Durante 21 días de ayuno absoluto, la artista Beatriz Padilla pintará el canto de las ballenas en Loreto frente al Golfo de California, Patrimonio de la Humanidad ahora amenazado por un megaproyecto de gas. Cada año, 34 especies de mamíferos marinos enfrentan colisiones y contaminación acústica letal. ¿Permitiremos que este paraje singular se convierta en una ruta industrial?
El viento arrastra el olor salobre del Mar de Cortés mientras el sol tiñe de dorado el lomo de una ballena jorobada. Su canto, un lenguaje ancestral de baja frecuencia que atraviesa cientos de kilómetros, choca contra el rugido metálico de un buque tanquero. Puerto Libertad, Sonora, el Golfo de California —rebautizado como el Acuario del Mundo por Jacques Cousteau— se prepara para una batalla existencial.
Según la UNESCO, el Golfo alberga el 39% de las especies de mamíferos marinos del planeta, incluidas la vaquita marina (en crítico peligro) y la ballena azul. El proyecto Saguaro Energy implicará 640 viajes anuales de buques metaneros de 300 metros de eslora (equivalentes a 3 campos de fútbol), según el informe de impacto ambiental de México Pacific Holdings. La Organización Marítima Internacional (OMI) advierte que el ruido submarino de estas embarcaciones reduce hasta un 90% el alcance de comunicación de las ballenas, vital para su reproducción y migración.
“Imagina vivir en un mundo donde el sonido de tu hijo desaparece bajo motores industriales. Así sobreviven las ballenas aquí”, explica el biólogo marino Rodrigo Medellín, quien monitorea el Golfo desde 2012. Desde 2005, el Golfo de California ha perdido el 60% de sus manglares por desarrollos turísticos y energéticos. El proyecto Saguaro, respaldado por capital estadounidense y asiático, promete “crecimiento económico”, pero comunidades seris y yaquis denuncian que solo el 2% de los empleos serán locales.
Los cetáceos expuestos a ruido industrial desarrollan estrés crónico, con niveles de cortisol comparables a humanos en zonas de guerra. “No es exageración: estamos hablando de tortura acústica”, sentencia Arturo Berlanga, director de AnimaNaturalis en México.
Mientras los buques avanzan, Beatriz Padilla traduce los cantos de ballenas en óleos vibrantes. Su técnica, validada por el Instituto de Acústica Marina de Baja California, usa hidrófonos para convertir frecuencias en colores. “Cada trazo es un grito subacuático”, dice.
Desde 2023, la campaña “Ballenas o Gas” ha logrado que 112 escuelas en Sonora rechazaran el proyecto mediante dibujos infantiles entregados a la SEMARNAT. “Mi hijo dibujó una ballena llorando petróleo. Eso no se olvida”, comparte Luisa Méndez, madre participante. El canto de las ballenas no puede ahogarse en silencio. Deja de seguir siendo espectador: comparte en redes el hashtag #BallenasNoGas con una obra artística propia. Exige a los gobiernos firmando la petición de Avaaz, ya respaldada por casi 285.000 personas.
Cada día que pasa, México Pacific Holdings avanza en permisos. Pero cada firma acerca la audiencia pública clave en septiembre. Cada peso donado a la GoFundMe de Beatriz pinta un mural de resistencia en Puerto Libertad. “El Golfo de California no es una carretera para gas, sino un santuario de vida”, insiste Padilla, cuyos pinceles se mueven al ritmo de los latidos del océano. Su ayuno no es derrota, sino un llamado a que el arte y la ciencia nos recuerden: salvar a las ballenas es salvarnos a nosotros mismos.
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