Gustavo Lizarraga
Alfredo Jiménez Mota ya lo tenía pensado. Trabajaba de reportero policiaco en periódico EL DEBATE, pero días antes de irse recibió dos propuestas laborales, en ambos casos era regresar a Sonora, su tierra natal, el lugar donde estaban sus padres, a quienes amaba y extrañaba profundamente. Aunque los trabajos eran en Hermosillo, la hora y veinte minutos de distancia a Empalme no eran nada, comparadas con las casi siete horas que se hacían de Culiacán.
Eran los tiempos de esa otra guerra del narcotráfico de inicios del 2000, fractura que se dio justo el 11 de septiembre del 2004, cuando Rodolfo Carrillo Fuentes, “El Niño de Oro”, fue asesinado a balazos junto con su esposa, Giovana Quevedo, en el estacionamiento de Plaza Cinépolis, en Culiacán. Ese día también quedó muerto en el lugar el cuidacarros Juan Durán Mayorquín. Quería ganarse unos pesos y la muerte lo encontró en aquella lluvia de balas (literal), donde hubo disparos de todos lados y en todas direcciones.
Un sábado fatal. Fue un sábado por la tarde, aproximadamente a las cuatro. Yo, un reportero con apenas un par de años cubriendo hechos policiacos, llegué unos minutos después del tiroteo y me tocó ver el miedo en personas que corrían tras quedar en el fuego cruzado. El fotógrafo Leo Espinoza pudo captar en exclusiva ese terror y a algunos de los participantes en el enfrentamiento, entre ellos el comandante de la entonces Policía Ministerial del Estado (PME), Pedro Pérez López.
Ese hecho representa uno de los más dantescos acontecimientos de violencia que se han dado en la ciudad, y vaya que hemos tenido: por la magnitud, el sitio público, la hora, la cantidad de unidades dañadas por los disparos y los personajes involucrados. El que esto escribe se quedó en el lugar recabando información, Alfredo se fue detrás de los operativos de persecución que se dieron en varios lados y concluyeron cerca de un canal para la salida norte de la ciudad.
Más tarde en la Redacción, Alfredo empezó a hacer llamadas para construir su historia y narraba con emoción lo que le tocó cubrir: los policías, balazos y persecuciones entre los caminos vecinales. Da nostalgia, pero a Alfredo, ausente desde el 2 de abril del 2005 (hoy 20 años), hay que recordarlo así, haciendo lo que amaba: reportear y escribir.
Ese enfrentamiento en el estacionamiento de Cinépolis fue de los últimos que cubrió en Culiacán antes de regresar a Sonora, junto a sus padres. Alfredo tenía esas dos propuestas, una de ellas era trabajar en Aduanas donde podría ganar muy bien, la otra en el periódico El Imparcial, la paga era menor, pero estaría haciendo lo que le apasionaba.
Me pidió un consejo, pero no lo ocupaba, Alfredo y todos quienes lo conocimos sabíamos que él era un periodista nato, de vocación, entregado e independientemente de lo que hiciera en su vida nunca dejaría de serlo; sus caminos siempre lo llevarían a una redacción para estar frente a un teclado, reporteando, investigando. Y así pasó.
Faltan sus plumas. Hoy, en estos días de guerra en Culiacán, de crisis e incertidumbre, faltan plumas como la de Alfredo Jiménez Mota o de Javier Valdez Cárdenas, eran periodistas que no se conformaban con sólo documentar el hecho, buscaban entender el fondo, sus raíces, los contextos y a sus protagonistas, para que los lectores de sus historias vieran el conflicto desde ópticas distintas.
Pero hoy no queda más que recordar con cariño a quienes ya no están, abrazar su recuerdo, honrar sus memorias y tratar a diario de ser mejores periodistas, pero sobre todo, mejores personas, como ellos lo fueron.
A Alfredo le encantaba escuchar La Yaquesita y hoy, como cada año, su amigo que lo extraña mucho la escuchará en honor a su memoria con unos tacos de carne asada como los que a él le gustaban. Y también en honor a Alfredo se estrena este espacio que pongo humildemente a su disposición, estimado lector.