El escritor español presenta ‘Cuerpos sin nombre’, una novela crítica sobre la desaparición forzada y el crimen organizado desde la perspectiva de una familia que busca a su hija.
Una familia busca a su hija desaparecida; el padre deambula como zombie por las noches, la madre se une a un colectivo de mujeres que desentierran cadáveres en el desierto y el hermano impulsa por accidente un movimiento estudiantil que pretende visibilizar a los desaparecidos. Son los temas de Cuerpos sin nombre, la nueva novela de Imanol Caneyada (España, 1968).
En entrevista con MILENIO, el autor habla de la desaparición forzada, las madres buscadoras, las víctimas y del crimen organizado, en un momento en que en el país se habla de los mismos temas.
¿Crees que la novela llega en un momento fuerte en México?
No tiene nada que ver con este momento. La novela la terminé hace tres años, pero se hace pública y aparece en medio de esta terrible noticia del rancho de Teuchitlán, que no es nueva en el país, nada más que no tenemos memoria. Estos ranchos existen desde hace muchos años y muchas autoridades en México, de todos los signos, colores y siglas, me da igual, saben que existen estos lugares.
¿Por qué tocaste un tema tan doloroso?
Escribí una novela atravesada por este tema porque tiene que ver con la posibilidad de la memoria; uno sueña que un texto como este perdure y trascienda. Practiqué muchos años el periodismo y es muy efímero. Disciplinas como la literatura nos pueden llevar a abonar a una memoria para que el debate sea muchísimo más complejo que el que está sucediendo ahora.
“Otra vez estamos ante la oportunidad de complejizar una herida brutal porque una de las características de la desaparición es la angustia; para algunas familias de los desaparecidos es preferible el cadáver a esta incertidumbre del no estar, del no existir o estar en ese no lugar, en esa ausencia, en ese no estar vivo, no estar muerto, y es terrible”.
¿En la novela hay falta de empatía de las autoridades ante el dolor de estas personas?
Todos lo sabemos: las oficinas de los ministerios públicos, de las procuradurías, de las comandancias, de la policía municipal, del gobierno federal, estatal; la indolencia, la incapacidad, la falta de recursos, todo esto es parte de la corrupción y la falta de empatía. Ha sido una afrenta permanente contra las víctimas en este país de cualquier tipo de delito.
¿Es peor en el caso de la desaparición forzada?
Hasta hace poco ni siquiera era un delito la desaparición forzada; todavía es mayor la indiferencia y la indolencia. En general, lo que han encontrado durante años las personas que han ido a denunciar la desaparición de una persona es “se fue porque quiso” o “se fue con el novio”. Esta indiferencia tiene que ver con una estrategia para lavarse las manos, para no asumir la responsabilidad como Estado, como instituciones de justicia, policiacas, etcétera, que es la de investigar, proteger, evitar que suceda, y si sucede, la de perseguir el delito para encontrar culpables y que haya una sanación social. Al no haberla, la herida todavía es mucho peor.

¿No se ha hecho nada?
A pesar de que hay mecanismos y se han creado comisiones de búsqueda, no hay una verdadera voluntad. Y el silencio que enfrentan las víctimas es desolador y también se convierten en enfermos sociales. Como se plantea en la novela, de alguna manera el que desaparece es culpable de su desaparición. Ese ha sido el discurso de culpabilizar a la víctima de su propio destino que les ha funcionado muy bien.
En el libro, la familia no tiene nombres, es mamá, papá, hermano, y el autor convierte la desaparición en una enfermedad que les va brotando a los personajes en diferentes partes del cuerpo, en una manera de encarnizar, de hacer cuerpo un vacío social porque no encuentran respuesta por ningún lado y siguen buscando mientras todo a su alrededor se derrumba.
¿Cómo tocaste esa herida en la novela?
Hay absoluto respeto. No es mi primera novela que aborda temas que atraviesan este tipo de situaciones dolorosas o difíciles, y lo principal es entender que lo que haces no tiene ningún objetivo que tenga que ver con el morbo o estar en la palestra, es mantener muy a raya el complejo de salvador porque tampoco vas a salvar nada ni a nadie. Las víctimas son seres humanos complejos y al complejizarlos les estoy dando una dimensión humana que va más allá de la del propio victimismo.En un momento de la novela hablas de otro personaje que es secuestrado y reclutado por el narcotráfico. ¿Por qué?
Para ver cómo vive alguien que es convertido en un “no humano”, quería mostrar cómo estas organizaciones criminales son la expresión más depurada y más implacable del capitalismo porque se ejerce en la ilegalidad, donde esclavizan, explotan, asesinan, trituran comunidades enteras y simplemente para amasar fortunas. Estamos viviendo un baño de sangre permanente, una violencia inaudita, simplemente por esto, porque hay un grupo de personas que quiere y necesita más. Pero también para desmitificar a la narcocultura con estos seres repugnantes.