentino aunque así quiera que parezca, ya que si rastreas algo de su vida, nos daremos cuenta que es su modus operandis: tirar la piedra y esconder la mano, fingir que llora sin poder siquiera derramar su llanto, buscar la compasión de los demás, alguien a costillas del sufrimiento o a la desgracia ajena, parecer un rival de Jorge Kahwagi para simular que se te dio un letal golpe y tirarte al piso, jugar a ser un futbolista mexicano recurriendo al juego brusco grave y luego finge ser la víctima, buscando manipular la percepción de los árbitros o del público.

Si el victimista causa un agravio, lo negará, si increpa iracundo jurará que usó a piejuntillas el manual de Carreón, si lanza un golpe dirá que es un tic nervioso, si quiebra un vidrio de una puerta, dirá que chocó porque es miope.

Si recibe, maximara cualquier rasguño, si le avientan con una flor dirá que fue con todo y maceta, si una sola persona ofendida lo reta a duelo, acusará que era todo un pelotón de fusilamiento, si le empujan levemente, dirá que combatió a diez round, con el émulo de Pipino Cuevas en sus mejores tiempos.

Créanme que sí logran engañar por largo tiempo, pero el reportero de pura cepa resulta que ya investigó y defendiendo a capa y espada la cuestionada teoría lombrosiana del delincuente nato, nos dice “ya ven que esa cara no era de oquis” y en su reporte cuenta:

En la primaria discriminó a un amiguito de salón y nadie se dio cuenta. Además, el niño que expulsaron por que le clavó un compás en la panza, fue porque lo tenía harto de tanto molestarlo durante el año.

En la secundaria se pasó de lanza con uno que no era de su tamaño y no recibió sanción alguna.

A sus hermanas les alzaba la voz cuando quería por el solo hecho de ser mujer y su papá le festejaba.

A un niño bolero, mucho más chico que él, le quitó lo ganado durante el día, no sin antes darle de zapes en la cabeza.

En la prepa y la universidad ocurrió algo así, aunque fuese un actor de reparto y a pesar de ello, se le oxigenó su victimismo, haciendo lo peorcito como un porro antineoliberal, para después tirarse al suelo denunciando represión de un gobierno de estado como ese que años luz representaría.

En los años recientes pudo ser criticado en redes sociales cuando él solicitó a una tuitera le mandase fotos sin ropa, mientras se encontraba en China durante un ciclo de conferencias parlamentarias ya que aquella habría mencionado que «estaría a punto de quitarse la ropa debido a la ola de calor presente en la ciudad que ustedes quieran.

Ya conocido, no sus aportes como estadista sino por sus desfiguros, habría de presentarse en las oficinas de Twitter en la Ciudad de México para realizar su protesta y al ser recibido por un trabajador de la red social quien le preguntó «¿A qué viene?», este le habría contestado que «a reclamar, y que no se pusiera como si fuera el dueño, pues él era un empleado y que él no trataba con empleados.

Sin respeto alguno por sus pares y menos hacia las mujeres frente a las cuales ha sido misóginamente violento en palabra, obra y omisión, invitó a la gente a que a una legisladora le dieran una chinga.

Como si no trajera tantos fierros en la lumbre, en 2021, después de dirigir comentarios ofensivos a una diputada del Instituto Nacional Electoral de este país del que les hablo, tan lejos del mío, lo sancionó por violencia política de género y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ratificó dicha sanción, razón por la que tuvo que disculparse públicamente.

Desbocado el tipo, al no haber penas más drásticas por sus actos, nomas por su bélico acento, convocó a líder con “valor” orangutizándose y con esa facha actuó frente a sus colegas, o contra el empleado de una gasolinera o contra un servidor público o unos ciudadanos que discreparon con él y lo corrieron del barrio o de una señora que lo increpó en un aeropuerto, haciendo justo lo que él hacía antes de ser gobierno y como una proyección de su amable caballerosidad fue ofensivo y racista con esta mujer que lo enfrentó.

Lo peor ocurrió cuando el victimista- de plano, ya olvidé de que país era-, eructando por su gula de poder, trajo frente a sí a un ciudadano a quien probablemente lo rastreó, lo investigó tan indignamente como pudo hacerlo en los peores momentos Genaro García Luna y lo obligó ir a sus pies y ahí, pedirles disculpas.

Sí, lo abominable, lo que ni en los peores años de ese partido de estado que juran que ya se fue para nunca más volver, habíamos presenciado, ahora el victimista hace pero aunque ustedes no lo crean, hay quienes le aplauden, con un ropaje impostado que da vergüenza al defender o solapar lo que antes combatían por no serlo y ahora todo eso son.

Hasta aquí lo indagado por ese reportero, de aquel país del que en esta columna les he venido contando.

Allá donde la víctima, no siempre es la víctima.

Les doy mi palabra, bohemios

… Por mi madre Santa, por Bocanegra y por Nunó.

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